Dar esplendor a los libros

Esta historia comienza hace poco más de trescientos años, con la creación de la Real Academia Española (RAE) y su célebre lema: “Limpia, fija y da esplendor”. Ha sido a lo largo de esos tres siglos que la institución ha sabido adaptarse a los ritmos de los tiempos y reinventarse constantemente, de tal manera que no se convierta en un ente caduco, acartonado, lleno de las típicas mañas que suele traer la ancianidad. ¿Cómo lograr esa constante reinvención?, pues justamente limpiando, fijando y dando esplendor.

La lengua (y quien lo niegue no se ha dado cuenta de que ha fallecido) es un animal vivísimo, maleable, adiposo, abierto, creciente y, hasta donde la vista alcanza, inmortal: podrá haber lenguas muertas pero la muerte de todas ellas es inconcebible mientras dos personas sostengan una conversación y mientras existan sus gloriosos contenedores: los libros. Hablar es soplarle vida a nuestras lenguas, y escribir es fijar esa vida en un soporte: cuando la RAE limpia, lo que está haciendo es perfeccionar el uso de nuestras herramientas verbales; cuando fija, es como si patentara dichas herramientas; y cuando da esplendor (tal vez la más hermosa de sus tareas) es porque reconoce y promueve a los más grandes artistas que han sabido manipular nuestra lengua hasta llevarla a alturas nunca antes alcanzadas.

No nos asustemos con el término “manipular”: a la lengua hay que exprimirla, jugar con ella, torturarla un poco, echarla a andar para que otorgue lo mejor de sí (“chillen, putas”, le ordenaba Octavio Paz a las palabras). Todos los grandes creadores lo saben: el pacto con la lengua es entregarse todo, con la espada de la creatividad y el riesgo totalmente desenvainada, y avanzar a mandoble limpio. La escritura, pero la buena de veras, modifica al habla, así como el habla modifica siempre a la buena escritura: esta doble influencia es constantemente observada por los miembros de la Real Academia para limpiar, fijar y dar esplendor a esa arcilla con la que los hablantes y los escritores trabajan. Dicha dinámica ha generado grandísimas obras, siendo la principal Don Quijote de la Mancha, esa fiesta perpetua de la lengua española.

En 2004, coincidiendo justamente con la celebración del cuarto centenario de la publicación de la primera parte del Quijote, la RAE inició un proyecto de edición de grandes obras de la literatura en español. Concebida como una línea de ediciones conmemorativas ocasionales de los grandes clásicos hispánicos de todos los tiempos, dichas obras son publicadas y distribuidas en todo el mundo de habla hispana por Penguin Random House Grupo Editorial bajo su sello Alfaguara. Así, la institución encargada de cuidar y mantener viva a la lengua se une a una de las editoriales literarias más prestigiosas del idioma para crear (sí: crear) libros únicos en su belleza y contenido para los lectores en español de todo el mundo.

Al día de hoy, además de la obra cumbre de Cervantes, la alianza Alfaguara-RAE ha publicado las obras cumbre de Pablo Neruda, Gabriela Mistral, Mario Vargas Llosa, Rubén Darío, Camilo José Cela, Jorge Luis Borges, Augusto Roa Bastos, Gabriel García Márquez y Carlos Fuentes. ¡Qué mejor complicidad que la del árbitro y los jugadores! Estas ediciones apuestan a lo más alto (y no podía ser de otra forma): a ser libros definitivos, cuidadísimos, bellos y ligeros para todos los lectores de la lengua. No dudo en afirmar que el objetivo se ha logrado, y que en toda casa debería haber estas ediciones de nuestros clásicos. El esplendor está dado: que vengan los lectores a confirmarlo.

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