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A propósito de #ellos hablan de Lydia Cacho.
Daniel Goldin comment 0 Comentarios access_time 4 min de lectura

En un ensayo memorable, Gabriel Zaid nos recuerda que el fin de los libros es prolongar la conversación por otros medios.

Por eso, entre muchas otras cosas, hoy me siento menos culpable de violar con este conversatorio una norma que es habitual en las bibliotecas, la de mantener el silencio, que sé que es un bien escaso en esta ciudad y, en general, en nuestra cultura y en nuestro tiempo. Y un bien precioso, entre otras cosas porque el silencio permite escuchar otras voces en nuestro interior.

Pero hay silencios y silencios, y conversaciones y conversaciones. Y creo que las mejores conversaciones y los mejores silencios son aquellos en los ambos conviven armoniosamente y no se oponen. Es decir, aquellas ocasiones en  las que el silencio no acalla, y las veces en las que la conversación no es cháchara huera que sólo pretende combatir la incomodidad del silencio.

El libro cuya aparición hoy celebramos es de esos que pueden abonar por esa mezcla virtuosa. Está tejido por muchas voces acalladas y habla de temas silenciados que privan de la palabra, el cuerpo y el gozo a muchos de nosotros. Como vivimos en una cultura machista en la que se suele silenciar a las mujeres, puede parecer extraño que un libro que enfrenta a esa cultura se centre en hacer hablar a los hombres, más aún cuando la que lo firma es una mujer.  No me imagino que habría pasado si le hubiera tocado a un hombre hacer las preguntas y escuchar las respuestas.

Sé que si los informantes hablaron como lo hicieron, es decir, con confianza, sinceridad y valentía, es porque tuvieron enfrente a una mujer, valiente, para no decir de otra forma, que los escuchaba. Sí, aquí se confirma ese apotegma popular que nos recuerda que la de los huevos es la gallina.

Imagino que para más de uno de los informantes se trató de la primera vez en que se sintió escuchado. Y no me extrañaría que haya sentido una emoción extraña al escuchar su propia voz narrando cosas que él mismo no le había confesado a nadie, ni siquiera en sí mismo. Ojalá que este ejemplo se extienda.

Vivimos en una sociedad en la que sentirse escuchado es una experiencia escasa. Vivimos también en un tiempo singular, de enormes claroscuros.

En algunas páginas de este libro, Lydia parece inclinarse a subrayar su lado sombrío.  Y parece inclinada a subrayar la plaga de violencia que nos ahoga. Yo, que no descreo de esas visiones pesimistas, también considero que nuestro tiempo es esperanzador porque está poniendo sobre la mesa cosas que me parecen relevantes para sanar nuestro tejido social. Menciono tres.

La primera es la importancia de repensar el género, y desde el género, no sólo en la oposición dicotómica entre hombres y mujeres, y explorar la diversidad de la que tanto se habla y poco hemos pensado.

La segunda es el cuestionamiento de la violencia como algo inherente a la condición humana.

La tercera, y no menos importante, es lo profundamente fecunda y comprometedora que es la escucha.

Cada una de ellas nos invita a revisar e invertir las valoraciones habituales en parejas de opuestos, como actividad y pasividad, fuerza y debilidad, riqueza y pobreza.

Estoy convencido que este ejercicio nos permite vislumbrar una vida diferente para las generaciones que nos sucederán y, también, para nosotros mismos.

Le agradezco a Lydia Cacho y a su editorial, Random House, que hayan aceptado la invitación a organizar esta conversación pública sobre este libro, que prolonga y a la vez antecede muchas conversaciones valiosas.

*Texto leído en la presentación de #Ellos hablan de Lydia Cacho.

 

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