Como haber sido partícipes de una gran orgía…

Si escribir un libro es como parir un hijo, a veces igualmente doloroso y providencial, en palabras del autor, soy un poco “tía” de esta novela. La he visto cocerse desde su inicio. Y ahora asisto feliz a su nacimiento.

Empezaré contándoles que esta obra es una carcajada de principio a fin. Con ello no quiero decir que no sea seria: trata un sinfín de temas relevantes como la codicia, el deseo y la exaltación llevada a límites insospechados. Nos transporta a los más profundos vericuetos de la condición humana. Pero si ustedes son de los que les da pena montar numeritos, absténganse de leerla en un lugar público. La gente los mirará como a bichos raros, porque es imposible hojearla y no reír en voz alta. Me ha pasado.

Aun cuando ésta es una novela plagada de excesos, he de hacer notar que, a la vez, es profundamente verosímil. La creatividad de Federico Traeger no tiene límites a la hora de imaginar y proponer los más absurdos escenarios y, sin embargo, el lector nunca tiene suficiente, no se empacha, pide y le es dado en abundancia y, como en el circo, uno de los temas subyacentes de la novela, es satisfecho con las más disparatadas propuestas.

El estilo de Traeger es liviano, trepidante y directo. Imposible dejar el libro una vez empezado. La novela no está dividida en capítulos a la usanza tradicional, porque de tradicional no tiene nada. Toda ella es un gran capítulo enmarcado entre dos citas de Lennon, que impregnan el relato de una exquisita nostalgia.

Cuando todo era para siempre es, sin duda, un título acertado. A pesar de la más absoluta euforia a la que nos hará acreedores sus páginas define, en un ligero marco de añoranza, un tiempo que no volverá. Es, sin duda, la radiografía de una época.

Si hubiera que encuadrar el género, como ejercicio literario, en esta ocasión nos metemos en problemas. Confluyen la narrativa, la lírica y la dramaturgia. ¿Es una novela picaresca o es bizantina, es decir, de complicadas aventuras?  ¿Es, tal vez, una comedia satírica? Me inclino por la sátira, quizás la más maravillosa, detallada, descarnada y despiadada sátira sobre una familia de clase media mexicana que de un día para otro recibe una herencia obscena. Cito al autor en su primera frase: “Hubo una época en la que fuimos puercamente millonarios”.

El padre da rienda suelta a sus aficiones comprando un equipo de futbol y un circo; la madre luce como diva, envuelta en toda clase de pieles y joyas, desdeñando las deliciosas enfrijoladas caseras desde el primer día para atascarse de caviar, champagne y trufas solo porque sí; el hermano menor, El Nenito, personaje irresistible, incurre en los mayores excesos sexuales sin perder un ápice de autenticidad; y el protagonista, a la vez narrador, navega entre su papel de observador, en ocasiones con tintes de analista ante lo que le está sucediendo a su familia, y el de actor de su propia y desenfrenada trayectoria, que oscila entre sus amores y la música, misma que encuadra gran parte de esta novela.

La época en la que transcurre este relato, finales de los años setenta, nos habla del movimiento hippy, saboreamos Zipolite y sus comunas; el amor libre, pues ¿qué otra clase de amor merece la pena?; y las drogas más alienantes y a la vez más esclarecedoras.

Nos transporta a un París de esplendor y boato, vivido, comido y bebido a manos llenas, con exclusivas botellas de vino en el más escandaloso, ostentoso y lujurioso hotel. Ese mismo París contrasta con los personajes de ciertas callejuelas de Montmartre, en donde la bohemia y un guiso de conejo estofado atraen, de manera inexorable, a los protagonistas; en el fondo hartos de insípidos sándwiches de pepino. Estos vagabundos y buscavidas se convierten en relaciones fundamentales en la búsqueda de lo insondable.

También nos mete de lleno a un festival de Cannes paralelo, hecho a la medida del Nenito, erigido en prometedor director, productor y actor de cine verité.

Los estudios de Abbey Road en Londres, la filmación de una película en medio de un huracán en Tailandia, un estrambótico viaje a Marruecos; todo confluye para dar a esta novela un clima de exquisitez decadente, de un si me pasara a mí, si heredara tal mogollón de millones y riquezas ¿estaría libre de vivir entre tanta extravagancia?

La vuelta a México, la construcción de un palacio más allá de todo parámetro conocido, la fiesta de inauguración del mismo y un final escabroso, que deja al lector temblando, pero que es absolutamente necesario dentro del clima de excesos imperante en la novela, consigue concluir de manera exitosa esta historia y dejarnos, de alguna forma, con una sensación de resaca al finalizar la lectura, como la de haber sido partícipes de una gran orgía, una fiesta sin parangón.

Como pasa con los buenos libros, queda una huella de aflicción melancólica al llegar al final, un no querer que se acabe. Sin embargo, al lector, o al menos a esta lectora, le queda un consuelo: visualizar esta novela como paso previo a una película, que sin duda sería extraordinariamente taquillera; y poder ver estos personajes tan bien delineados, con los que estamos encariñados a morir, en la gran pantalla.

Felicidades, Federico, un deleite de principio a fin. Auguro un gran éxito a Cuando todo era para siempre.

 

* Texto leído por su autora en la presentación de la novela el 27 de abril de 2017 en el foro de la librería Gandhi Mauricio Achar.

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