Cómo hacer a Kurt Cobain una leyenda

El 11 de junio de 2001 arrancó la gira mundial The Exciter Tour de Depeche Mode en Quebec. Precedida por una venta de dos millones de copias del álbum Exciter, la banda británica tuvo 83 presentaciones en diferentes ciudades de Europa y Norteamérica. Antón Corbjin fue el encargado de diseñar el espectáculo que, con un potente juego de luces y numerosas cámaras colocadas en puntos estratégicos del escenario, sublimaría —con creces— la música de la banda y demostraría su inmenso poder de convocatoria. Hacia el final de la canción “Never Let Me Down Again” llegaba, quizás, uno de los puntos climáticos del concierto. Un Dave Gahan, hasta el tope de adrenalina, alentaba a un público fiel, eufórico, a gritar la letra de la canción y suspender los brazos en el aire de derecha a izquierda, mientras sonaban los potentes acordes de la guitarra de Martin Gore. Si la sincronía perfecta existe, es precisamente en este momento.

Éste es el mar, el libro más reciente de Mariana Enríquez (Argentina, 1973), enmarca su contenido en el ámbito precisamente de la música, los conciertos, las fans y la creación de leyendas del rock. Y construye su escritura sobre las convenciones del género fantástico y los cimientos de la mitología. La anécdota de la novela es bastante peculiar: Helena, una ente —difícil de definir—, forma parte de una extraña legión de fans del grupo Fallen. Cansada de pertenecer a este enjambre ruidoso, Helena ofrenda, sin ningún reparo, a una fiel seguidora de la banda para ascender al grupo de las Luminosas, criaturas no humanas que se encargan de crear no leyendas sino dioses del rock.

Una vez ascendida, Helena tiene como misión elevar al monte Olimpo de la música a James Evans, frontman de la banda Fallen, cuyo talento es de dudosa calidad. Y es aquí donde Mariana Enríquez despliega sus mejores herramientas narrativas, creativas. Con un conocimiento basto sobre la mitología, la autora echa mano de este discurso para establecer con precisión, con acierto, la relación entre un dios y su venerador, entre un cantante y su seguidor, entre un melómano y la música. Helena, vacía de todo sentimiento humano, sucumbe ante el enorme poder de consuelo que da la música y que en la novela se manifiesta en forma de historias de fans que dejan de sentirse solos, miserables, ansiosos durante una fracción de tiempo. De seres humanos que se acompañan en ausencia a través de un reproductor de música o una estación de radio. De la música y su enorme poder de transformación o de destrucción.

En contrapunto a estas partes entrañables de la novela, Enríquez hace uso de una agudeza punzante, ácida, que caracteriza su narrativa, para retratar la crueldad humana del mundo de la música. Resulta incómodo el humor con el que describe el actuar de las Luminosas para crear a sus dioses del rock. A Kurt Cobain, por ejemplo, Violeta le inflige un dolor de estómago crónico que ni la droga más dura puede calmar y que lo arroja a un espiral de adicciones. Un mal que agota físicamente al músico pero que colma a la industria del entretenimiento de dinero, mucho dinero; lo mismo que satura de morbo envuelto en halo de simpatía, compasión o preocupación a las redes sociales.

Si en Las cosas que perdimos en el fuego, Enríquez habla sin disimulos acerca de las sociedades patriarcales, la segregación social, el abuso doméstico y el machismo radicalizado, en Éste es el mar exhibe con gran ironía esa “cualidad” que tenemos los seres humanos de fastidiar todo lo bonito: “Los humanos nunca toleraron a seres diferentes a ellos”, dice categóricamente Hécate (madre de todas las Luminosas). Esta afirmación funciona en distintos niveles narrativos en la novela, pues señala, por un lado, la extinción a la que están condenadas las Luminosas —que ocupa unas buenas páginas del libro— y, por otro, apuntala el hostigamiento al que prensa y fans someten a aquellos que están llamados a cambiar la historia. Lo consumen todo, hasta al artista mismo. La fama asfixia como el asma que sufren los bronquios de James Evans.

Así, en aras de reconocer el sublime talento de Evans y su música, que al final sí tiene, la popularidad termina hundiéndolo en el mar. Helena encarna esta paradoja: ella saca a flote el verdadero talento del cantante pero prepara con cinismo el escenario en el que habrá de morir Evans (el inhalador olvidado, una periodista que contará el pasado miserable de Evans, la llamada en el momento justo a los medios), mercancía sentimental que consumirán las fans y publicidad morbosa que hará más grande al mito. ¿Y el talento del artista?, se pregunta la autora.

Éste es el mar también retrata el momento preciso, la sincronía perfecta, que se da entre el libro y su lector.

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