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Cervezas, chocolates, cigarrillos y extraterrestres
Laura Michel Sandoval comment 0 Comentarios access_time 12 min de lectura

24 nunca cierra. Ni siquiera el día del arribo de los extraterrestres. 24 es la cadena de tiendas de conveniencia más importante del estado y su filosofía es que para comer hay que trabajar y trabajar significaba abrir todos los días. Cuando hablé con el gerente y le di a entender que con la llegada de los extraterrestres con seguridad todas las calles estarían vacías y nadie se acercaría al 24, me contestó que si me interesaba mantener mi trabajo tenía que escoger entre ver llegar a los alienígenas o atender el local. Obviamente escogí lo segundo. 

La verdad no es que me interesara la gran cosa la histórica cita que la humanidad iba a tener con una civilización de otro mundo ese día; digo, en la tienda también teníamos una tele. No; la verdad es que no quería estar sola. Quería quedarme en el piso con Kathy y abrazarnos la una a la otra por si aquel encuentro televisado se convertía en algo de dar miedo. Kathy es mi perra Schnauzer. Tampoco me dejaron llevarla. Así que ahí estaba yo sola en medio de la tienda con la televisión prendida observando a unos tipos de la NASA hablar con otros tipos en una estación espacial entre la Tierra y la luna preparándose para un día inolvidable.

“El día más importante de la humanidad” lo llamaban algunos. El ding-dong electrónico de la puerta se dejó oír cuando entró por ella Gizmo. Gizmo es el chico encargado de la gasolinera. Alto y flaco, con una manzana de Adán que lo hace parecer un buitre, siempre una cachucha de mezclilla con el logotipo del negocio y su eterno overol del mismo material, se acercó al mostrador, se apoyó en él sonriendo con picardía. —Creo que nos dejaron solos Kathy— dijo guiñándome un ojo. 

Sé lo que deben estar pensando y sí. Mi perra y yo nos llamamos Kathy. Creí que era buena idea compartir el nombre y aún lo sigo pensando. A mi departamento lo llaman el departamento de las Kathys y, en su defensa, tengo que decir que al menos tres de las chicas del bloque opinan que yo también soy una perra. Gizmo señaló la televisión sin dejar de sonreír. —¿Tienes miedo Kathy? Si comienzas a temblar cuando lleguen esos extraterrestres recuerda que aquí estoy para protegerte y abrazarte—. Miré a Gizmo con ojos de: piérdete, y como para eso soy experta, el chico tranquilizó su intento de seducción. Después de un momento de silencio volvió a la carga con un último intento: —¿No quieres salir a cenar terminando tu turno?—dijo. —¡Por el amor de Dios Gizmo!— azoté la mano en el mostrador. —Unos seres de otra galaxia vienen a encontrarse con la humanidad esta tarde ¿y tú piensas en invitarme a cenar?—. —Es que, no sé, podría ser nuestra primera y última cena y yo pues…—.—¡Gracias genio! ¡Lo que necesitaba! ¡Que vinieras a tranquilizarme con que podría ser nuestra última cena en este planeta! ¡Toda la gente está encerrada en sus casas temblando como gelatina por lo que está a punto de suceder y yo tengo que estar aquí sola como estúpida y aguantando a un patán con sólo tres gramos de cerebro que tiene una maestría en servicios de abastecimiento automotriz! ¿Qué no piensas?—.

Ahora Gizmo miraba con los ojos como platos hacia la televisión plana que colgaba detrás de mí señalando. Me volví de inmediato. Apareció de la nada. Los científicos en Nuevo Skylab están ya iniciando el protocolo de… —¡Dios mío, es increíble!— se interrumpió el presentador del evento, un muy famoso divulgador científico con una serie de televisión no menos famosa que jamás había visto yo.  —No tengo palabras. ¡Les juro que estoy en shock!—. La imagen cambió al interior del Nuevo Skylab donde los científicos se movían (mejor dicho flotaban) como hormigas apresuradas.

