Contra el engaño Dios

Nota sobre El evangelio según Jesucristo

La libertad es un problema. Quiero decir, es un problema definirla y darle su justo valor. La cosa se complica cuando por todas partes oímos que es lo más valioso e importante que hay, que debemos buscarla a toda costa, y cuando todos (los que quieren algo de nosotros) nos la prometen.

Desde hace tiempo, pienso que es un error poner a la libertad en la cima de la escalera ética, considerar que se trata del valor más importante y que a éste deben estar supeditados todos los demás. Como sé que me estoy metiendo en un tema espinoso y acalorado como zarza ardiente, me apresuro a hacer las aclaraciones pertinentes: no digo que la libertad sea poco importante, sólo creo que últimamente se ha manoseado mucho, se ha convertido en el lema de los héroes de todas las películas y en eslogan de un sinfín de campañas publicitarias. Al decretar que la libertad es (o debe ser) el valor supremo, ésta se convierte en un valor abstracto, y, por lo tanto, vacío. Dejan de importar los múltiples objetivos de la libertad —¿ser libres para qué?— y se presta atención sólo al espejismo del fin de semana sin fin, es decir, a la falta total de restricciones. Ésta es la idea de libertad que nos prometen sus promotores profesionales: la libertad como un menú virtual infinito entre el cual podemos escoger la película, o el saco, o la profesión, o el platillo internacional, o la silla de diseñador, o el tipo de leche para nuestro café que mejor satisfaga nuestro antojo del momento. La libertad reducida a catálogo inagotable o a comodidad perpetua es una cosa bastante insípida. La libertad absoluta, por otro lado, no existe o no es deseable ni defendible, pues siempre existirán, para el libertario total, esos incómodos límites, restricciones y obstáculos llamados “las otras personas”.

A la libertad no le viene bien ser la cereza de ningún pastel; lo mejor para ella es ser una especie de valor escudero, uno que acompañe y potencie a todos los demás: la igualdad, la justicia, el amor, la valentía, el placer, la responsabilidad, etcétera. Ahí está su importancia capital: en no estar a la cabeza, sino a lo largo de todo el cuerpo.

Ahora bien, esto que pienso sobre la libertad no se me ocurrió de la nada ni por ser yo muy sagaz. Son ideas que vienen de diversos autores que apuntan, más o menos directamente, a un mismo blanco: a la noción de que la libertad no debe ser la meta ni el sentido, sino la ruta o la brújula o la cantimplora sin fondo. Entre estos autores, destaco a dos Josés: a José Antonio Mariana, por explícito y a José Saramago, por parabólico.

La idea de José Antonio Marina en torno a la libertad es más o menos la que expuse en los párrafos anteriores: es un error de estrategia (de estrategia ética) pensar que la libertad es el más alto de todos los valores. La libertad por la libertad misma no tiene sentido. Mucho más importante que la libertad en abstracto, dice, son los actos concretos de liberación que las personas realizan para acabar con una situación de opresión o restricción en particular. Libertad es liberarse de diversos yugos: de la injusticia, la violencia, la miseria, la ignorancia, el miedo. El acto de liberación es doblemente valioso, pues implica la conciencia de la situación de sometimiento y el objetivo o destino de la libertad deseada. Es un acto cargado de crítica y sentido.

En el caso de José Saramago, muchas veces se ha dicho que sus novelas son alegorías de la sociedad actual o de la condición humana. Quizá no todas, pero yo creo que muchas de sus novelas son, en efecto, parábolas de actos de liberación y siempre contra formas de engaño: contra el engaño del poder político y económico, del egoísmo, de la comodidad. El libro que más me gusta de Saramago, El evangelio según Jesucristo, es un relato de liberación contra el engaño de Dios.

El argumento es sencillo y no entraré en mayores detalles: Jesús no es el hijo de Dios, sino, verdaderamente, el hijo del hombre, es decir de José y María. José muere crucificado a los treinta y tres años, acusado de ser un rebelde judío. Desde el nacimiento de su hijo, había vivido atormentado por la culpa, por no haber hecho nada para evitar la masacre de infantes de Belén, aun cuando él supo con anticipación los planes de los soldados de Herodes. Tiempo después, Jesús es acogido como ayudante por un extraño personaje, llamado simplemente Pastor, que, sin embargo, había estado presente toda su vida, de forma satelital. Al principio de la novela lo conocemos como un misterioso ángel, pero después se revelará como el Diablo. Será éste quien introduzca en Jesús el virus de la duda, del aprecio por el trabajo y de la satisfacción. Después de conocer a María Magdalena —y, con ella, el amor y el placer—, Jesús se vuelve pescador. Un día, en el mar de Galilea, Jesús es visitado en su barca por Dios y el Diablo. Dios es el que habla: le cuenta a Jesús su frustración, digamos empresarial, por ser el dios sólo de los hebreos y su plan de fundar una religión universal. Pero, necesita de su ayuda. Su causa necesita un mártir. Jesús se resiste, pero, al final, accede. Termina la junta de negocios en la niebla.

El Jesucristo humano de Saramago forma parte de un noble linaje literario. Están, por ejemplo, el Cristo protonietzsscheano de Nerval y el Cristo de Kazantzakis que casi cede a la tentación de ser humano. Estas versiones resaltan la condición de abandono o víctima sacrificada de Jesús por parte de Dios. Jesús, más que el chivo expiatorio, es el cordero propiciatorio; el Padre necesita el espectáculo de su muerte para inaugurar su imperio. Nada más conveniente que una muerte célebre para fundar una religión consagrada a la muerte.

De ese engaño macabro nos propone liberarnos el evangelio de José.

 

Por: Romeo Tello A.

Reseña del libro: El evangelio según Jesucristo, José Saramago, Alfaguara, México, 1991.


 

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