Atisbo a una fabuladora de mundos

Robin Hobb no es sólo una pequeña y avejentada mujer de California que creció en las heladas praderas de Alaska soñando con algún día escribir las historias que vivía en su cabeza bajo un seudónimo tan parecido al adorado campeón de los pobres. Robin Hobb es quizá la pluma femenina más importante en la historia de la ficción fantástica medieval anglosajona. Y no, Rowling no cuenta.

El argumento que respalda semejante declaración es la incansable carrera que Hobb ha esculpido como fabuladora de mundos, pero, sobre todo, en la perfecta técnica que ha ideado para conducir el desarrollo de sus personajes, ese ascenso clásico y a la vez imperecedero que algunos llaman “el camino del héroe”, cuyo estudio y técnica ha fascinado a Occidente desde su génesis en la Grecia antigua.

Robin ha escrito siete grandes series de libros siguiendo esa fórmula. Y de esas siete podemos destacar dos no sólo por su brillante hechura sino por el gran cariño que ha engendrado en los seguidores del medievalismo mágico: la Trilogía del Vatídico —cuyo estandarte es la gloriosa novela Aprendiz de asesino— y la saga Las leyes del mar, cuyo primer volumen, Las naves de la magia, usamos ahora tan arteramente de pretexto e inspiración para alabar la labor de quien —me consta— es la pluma más interesante del medievalismo desde que aquel enigmático monje normando nos legó su Cantar de Roldán.

Las naves de la magia sigue, pues, las desventuras de la familia Vestrit a bordo de sus preciados navíos vivientes. (Sí, leíste bien: vivientes.) Quiero decir que la historia sigue las aventuras de los Vestrit —o de Althea Vestrit, en un inicio—, pero en realidad no quiero decir eso, sino que las novelas narran las desventuras de un objeto “animado”, Vivacia, el más joven de los navíos mágicos, “nao rediviva”, que ha cobrado consciencia sobre los anchos mares. Vivacia, como todos los de su especie, fue construida con Tronconjuro, el bien más preciado del mundo, una madera mágica que con el tiempo despierta un conjuro que la hace cobrar consciencia de vida. Vivacia ya ha visto existir y perecer a tres generaciones de Vestrit, pero al arrancar la novela el navío apenas podía pensar en la serie de misterios mágicos, confabulaciones políticas, traiciones fraternas y manías regicidas que abundarían en todos esos pies humanos que tocarían su cubierta…

Las leyes del Mar no es, pues, otra serie de libros gordos que nos habla sobre un montón de gente con más cargos nobiliarios que un personaje de George R. R. Martin, sino una trilogía fascinante sobre el comportamiento humano, y el heroísmo que se asoma bajo el faldón de cada aventurero. Como hace Robin Hobb con cada nuevo libro, viajemos por el ancho mar de la imaginación, a bordo de nuestros más anhelados sueños.

Plaza y Janés (narrativa), 2015

Escrito por
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