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Cujo, el diablo está en el detalle
Ismael Martínez comment 0 Comentarios access_time 5 min de lectura

Se dice que Stephen King es capaz de escribir sobre cualquier cosa. Y es cierto. Se necesita un tipo especial de habilidad narrativa para lograr contar historias con parecido vértigo, con igual fuerza, que suscite semejante estremecimiento. Tal vez el único capaz de hacerlo antes que él, en el género de horror —con tal concisión, simpleza, claridad y versatilidad— fue Hitchcock. Otro lunático fuera de serie. Quizás ambos emplearon una misma fórmula.

Conocemos a cabalidad esa rutina obsesiva de King. Esas páginas que se obliga a escribir un día sí y otro también. Incluso durante vacaciones, y en habitaciones de hotel cuando se encuentra en gira promocional fuera de casa. Esos folios que, al cabo de pocos meses, se convierten en una novela lista para publicarse y llenar de billetes verdes la pequeña caja fuerte en su casa de Maine. Una costumbre practicada con éxito durante más de 50 años que lo ha convertido en quizás el autor de misterio y horror más prolífico de la historia. Pero, ¿de dónde sale tanto cuento?

Hace tiempo, cuando aún lo obligaba la mercadotecnia y no odiaba demasiado las entrevistas, King reveló la fórmula de sus escritos, una que todos sus lectores podíamos adivinar. “Steve” simplemente escribe sobre lo que le asusta. Aquello a lo que teme. Es una especie de sublimación creativa de una mente demasiado cautelosa, demasiado aterrorizada por el mundo que le rodea, el que todos ven y el que se esconde en el armario o bajo la cama. La de King es quizás una mente excesivamente aquejada por las pesadillas.

Así, el “Rey del Horror” ha creado algunos de sus mejores escritos, y los no tan memorables. De ahí que nos haya hecho leer sobre mascotas zombi y maldiciones gitanas, sobre virus telefónicos y aficionados literatos que quiebran piernas con marros, sobre asesinos motorizados, gente que muere de flacura y muchachos que corren por su vida en un maratón interminable. Así, todos hemos leído y guardado en el lado oscuro de nuestra memoria historias sobre fanatismos religiosos, sectas apocalípticas y demonios antiguos con forma de payaso que susurran muerte a niños desde alcantarillas (¿hay alguien en este mundo que no tiemble al recordar el terrible final de George, en Eso?).

Una de esas veces King escribió sobre un perro, Cujo. Un simpático San Bernardo que, igual que Christine (ese malévolo Plymouth Fury del 58), de pronto comenzó a matar gente.

Podemos imaginar a King mientras observa jugar al pequeño Owen, su hijo más joven, en el amplio jardín de su casa en los suburbios de Nueva Inglaterra hacia 1980. Podemos imaginar los temores de cualquier padre en su mente: los autos que transitan, los cristales rotos ocultos entre la hierba, los perros grandes que de repente se acercan corriendo para arrancarle a su hijo de tres años una pierna. Como ya dijimos, King se toma muy en serio sus temores.

En la novela, Cujo es el enorme perro de los Camber, una familia corriente de la parte rural de Castle Rock, Maine (ese desafortunado pueblucho descrito por King como escenario predilecto de sus historias). Su dueño es un pequeñajo de 11 años, y su padre, el macho bucólico de la historia, quien desprecia a los señoritos de escritorio y sólo valora aquellas posesiones que uno ha construido con sus propias manos. Joe Camber, el padre, obtuvo a Cujo recién hubo nacido como trato por un trabajo de mecánica automotriz. Quien le rogó aceptarlo dio en el clavo cuando le dijo que quizá su pequeño hijo, entonces un preescolar, apreciaría la compañía de tan leal guardián. Así, Cujo creció a sus anchas. A lo largo y a lo ancho creció entre la hierba de un jardín descuidado y bajo el precioso sol del oriente americano. Pronto alcanzó la jovial madurez de un perro de campo, estatura de casi un metro en cruz y un peso de 100 kilogramos.

Un día, sin embargo, tras perseguir a un conejito en el jardín trasero de la granja donde vivía, Cujo metió el hocico en un agujero insospechado, y fue mordido por un murciélago rabioso. Desde entonces la mente del joven y generoso San Bernardo fue mutando, de la alegría de la libertad a la opresión de la sed, y hasta un dolor vertiginoso que lo llevó a perpetrar su sangrienta venganza contra la vida cruel. Con esa premisa, y rodeando la historia con una decena de interesantísimos personajes, Stephen King sirve la mesa para uno de sus más grandes clásicos del horror moderno norteamericano.

La importancia de Cujo no está, sin embargo, en el suspenso del thriller clásico, como cabría suponer, sino en la avasalladora aventura psicoanalítica que representa la puesta en escena de un conjunto de tragedias hogareñas que conducen a la majestuosa resolución que sólo una mente con limpia estructura y depurada técnica literaria es capaz de desplegar. King emplea más de la mitad de la novela en construir un entorno enriquecido con personajes completos (caracterización, motivaciones, ideología) para en la segunda mitad de su escrito proponer una situación límite donde todo lo recorrido encuentra su razón.

Cujo no es sólo una destacada novela de escritura popular (por comercial), es un clásico auténtico del horror contemporáneo, que no se sitúa en la lírica de los sobrenatural, ni en la crónica moderna de un crimen, sino en las decisiones que, como personas doloridas, tomamos y cómo estas decisiones son capaces de liberarnos de nuestros demonios, al tiempo que, casi ineludiblemente, nos condenan.

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