David Foster Wallace, un entretenimiento de lo más extraño

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—Discúlpame si balbuceo mucho.

—No te preocupes, lo estás haciendo bien —responde Charlie Rose, su entrevistador.

Las preguntas son sencillas, pero David Foster Wallace las sufre, gesticula, se corrige. Probablemente esté sudando, pero para eso lleva puesto un paliacate sobre su cabeza. La última pregunta que responde la termina con una mueca de arrepentimiento. El entrevistador continúa.

—¿Te gustó Lost Highway?

Es 1997, Wallace acaba de publicar Algo supuestamente divertido que nunca volvería a hacer y un año antes La broma infinta. Uno de los ensayos que componen el primero se llama David Lynch Keeps His Head y habla sobre la última película (Lost Highway) del director.

—No vi Lost Highway. Vi la toma provisoria de Lost Highway, o escenas. Me permitieron entrar y sentarme en la que creo que era la silla personal de David Lynch y observé por la pantalla de la cámara. Fue lo mejor que me pasó en la vida. Pero estuve de gira, y aunque pasé por grandes ciudades todavía no la he visto en el cine. Estoy un poco asustado porque en gran medida el ensayo habla sobre de qué va la película. Y si en realidad la película no tiene nada que ver con eso voy a parecer…

Un chico listo. Es lo que era. O lo suficientemente pedante como para publicar un artículo de una película que no vio, confesarlo y salir bien librado.

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Antes de colgarse de un árbol el 12 de septiembre del 2008 en el patio de su casa en Claremont, California, David Foster Wallace convenció a su esposa de dejar la casa. “Uno no va al quiropráctico si está pensando en suicidarse”, le dijo, como había hecho esa mañana, y entonces ella tomó las llaves del carro y salió. Poco después, él escribió una carta, se amarró la soga al cuello y se suicidó.

Antes de eso, en realidad, el Foster Wallace más joven se había encerrado en un carro en forma de balsa de Caronte, había conectado el escape a la cabina y había esperado que el monóxido de carbono con el que están saturadas las grandes ciudades se amontonara en sus pulmones. Pero ese día no cruzaría el Aqueronte.

Antes, años antes de eso, durante la cena de Nochebuena de uno de sus últimos años de adolescente, mientras su familia compartía el pan y escuchaban las habitualmente tristes canciones de Navidad, DFW se desnudó, se metió a la tina medianamente llena de agua tibia y jaló consigo tres mil (o sea, muchos) aparatos eléctricos que había preparado para la ocasión esperando que la descarga le tostara algo más que los testículos. Pero las cosas se volvieron un poco más complicadas que eso cuando solamente algunos de los electrodomésticos estaban conectados y lo más que logró fue que se fundieran los fusibles de la casa y, sí, se le tostaran los testículos.

Fue ese día del “ridículo incidente” en que los destellos lapislázuli que emanaban entre el metal, su cuerpo y el agua, alumbrando el cuarto de baño mientras su familia atestiguaba con asombro, le dieron a Foster Wallace su pase de abordaje al planeta Trilafon.

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Por supuesto, déjenme explicarme. Estoy intentando hacer una reseña del libro David Foster Wallace Portátil, que es ese tipo de libros antología con textos ya publicados y que ayuda a engrosar las listas de títulos nuevos que cada sello editorial se propone cada año, además de funcionar más o menos bien en términos económicos para las editoriales —los herederos tampoco se quejarán, por supuesto— y mantener en la memoria colectiva a quien hace años fue una apuesta editorial pero ahora ha pasado al poco visitado stand de los consagrados. Esta selección tiene el maquiavélico buen tino de no integrar el libro insignia del autor, La broma infinita (1996, más de mil páginas), ya sea para no quitarle lectores al menos ignorado de los libros del autor, o para no hacer más ancha esta compilación de casi setecientas páginas de lo esencial.

Incluye también —no es que nos lo debieran— una miscelánea de textos que en el ramo editorial deberíamos empezar a llamar condimentos para un recalentado, y que básicamente consiste en textos al final de las secciones de autores de lo más variado, que van desde el kilométrico Rodrigo Fresán; la reconocida periodista Leila Gerreiro; el polémico Alberto Fuguet; o Andrés Calamaro, quien le compone una balada.

En realidad, lo tremendamente interesante es que este libro ha salido acompañado o es causa del segundo aire que la figura de Wallace ha empezado a levantar en el mercado de habla hispana, en gran medida por el realmente importante segundo aire que el autor está teniendo en otros mercados más opulentos y competitivos, y de donde surgió la idea original de publicar la antología David Foster Wallace Reader (2014).

