Cortázar y el Nobel: Historias de anacronismos y de famas

La verdad, esas listas que se reeditan cada año con “los X grandes escritores que nunca recibieron el Nobel” se me figuran como horóscopos trasnochados: ejercicios de futurología con el pasado. Por un lado, es cierto que algunos de los “más grandes” escritores del siglo xx fueron ignorados por la Academia Sueca; quizá, precisamente, los más grandes: Kafka, Proust, Joyce, Borges. Por otro, es muy fácil vaticinar la tormenta después del naufragio. Sabemos que en la decisión del jurado influyen muchas veces criterios extraliterarios, políticos directamente. Con toda probabilidad, eso afectó a Borges. En otros casos, la marginación es menos injusta o menos subjetiva y se debe al carácter casi secreto de un autor y su obra, como pasó con Kafka, quien sólo publicó unos cuantos relatos en vida. En otros, es un misterio.

¿Por qué no le dieron el Premio Nobel de Literatura a Julio Cortázar, y sí, por ejemplo, a Gabriel García Márquez? Cortázar es otro de los nombres habituales en esa liga de la ignominia —junto con Lev Tolstói, Paul Válery y Virginia Woolf— y suele argumentarse que se quedó sin el Nobel por ser un escritor demasiado original y excéntrico. Hmmm… Esto quizá sea cierto, pero, además de que suena horriblemente genérico y condescendiente, requiere una aclaración importante. Sí, Cortázar es un escritor inclasificable. Practicó todos los géneros literarios (poesía, cuento, ensayo, teatro y novela); en un terreno fue ortodoxo y quirúrgico (el relato fantástico), y en otros fue experimental y expansivo (la novela, el ensayo, el manual de instrucciones). Jugó incansablemente y fue ferozmente serio. Sí, fue un excéntrico, en toda la geométrica extensión de la palabra —nunca quiso estar en el centro de ninguna tradición—, y, al mismo tiempo, fue resueltamente universal. Demasiados noemas amalados, demasiados ajolotes, cronopios y redes de piolines. Y muy poco color local. Y esa ambigüedad esencial, esa especie de intimidad general, era lo que incomodaba a la Academia. ¿Cómo darle el Premio Nobel a un escritor cuya obra no refleja la vida y los conflictos de un continente? ¿A un escritor que no cartografió las estructuras del poder, que no dio voz a los desposeídos, que no iluminó la cara olvidada de la historia?

De todos los integrantes de esa all-star band que llamamos boom latinoamericano, sin duda el mejor fue Cortázar. Pero le faltó folclore para llevarse el Nobel. A Cortázar todo esto le importaba muy poco: “Si a mí me dieran alguna vez el Premio Cervantes o el Premio Nobel, lo único que me alegraría es poder convertir cualquiera de esos dos premios en un arma política. Sería para mí un símbolo que se podría utilizar contra el fascismo latinoamericano, contra los escritores vendidos al fascismo latinoamericano que quieren esos premios y que los están buscando”.

Consta que a Cortázar le gustaba Bob Dylan; a mí también, pero su Nobel de Literatura me saca ronchas en el esternón. De habérselo dado al argentino, la Academia Sueca habría tenido que decir: “Por recordarnos que todos los fuegos son el fuego (y que nadie nos curará del fuego), por empujarnos a revelarnos contra el triste reflejo de nuestra esperanza, por insistir en que nuestra verdad posible tiene que ser invención”.

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