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Mi amigo Óscar Wao
Joaquín Guillén comment 0 Comentarios access_time 6 min de lectura
Querido Junot Díaz:

Soy ñoño. Siempre lo he sido aunque no siempre ha sido fácil. A veces pienso que estos son tiempos mejores, que de un momento a otro la cultura mainstream se mezcló con mis gustos —es decir, que de pronto más gente del Mundo Real® (o sea, gente que no conocí en foros de Internet) comenzó a interesarse por las series animadas y Batman y la ciencia ficción y la fantasía y los videojuegos. Por lo mismo, admiro a muchos creativos que se han desarrollado cerca del mundo ñoño —Shigesato Itoi, Neil Gaiman, Dan Harmon, Felicia Day—. Pero ninguno de ellos se compara a lo que siento por un personaje ficticio: Óscar Wao.

Porque aparte de ñoño, soy de Neza.

En La maravillosa vida breve de Óscar Wao, presentas la historia de Óscar de León, un dominicano con sobrepeso que crece en Nueva Jersey. Él no es una persona común para su familia, patriarcal y machista, pero tampoco para la gente del barrio donde está creciendo. El narrador, Yunior (personaje recurrente en tu obra), lo describe como no “uno de esos dominicanos de quienes todo el mundo anda hablando, no era ningún jonronero ni fly bachatero, ni un playboy con un millón de conquistas”. La condición física y emocional de Oscar no sólo lo marginan de la gente más cercana a él, también sus intereses. Lo dice el narrador de una manera que me habló: “¿quieres saber de verdad cómo se siente un X-Man? Entonces conviértete en un muchacho de color, inteligente y estudioso, en un gueto […]. Es como si tuvieras alas de murciélago o un par de tentáculos creciéndote en el pecho”.

Y si bien Neza no es el gueto en el que se desarrolló Óscar, sentí tanta cercanía con el personaje que a la fecha no dejo de pensar en el “nerd de gueto” y en lo mucho que me relacioné con él. Porque antes de que el mainstream y lo ñoño se mezclaran, la marginalización existió (y de alguna manera persiste). La cantidad de películas de Star Wars que existan no borra el bullying, ni mucho menos la forma en la que decidí aproximarme a la gente. Lo dice mejor David Foster Wallace:

Creo que esta es la razón por la que la televisión gusta tanto a la gente solitaria. A los que se encierran de forma voluntaria. Todos los solitarios que conozco ven más televisión que las seis horas de promedio en América. A los solitarios, como a los narradores, les encanta la visión en un solo sentido. Porque la gente solitaria no suele serlo por culpa de ninguna deformidad repulsiva ni de su olor corporal ni su mal carácter: en realidad hoy día existen grupos de apoyo y asociaciones para personas con estas características. En cambio, la gente solitaria suele serlo porque no quieren soportar los costes psíquicos de estar entre otros seres humanos. Son alérgicos a la gente. La gente les afecta demasiado.

Y sí. Los amigos que tengo no los he hecho en fiestas, y las historias que tengo con ellos tampoco ocurren en ellas. Suceden en el metro, mientras hablamos de las series y los cómics y los videojuegos y Batman (el de Bruce Timm) y los libros y Junot Díaz y su descripción tan dolorosamente cercana de Óscar de León:

Era solo en estas cosas que Óscar demostraba el genio que su abuela insistía era parte del patrimonio familiar. Podía escribir en élfico, podía hablar chakobsa, podía distinguir entre un slan, un dorsai y un lensman en detalle; sabía más sobre el universo Marvel que el mismo Stan Lee, y era un fanático de los juegos de rol […]. Quizá si —como yo— hubiera podido ocultar su otakunidad, la cosa hubiera sido más fácil, pero no podía. Llevaba su nerdería como un jedi lleva su sable láser o un lensman su lente. No podía pasar por Normal no importaba cuánto lo hubiera deseado.

Óscar era un introvertido que temblaba de miedo durante la clase de gimnasia y miraba programas de televisión británicos bastante nerdosos como Dr. Who y Blake 7 […]. Era uno de esos nerds que usaban la biblioteca como escondite, que adoraban a Tolkien y, más adelante, las novelas de Margaret Weis y de Tracy Hickman (su personaje preferido era, por supuesto, Raistlin), y, durante la década de los ochenta, desarrolló una obsesión con el Fin del Mundo (no existía una película o libro o juego apocalíptico que no hubiera visto o leído o jugado: Wyndham y Christopher y Gamma World eran sus grandes favoritos). ¿Se hacen una idea? Su nerdería adolescente evaporaba la menor oportunidad de un romance. Todos los demás experimentaban el terror y la dicha de sus primeros enamoramientos, sus primeros encuentros, sus primeros besos, mientras que Óscar se sentaba en el fondo del aula, detrás de la pantalla en la que coordinaba los juegos de Dragones y Mazmorras y veía su adolescencia pasar. Del carajo eso de quedarse fuera en la adolescencia, como atrapado en un closet en Venus cuando el sol aparece por primera vez en cien años. De haber sido él como los nerds con quienes yo me crié, a los que no les importaban las hembras, la cosa hubiera sido distinta, pero él seguía siendo el enamorao que se apasionaba con vehemencia. […] Su capacidad para el cariño —esa masa gravitacional de amor, de miedo, de anhelo, de deseo y de lujuria que dirigía a todas y cada una de las muchachas del barrio sin importarle mucho su belleza, edad, o disponibilidad— le partía el corazón todos los días. Y a pesar de que lo consideraba de una fuerza enorme, en realidad era más fantasmal que otra cosa porque ninguna jevita jamás se dio por enterada. De vez en cuando se estremecían o cruzaban los brazos cuando les pasaba cerca, pero eso era todo. Lloraba a menudo por el amor que sentía por una muchacha u otra. Lloraba en el baño, donde nadie podía oírlo.

Sirvan estas líneas para abrazar mi amistad con Óscar Wao.

 

Crédito de imagen: Remezcla.

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