Destaca, sobre todo, El planeta Trilafon y su ubicación respecto a Lo Malo (1984), que es un texto autobiográfico de lo más interesante, recién traducido al español, y que publicó a los 22 años en una revista donde habrán pensado que qué buena pluma tiene este chaval para hablar de cosas ficticias, pero que en realidad anunciaba las razones de su muerte unos 24 años antes. La depresión “es como estar bajo el agua, sin aire fresco y sin libertad de movimientos”. Solamente por este relato de no más de 30 páginas vale la pena comprar el libro entero, aunque en realidad está gratis (el relato) en epub, cortesía de la editorial.

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“Es sábado, 18 de marzo, y estoy sentado en la cafetería abarrotada del aeropuerto Fort Lauderdale, matando las cuatro horas que separan el momento de bajar del crucero de la salida de mi vuelo a Chicago […] He visto playas de sacarosa y aguas de un azul muy brillante. He visto un traje informal completamente rojo con solapas envesé. He notado el olor de la loción de bronceado extendida sobre diez mil kilos de carne caliente. […] He bailado la conga.”

Es la primavera de 1996. DFW ha pasado siete noches en un crucero para escribir un artículo sobre el estilo de vida caribeño que terminará por llamarse Algo supuestamente divertido que nunca volveré a hacer. Como no sabe cómo empezar, o tal vez porque sabe que lo que escribe no es sobre un paseo, decide parodiar a Ginsberg. “He visto barcos inmensos. He visto la costa norte de Jamaica. He oído a americanos adultos preguntar en el mostrador de Atención al Pasajero si hay que mojarse para bucear.”

Siete días antes, DFW escucha desde un teléfono satelital al editor de la revista Harper’s decirle “que no me preocupe, que lo único que quieren es una especie de gigantesca postal basada en mi experiencia”. Confundido, sudando el calor de una Florida que no se parece a su California, DFW comienza a distinguir los diferentes tonos de azul del mar y el cielo como un esquimal con la gama de blancos níveos. Sigue sudando; distingue más colores. “No es casual que todos [los barcos] sean tan blancos y limpios, porque está claro que representan el triunfo calvinista del capital y la industria sobre la putrefacción primaria del mar.” Lo que debería ser una lectura de revista termina como un mordaz ensayo sobre la sociedad de consumo, la publicidad engañosa y el temor de ser parte de la única especie de bovino carnívoro que se conoce en el mundo.

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Déjenme empezar de nuevo. Estoy intentando hacer una reseña del libro David Foster Wallace Portátil, lo cual es bastante complicado por varias razones, de las cuales puedo enumerar al menos tres. La primera es que no debería escribir algo más allá de una cuartilla y media; debería ser conciso y coloquial para hablar de este hombre que no sentía menor remordimiento por enviar un reportaje de cien cuartillas a una revista, ni ponerle 137 notas al pie de página. Habría entonces que ser generoso con las palabras, no dejar de tejer un relato o un análisis, porque Foster Wallace es ese tipo de persona que habla mucho, que se interrumpe o se enmienda en su propio argumento. Las palabras son el estaño con que se suelda una realidad fragmentada y la abundancia es requisito.

La segunda razón es que, bueno, la obra de DFW tiene el efecto hipnotizante de los grandes autores que lo hacen a uno como lector querer pasar por acto reflejo de la cómoda tumbona a la hoja en blanco, y uno puede sentir que se impregna del estilo como el acento se impregna en quien pasa una temporada en una región lejana. Pero sucede que no es el estilo lo que convence, sino su falta de hipocresía, o algo así como un sentido moral de la literatura. “Eso está muy mal. Y voy a explicar por qué está tan mal. No importa que les haga honor o no, se supone que la obligación fundamental de un ensayo tiene que ser para con el lector.”

La última razón que me lo complica todo un poco más es que si bien DFW leía poco a sus críticos, le parecía que los que mejor lo calificaban eran los que menos parecían haber entendido el libro. Un lector satisfecho era para Wallace, por decir lo menos, un mal lector.

Yo he quedado maravillado.

***

—¿Qué te genera leer todo esto? —continúa Charlie Rose en la entrevista de 1997— “Newsweek «Verdaderamente extraordinario. Qué entretenimiento más extraño es leer La broma infinita»; NYT: «Divertidísimo. Deja a DFW como uno de los talentos más importantes de su generación. Un escritor talentoso que al parecer puede llegar a donde se lo proponga». Eso es lo que yo pienso. Oigo un cerebro trabajando ahí. ¿A dónde quieres llegar?

—Creo que no explotar sería un buen comienzo.

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