Cuerpos en resistencia

Modesty is invisibility, said Aunt Lydia.

Never forget it. To be seen –to be seen– is to

be –her voice trembled- penetrated.

What you must be, girls, is impenetrable.

The Handmaid’s Tale, Margaret Atwood.

Tal vez debería avergonzarme confesarlo, pero es la verdad: tardé muchos, muchos años, en preguntarme qué es ser mujer. Ese despertar me llevó por una serie de lecturas, de búsquedas de respuestas. Me topé con grandiosas autoras que tal vez de otra forma nunca hubiese leído. Ni ese hubiera sido el lugar desde donde las hubiese leído.

Creo recordar que primero vino la teoría, luego la literatura. Así me enfrenté a Judith Butler en El género en disputa y su devenir ser mujer o, por supuesto, Simone de Beauvoir con El segundo sexo: “no se nace mujer, llega uno a serlo”. Ahí está la construcción de género que nos sigue persiguiendo en una sociedad patriarcal. Una sociedad en la que las mujeres son asesinadas impunemente y te encuentras con gobernadores que hablan de desapariciones de adolescentes porque se van con sus novios. ¿La culpa radica en un cuerpo? ¿En una vestimenta? ¿En un atrevimiento por poder salir a la calle sola y saber –o desear saberlo- que volverás sin un rasguño?

Dice Simón de Beauvoir: “Al hombre se le define como un ser humano y a la mujer como una hembra. Cuando actúa como un ser humano, se dice que imita al hombre.” Es así que funcionamos entre discursos que parecieran que no tienen cabida en el siglo XXI y sin embargo se perpetúan en demostraciones tan nimias como esos espacios en donde hombres y mujeres deben ir separados para que la animalidad del hombre se controle y no se lance a desgarrar a su víctima. ¿Es así como creamos conciencia? Y qué digo conciencia, pues no habría de crearse ya que no debería ser un punto de discusión. Sólo debería ser.

Hay un capítulo titulado “El reglamento macho” que aparece en el libro Superman es árabe de Joumana Haddad. Así comienza:

«“No desobedecerás”-el padre macho

Lo que significa: primero haz lo que se te dice, y luego piensa. Y es incluso mejor que no pienses nada en absoluto.»

Y así continúa en cada una de las figuras de las que habla ese capítulo: el hijo macho, el novio macho, el político macho, el intelectual macho, el colega macho, el fanático religioso macho, el pornógrafo macho, el censor macho, el sistema social macho, el educador macho, la comunidad reprimida macho, para terminar con todos los machos que conoce cuando critican su escritura. Y sin embargo, ella sigue escribiendo.

Como cuerpo en resistencia. Escritura en resistencia.

En esas escrituras, por otro lado, tenemos novelas de grandes escritoras cuyos personajes femeninos siempre están a la caza de esas conquistas; cuerpos en resistencia, periféricos, marginales: Virginia Woolf, por supuesto, con Un cuarto propio; pero también está Margaret Atwood y esas mujeres al acecho y acechadas como en Nada se acaba o la que inicia este texto, El cuento de la criada;  Joyce Carol Oates y la hija violada y silenciada como en Qué fue de los Mulvaney o sus adolescentes rebeldes como en Puro fuego; Jeanette Winterson y su Escrito en el cuerpo que procura romper el lenguaje para trascender el género, como alguna vez propuso Monique Witting como única salida para un lenguaje femenino;  o la maravillosa Clarice Lispector y su Lucrécia Neves en La ciudad sitiada o en esa otra novela que a ella nunca le gustó y que se titula Aprendizaje o libro de los placeres donde Lori rompe, busca y resiste.

Resistir.

Chimamanda Ngozi Adichie, autora de novelas inolvidables como Americanah, hace en Todos deberíamos ser feministas una reflexión para que seamos todos quienes cambiemos ese concepto del silencio, del maltrato, del asesinato, del cuerpo mismo. No hay un ustedes y un nosotros. Somos cuerpos. Hechos de la misma materia, con los mismos órganos.

Diría Gerardo Deniz: “Vámonos a equivocar de otras maneras”. Creo que ya es hora de hacerlo. Hombres y mujeres que demos el paso para el cambio.

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