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Anna Karénina y la meditación de Tolstoi sobre la muerte
Eloy Urroz comment Un comentario access_time 6 min de lectura

Anna Karénina es antes que nada y para mí, una larga meditación sobre la muerte y lo efímero de nuestras vidas. No pienso en la vida efímera de su protagonista —y en su heroico suicidio—, sino en esas otras largas, memorables, reflexiones sobre la muerte que abundan por doquier, esas charlas de sobremesa que Stepán Arkádich, Konstantin Lievin y su hermano Nikolái, Sherbatski, Serguiei Ivánovich y hasta el mismo Vronski y Anna, tienen a lo largo de sus mil páginas. Este asunto de la muerte, pasa, no obstante, desapercibido por culpa o gracias al otro gran tema del libro: el adulterio y el amor, el matrimonio y el divorcio, la transgresión y sus innumerables consecuencias. De cierta (intrincada) manera, podríamos decir que ambos asuntos están invisiblemente consubstanciados en la novela: la muerte y el amor, el sexo y la muerte, la separación de los cónyuges y la muerte, como si con ello Tolstoi se adelantara a las teorías que Igor Caruso desarrollaría en La separación de los amantes. Pero ¿cómo ocurre esto si todo en la novela nos orilla a ver lo otro, lo obvio, la pasión de Anna por Vronski y nada más?

Comienzo por advertir que llegué tarde a Anna Karénina, aunque decir “tarde” es siempre relativo, por supuesto. Tenía 41 o 42 años y mi padre y mi sobrino acababan de morir; estaba, para colmo, separado de mi mujer y añoraba estar cerca de mis hijos aún pequeños. Entonces, surgida del abismo, llegó Anna, no sé por qué ni cómo cuanto que no había vuelto a leer a Tolstoi en más de veinte años. Leí, primero, Guerra y paz a los 18, en el último año de bachillerato y, poco más tarde, La muerte de Iván Ilich. Así como quedé anonadado por la primera, quede seriamente desilusionado por la segunda, no sé por qué, no lo recuerdo. Por ello, supongo, transcurrieron veinte años y en ese periodo me refugié en la lectura asidua del mejor novelista de todos los tiempos: Dostoyevski. Esto fue así hasta que, como dije, llegó Anna Karénina y cambió las cosas para siempre. Casi de inmediato supe —y sólo llevaba 300 páginas leídas— que era superior a Guerra y paz y sólo comparable a Crimen y castigo. Algunos años más tarde, vino la sorpresiva lectura de La sonata a Kreutzer, otro, gran, pequeño, libro, el relato del uxoricidio por excelencia, otra forma de amor (y exaltación) llevado al límite.

En la época en que leía Anna Karénina (2008 o 2009), empezaba yo a escribir mi pequeña novela elegíaca, La familia interrumpida. Allí decidí que mi personaje principal, el poeta sevillano Luis Cernuda, estaría leyendo Anna Karénina en su soledad de desterrado en Inglaterra hacia 1938. Esto, por supuesto, lo sustenté con un dato que, por suerte, encontré en alguna de sus muchas biografías y graciosamente añadí en mi relato:

“Luis decidió intentar proseguir la lectura de Anna Karénina. Abrió el libro con desgana. Llevaba leída ya la mitad en francés. Una de sus mejores amigas, la escritora Rosa Chacel, se lo había regalado cuando recién llegó a París el año pasado y, aunque al principio pudo leer como un enajenado, una vez hubo aceptado el infausto trabajo con los niños exiliados, no había vuelto a retomar la lectura. Por fin lo iba a hacer. Quitó el separador y empezó a leer el capítulo siete de la quinta parte donde Stepán Arkádich Oblonski vuelve del extranjero para encontrarse con su querido amigo Lievin, ningún otro, pensó Cernuda, que el mismo Lev Tolstoi levemente camuflado. Apenas dos minutos después de iniciado el capítulo, casi para su mal, Luis se encontró con este sombrío pasaje:

—Nunca dejo de pensar en la muerte —dijo Liev—. Todo perece, y la muerte debe llevarnos a considerar cuán efímera es nuestra existencia. A decir verdad, estimo mucho mi actividad y mis ideas, pero pienso en el fondo que todo lo que vive es como un moho que ha crecido sobre este minúsculo planeta, que nuestros proyectos, nuestras ideas, obras y aspiraciones, por grandiosos que a nosotros puedan parecernos, no son más que minúsculos granos de arena.

—Lo que dices es viejo como el mundo.”

Como éste, aparecen muchos diálogos más en la novela, pero es a partir del capítulo VIII de la última parte (unas cincuenta páginas), donde se agudiza el tema recurrente de la muerte —y acaso el de la vida espiritual— que ya venía apareciendo desde el principio del libro. El asunto “espiritual” pergeña asimismo aquello en lo que se convertirían los siguientes treinta años de vida del longevo escritor: es como si, a partir de 1873-77 (fecha de redacción de Anna Karénina) creyera que sus días están contados. La ironía es que los suyos no lo estuvieron. Le quedarían muchos más después de ver publicada su obra maestra. El capítulo mencionado arranca justo así y sintetiza lo que Tolstoi aplicaría a su propia vida: “Pasado el momento en que, junto a su hermano moribundo, Lievin pudo entrever el problema de la vida y de la muerte a la luz de las nuevas convicciones, como él las llamaba (las cuales habían sustituido las creencias de su infancia entre los veinte y treinta y cuatro años), la vida se le había aparecido más terrible aún que la muerte. ¿De dónde venía, qué significaba, por qué nos ha sido otorgada?”

Cada ser humano entrelaza uno u otro libro a cierto momento crucial de su vida. Yo leí la novela de Tolstoi durante un pasaje triste, reflexivo, taciturno y difícil de la mía. Me alivia saber que no la leí antes ni después.

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  1. Coincido contigo, querido Eloy. Anna Karénina me impresionó (la llevo en mí, pienso seguido en ella, y, en efecto, el amor y el adulterio son muy buenos pretextos para preparar el tema central: la muerte; o, mejor, el morir. Pero mucho más me gustó la Sonata Kreutzer. Como sabes, me quedo con Dostoievski. Los demonios me espantó; sus personajes son aterradores. Bellamente aterradores. Un fuerte abrazo.