Cuéntame una historia y no me sentiré sola

«Mi madre llevaba ocho horas de parto, con las piernas separadas al aire,
como si esquiara por el tiempo.» La niña del faro, Jeanette Winterson
«Y de nuevo volvió a sentirse sola ante la presencia de su eterna antagonista: la vida.» Al faro, Virginia Woolf

Jeanette Winterson es conocida como la escritora lesbiana más popular de Inglaterra. A pesar de eso, tiene la particularidad de no escribir exclusivamente desde su preferencia sexual, si acaso la menciona; la mayoría de sus novelas superan la etiqueta. Winterson escribe acerca de preocupaciones universales, y en esta historia reúne sus tres favoritas: la orfandad, la tristeza y la soledad.

La niña del faro es una historia escrita en primera persona, con dos personajes que no coinciden temporalmente: uno vive en el siglo XIX y otro en el siglo XX. Ambos buscan el sentido de la vida y llegan a la misma conclusión: la razón de la existencia es directamente proporcional al compromiso incondicional con otro ser humano. Eso nos hace pensar en el vínculo materno, en el vientre, en un lazo que perdura incluso después de cortar el cordón.

Silver tiene 10 años y pierde a su madre en un precipicio. A partir de ahí comienzan los que ella llama “los días de triste soledad”. Pero su vida cambia al poco tiempo de llegar al faro, cuando comparte su presente con un vigilante ciego llamado Pew que termina por revelarle un inusual remedio para la soledad: contar historias.

La madre muerta deja en la cabeza de la hija sentencias como: “No eres igual a los demás niños. Y si no puedes sobrevivir en este mundo, mejor será que te construyas uno propio” (p. 15). A través de los relatos de Pew, Silver se va construyendo este mundo alternativo, donde nos enteramos de que el faro donde viven fue construido por Robert Stevenson, padre de Robert Louis Stevenson, que escapó al negocio familiar (Robert Louis Stevenson visitó el faro en alguna ocasión, y quedó fascinado por la historia de Babel Dark, inspiración del Dr. Jekyll y Mr. Hyde).

Pronto, la petición de Silver “Pew, cuéntame una historia” se vuelve una constante que se repite a intervalos a lo largo de la obra, como un leitmotiv necesario. En la narrativa de Winterson es evidente la transparencia en sus transiciones de un punto de vista a otro, sorprende su manejo de los temas, espacios y épocas. Su habilidad para contar historias dentro de las historias la convierte en un talento literario singular y fascinante.

Silver crece y Pew la anima a contar sus propias historias. En el camino hay preguntas que resolver: ¿qué hace que nuestras vidas valgan la pena?, ¿por qué todo lo que amamos desaparece?, ¿por qué siempre estamos en constante lucha contra la gravedad?, ¿es posible evitar la caída?, ¿qué dirías en 40 min?. Hay tantas dudas como historias por contar.

Esta narración con más oscuridad que luz es un recorrido por tiempos dispares, en la que personajes como Darwin y Stevenson aparecen para romper a otros personajes desde dentro, para causar una implosión filosófica fina. El tema de la maternidad orbita a lo largo del libro justo como “las historias lanzadas al mar por encima de las olas a modo de señal, guía, consuelo y advertencia” (p. 45)

Mientras avanza la lectura, La niña del faro parece un lienzo impresionista, experimentas la sensación de estar parado frente a una pintura de composición abierta y pinceladas visibles. Todo desde ángulos inusuales, con fenómenos de luz y oscuridad de los que se desprenden las palabras. En este libro no hay final feliz, porque simplemente no hay final.

«Cuéntame una historia, Pew.

¿Qué historia?

Ésta.»

(p. 194)

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