                                   

Gizmo salió corriendo de la tienda y se paró afuera levantando su mirada hacia el cielo.  Yo salí detrás de él y después me coloqué delante buscando lo que miraba. —¡Kathy!— dijo y señaló con su mano hacia el claro y azul cenit. Levanté la mirada y lo vi. Era una esfera gigantesca como del tamaño de diez veces la luna. Era como la Estrella de la Muerte en la Guerra de las Galaxias pero totalmente lisa, cromada y bruñida. Me tapé la mano con la boca para no gritar y di dos pasos para atrás hasta que pegué con Gizmo que aún no podía moverse de la impresión. —-¡Es verdaderamente increíble! ¡Una masa de ese tamaño debería causar efectos devastadores en nuestro planeta pero no ha ocurrido nada! ¡Está tecnología debe ser un milagro!— creo que dijo la voz en la televisión; apenas escuché porque estaba afuera, lejos del televisor y verdaderamente aterrorizada. 

En ese momento tres aviones a reacción cruzaron el cielo sobre nuestras cabezas y se perdieron en segundos en la distancia. —¡Dios mío!—sollocé preocupada y después me volví hacia Gizmo quien no se había movido ni un centímetro.— ¿Qué esperas idiota?—le grité— ¡abrázame!—.  Mientras Gizmo y yo comíamos unos nachos y un hot-dog en el 24, continuábamos mirando la tele. Ya había pasado la hora para el empleado del siguiente turno pero  nunca llegó. Tampoco el gerente me había hablado. En toda la tarde sólo un automóvil llegó con prisas a la gasolinera a cargar rápidamente gasolina y se fue como un bólido. Le pagó a Gizmo con un billete de 100 dólares y le dijo: —Quédate con el cambio—.

Exactamente a la hora de aparecido el objeto, un grupo especial de tres científicos se embarcó dentro de un objeto que había partido de la Estrella de la Muerte hacia el Nuevo Skylab. Obviamente la habían mandado los extraterrestres para recoger a sus invitados quienes se prepararon con sus mejores galas espaciales durante casi diez minutos. Cuando la escotilla de la base de la nave alienígena se abrió parecía como si del otro lado hubiera una pared de mercurio. —Bueno allá vamos—dijo uno de los hombres y entró al objeto como Alicia fundiéndose con el espejo. Los otros dos los siguieron. La nave o lo que sea que eso fuera se desprendió del Skylab frente a las cámaras de la televisión y la vimos perderse en la oscuridad del espacio.

Desde ese momento los comentaristas científicos de la televisión no dejaban de pedir a la población que no se alarmara. —Creo que no vienen con la idea de invadir —dijo entonces Gizmo— si esa esfera en el cielo es su nave, sin duda es tan grande como un planetoide. Seguro no obtienen sus materiales de planetas pequeños como el nuestro. Además es obvio que pueden controlar el efecto gravitatorio de la masa de su nave. De no ser así muchos de nuestros países ya estarían cubiertos por tsunamis gigantes y habría terremotos y explosiones volcánicas donde sea. Tal vez no deberíamos de preocuparnos tanto.— —¿Y tú cómo sabes eso? —le pregunté. —Bueno, a veces veo Star Trek. Y leo a Isaac Asimov—. —¿Star Trek es la del tipo orejón?—pregunté. —El señor Spock. Sí. Esa es.— dijo él con cierta timidez y volvió a poner su atención en la mesa redonda de científicos en la televisión.

                                           

Por cierto, no todo el mundo estaba pacífico ese día. En Ciudad de México, por ejemplo, millones de personas se habían congregado en un lugar para rezar a la Virgen. En un país de África cientos de personas se habían suicidado por orden de un pastor loco que hablaba del regreso de no sé qué deidad. Aquí las cosas estaban aparentemente serenas pero las sirenas de las patrullas no dejaban de sonar. Tal vez en otras partes de la ciudad había intentos de robo pero aquí no. Las noticias no mencionaban nada. Y extrañamente nadie buscaba salir de la ciudad. Creo que para todos resultó demasiado obvio que en caso de una invasión no había lugar a donde escapar. 

