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Alicia Underground: El espejo en el espejo
Karina Sosa comment 0 Comentarios access_time 3 min de lectura

Pienso en palabras quebradas por nuestros deseos. Eso son los espejos, a veces son soportes de los sueños más descabellados.

Las palabras que creemos obvias, o demasiado evidentes, son casi siempre un atado de posibilidades, un manojo de flores vivas. Ciertas historias nos hablan de lo que somos aunque no contengan palabras semejantes a nuestros pensamientos más evidentes.

Escribo un diario y tomo un té, estos días han sido amargos. De descubrimiento. Primero se descubre el hambre. Hago anotaciones. Usé la palabra alegoría cinco veces o más en estas horas: Alicia Underground es una alegoría del descenso. Descender entre lo desconocido, entre lo brumoso: de Alicia, del mundo de Oz, y nuestra propia soledad.

Jugar a los espejos, voltear nuestro universo y regresar al laberinto. Precisamente este laberinto, el de Alicia Underground, es una alegoría de nuestro laberinto interior. Los primeros laberintos se trazaron como una representación de nuestro organismo, de la entraña, de lo visceral. Partiendo del viaje interior, Patricio Betteo, propone un juego de descenso.

¿Persigues al conejo? ¿Tratamos de refugiarnos en la casita hecha de puertas?

Pienso en Roald Dahl, en las posibilidades de un juego pensado por una mente ajena. Las historias de Dahl siempre guardan un misterio, siempre nos hacen volver a nuestros propios deseos, por ello me atraen. En Alicia Underground hay también una voz que nos dice que todo puede moverse hacia acá o allá, pero al final podemos cerrar el libro en cualquier página y decir “aquí comienza otra historia”. Me gusta mucho que un espíritu de dispersión y de juego esté allí: Sopa de fideos, Albóndigas cuadradas, La princesa Afonía, Deus ex machina… podríamos escribir una historia propia de Alicias, o Julietas, o Renatas… Y decir que todas se perdieron cayendo por túneles que no conducen a nada más que al mismo vacío: nuestra propia mente.



La vida es eso: un laberinto que atravesamos dudosos hasta que decimos basta, hasta que creemos conocer cada esquina del espejo que nos muestra distorsionados.

Alicia Underground es un libro peculiar porque no parece una historia para niños, es más bien una catarsis que llega a un punto de nuestra vida para revolverlo todo y para permitir que nuestras búsquedas interiores sean más llevaderas.

Patricio Betteo, también dibujante, abre puertas, como puertas de Alicia en el País de las Maravillas, para internarnos o quedarnos quietos frente a esas posibilidades. A veces la quietud es también un camino. No sólo el movimiento nos conduce: dudar, extraviarnos y detenernos a llorar durante mucho tiempo es una manera de desquiciar a cualquier universo.

Cuando leemos ciertas novelas como Alicia Underground nos divertimos y podemos despejarnos de la fastidiosa carga que a veces es habitar ciudades en las que se han olvidado las madrigueras, los túneles secretos y casi todas las incitaciones al desvarío. Pienso que resulta afortunado encontrarme con un libro en el que se mezclen tantas historias de fantasía para que el lector caiga en trampas inconscientes…

En Rayuela, de Julio Cortázar, existe también el juego oulipiano de los caminos múltiples, del desorden del lector. Más que de un juego, en Rayuela y en Alicia Underground los escritores bosquejaron una ruta arbórea, para intentar que el lector encuentre un momento para preguntar por sí mismo. Para afirmarse en medio de aquello que nos han arrebatado los días.


 

Alicia Underground es una novela de múltiples encuentros. 

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