Ciudad Real: entre el nihilismo y el fracaso de la filantropía

Ciudad Real —publicado en 1960— compila diez cuentos que tienen lugar en y alrededor de Ciudad Real, nombre antiguo de lo que hoy conocemos como San Cristóbal de las Casas, durante mucho tiempo una de las sedes más importante de la Nueva España. Aunque la mayoría de los cuentos suceden durante la Colonia, también se mencionan la Conquista en el primer cuento, “La muerte del Tigre”, y el ambiente revolucionario en “Cuarta Vigilia”. De este modo, Rosario Castellanos nos muestra el amplio panorama de Ciudad Real desde su fundación hasta el siglo XX.

Al leer sus cuentos, no podemos dejar de preguntarnos para quién es la construcción que se hace del indígena en Ciudad Real y en qué se ha convertido hoy en día: ¿en un lugar común o en un incentivo para analizar la presencia de la minoría indígena en la memoria?

La reivindicación de los indígenas es un tema amplio y complicado. Hablar de indigenismo es discutir qué es una minoría y analizar la historia. Es adoptar una postura crítica que permita examinar las formas en que se han representado a lo largo del tiempo. En Los antiguos mexicanos a través de sus crónicas y cantares (1961), por ejemplo, el historiador Miguel León-Portilla recopila los testimonios de los antiguos mexicanos a partir de sus crónicas, poemas y cantares, con la finalidad de darles una voz. En Ciudad Real, Rosario Castellanos se une a la discusión, aunque de un modo muy distinto.

Ciudad Real no pretende dar una voz —como en la obra de Miguel León-Portilla— a aquellos que fueron explotados y sometidos, sino mostrarlos, un poco como lo hace el muralismo: hacerlos presentes en su compleja condición. Para Rosario Castellanos no hay una voz que dar, pues los indígenas, privados de su lenguaje durante la Conquista y la Colonia, la han perdido y, en consecuencia, se han perdido sí mismos. Los personajes indígenas que la autora describe no solo han olvidado expresar lo que temen y desean, sino también lo que fueron y lo que son. La imposibilidad de comunicación entre los indígenas y caxlanes —hombres blancos— conlleva a una incompatibilidad que produce miedo y resignación del lado de los indios, e intolerancia y rechazo del lado de los colonizadores.

Lo podemos ver en el personaje de Teodoro, en “La suerte de Teodoro Méndez Acubal”, que un día encuentra una moneda en la calle: “La moneda, oculta entre los pliegues del cinturón lo había convertido en otro hombre. Un hombre más fuerte que antes, es verdad. Pero también más temeroso” (57). Teodoro Méndez comienza a sentir que de algún modo ha adquirido poder y libertad, porque puede comprar lo que él quiera. Después de mucho tiempo de mirar la vitrina de una joyería, decide comprar la estatuilla de una virgen. Sin embargo, el comerciante de la tienda, don Agustín Velasco —descendiente de conquistadores—, lo ha empezado a observar con desconfianza, pues qué haría un indio contemplando y admirando la vitrina de su tienda.

Mientras que don Agustín comienza a dudar de las intenciones del indio, Teodoro Méndez comienza a temer no poder explicar lo que desea comprar frente al vendedor: “Para que se le destaparan las orejas, para que se le soltara la lengua, había estado bebiendo aceite guapo. El licor le había infundido una sensación de poder”. (65). Cuando, finalmente, Teodoro entra a la joyería, don Agustín Velasco siente miedo y enojo: el silencio y la mirada del indio lo desenmascara, lo desestabiliza. La mirada del otro pone en riesgo la seguridad de la privilegiada identidad de don Agustín, que llama a los policías para que inmediatamente apresen al ladrón que lo quería asaltar. Estos descubren la moneda del indio y se la quitan, robándole, ellos, su efímera libertad.

Varios elementos del cuento se repiten en diferentes relatos de Ciudad Real. Por ejemplo, el miedo y el enojo que siente don Agustín son los mismos que sienten los varones de Mukenjá en “La tregua” cuando un hombre blanco llega a su aldea a pedir ayuda sin poder darse a entender, pues no habla el idioma de los indios: “El espectáculo de la debilidad ajena puso fuera de sí a los indios. Venían preparados para sufrir violencia y el alivio de no encontrar una amenaza fue sustituida por la cólera, una cólera irracional…” (37). Al final, los indios terminan por aniquilar al hombre blanco, no por venganza sino por seguridad, ya que creen que es la forma de tener una buena cosecha la próxima temporada. Al día siguiente no sienten ni un gramo de culpabilidad.

Las figuras centrales de los cuentos son los indígenas, las autoridades y los voluntarios que siempre llegan con las mejores intenciones a ayudar a Ciudad Real y se quedan con las peores experiencias. Los primeros cuentos giran en torno a la discriminación, la desigualdad y la injusticia que padecen los indígenas en Chiapas. Los últimos, “La rueda del hambriento”, “El don rechazado” y “Arthur Smith salva su alma” hablan sobre la falta de educación e imposibilidad de comunicación entre los indígenas y las personas que quieren ayudarlos.

Hay dos tipos de hombres civilizados en Ciudad Real: los civilizados que buscan controlar y abusar de la vulnerabilidad del indio por medio del trabajo para darles un uso en la sociedad y mantener el orden. Y los hombres civilizados que buscan educarlos y sacarlos de la ignorancia para incluirlos en la sociedad de una manera digna. Sin embargo, los cuentos demuestran que la segunda forma es tan fallida como la primera. Los chamulas tienen otro razonamiento. La ayuda que reciben no la ven como una oportunidad o posibilidad de cambiar o mejorar su vida, sino como una salida temporal de su situación. Lo vemos en “El don rechazado” cuando el antropólogo José Antonio Romero le da la oportunidad a Manuela, que recién acaba de parir, de tener una vida digna. Ella prefiere serle leal a su ama doña Prájeda que la maltrata y explota. No hay nada que hacer, diría José Antonio Romero.

O tal vez sí. No directamente. No como ayuda. Ciudad Real no es un proyecto altruista ya que muestra el fracaso del altruismo. Tampoco es un proyecto reivindicador pues no logra hacer justicia; se queda en el plano de la representación y su visión es enteramente nihilista. La justicia debería estar en el lenguaje y en la memoria como una semilla que germina: como un proyecto social, político y artístico que mueva y ponga en duda identidades y formas de expresión. La discusión no es cómo educar o salvar a la minoría sino cómo llamar la atención de quienes viven en la indiferencia por ignorancia o por miedo. Ciudad Real pone el dedo sobre el renglón, alumbra al indio mudo y vulnerable para hacernos ver algo. No deberíamos temerle al silencio y a la mirada de quien no puede darse a entender sino a nuestra incapacidad de olvidar tan fácilmente a quienes no son como nosotros y seguir con nuestras vidas como si fuéramos los únicos.

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