Mientras tanto, la televisión e internet nos mantenían informados de lo que se podía. Ya habían calculado el tamaño de aquel monstruo y resultaba que era menor que el de la luna pero por la distancia relativa nos parecía un planeta en forma. No era nuestra culpa. Yo que sepa nadie se ha levantado por la mañana para ver a un gigantesco planeta Marte flotando en el cielo. De ahí en adelante, y mientras no volvieran a la estación Skylab los tres científicos enviados con los extraterrestres, todo lo demás era mera especulación. Se suponía que los extraterrestres habían garantizado una comunicación irrestricta con el Skylab durante todo el procedimiento del viaje y del encuentro pero éste no se hizo público por las redes populares. Si algo pasaba en esos momentos solo Skylab lo sabía. —Todo mundo quiere saber cómo son ellos —dijo entonces Gizmo— y creo que también queremos saber cómo se transformará el mundo después de esto. En estos momentos somos como una de esas tribus del Amazonas ¿sabes? De las que nunca han visto un hombre moderno en su vida. En cuanto el progreso toca un lugar no se detiene y lo que flota sobre nuestras cabezas va más allá de la idea de la que entendemos por progreso. Las aldeas en el Amazonas cambiaron sus formas de vida en cuanto llegó la globalización. Sus hijos ya no quieren vivir más en las aldeas y olvidan la costumbre de vestir con taparrabos. Me pregunto que nos pasará a nosotros Kathy. ¿Qué ofrece esa nave a una empleada de tienda de conveniencia y a un despachador de gasolina? ¿Sabes? Creo que por eso no tengo miedo. Lo que está allá arriba me dice que hay un futuro que no se limita a esta ciudad, a este barrio. Okey, sí tal vez vuelva a despachar combustible pero espero que sea en algún lugar entre las estrellas y para objetos tan grandes como ése. Debe ser maravilloso.— Gizmo sonrió con la confianza de quien ha formado para su vida un nuevo sueño. Y sí. Iba a resultar tremendamente patético si después de esto yo aún pretendía enterrarme en un 24 o en cualquier otra tienda de conveniencia para pasar mi vida rodeada de cervezas, chocolates y cigarrillos.

El futuro estaba allá arriba. Los extraterrestres nos habían traído las estrellas y yo iría tras ellas. —Volveré a estudiar—dije y señalé al cielo—acabaré mis estudios y yo y Kathy iremos en una de esas naves espaciales a Yukon.— Gizmo me miró extrañado. —¿Para que necesitas una nave espacial para ir a un territorio de Alaska?—preguntó. Por un momento quedé muda. —¿Qué Yukon no es el nombre de una estrella?—. Él respondió: No. Para nada. Oh, indudablemente tenía mucho qué estudiar.

En ese momento las cámaras de televisión se conectaron a nivel mundial porque algo se acercaba ya a la Nueva Skylab. Era el objeto que se había llevado a los tres científicos a la gran nave extraterrestres y que ahora volvía.  La nave volvió a acoplarse a la estación y todas las cámaras volvieron a activarse frente a la compuerta de paso. El mundo estaba sin duda alguna con la respiración contenida.  Una vez más se abrió la exclusa. Una vez más pudimos ver la superficie de espejo. Y por ella salieron los tres científicos terrestres a los que ayudaron de inmediato a quitarse el casco. Los tres sonreían. Sus miradas brillaban de la emoción. Y entonces uno de ellos señaló la escotilla. Las cámaras de video se enfocaron de lleno en el lugar.  Y por ella salió, bueno, eso ustedes ya lo saben.

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