David Foster Wallace

Nació en Ithaca, Nueva York, el 21 de febrero de 1962. Hijo de hijo de James Donald Wallace y Sally Foster Wallace, ambos profesores universitarios. Estudió en el Amherst College, donde se licenció en inglés y filosofía, especializándose en lógica y matemáticas. A los 25 años, se graduó de la licenciatura en Lengua Inglesa con dos trabajos de tesis: primero, un ensayo académico titulado El ‘fatalismo’ de Richard Taylor y la semántica de modalidad física, y, segundo, una novela titulada La escoba del sistema, que se publicó hasta 1985, con un gran recibimiento por parte de la crítica. La broma infinita, su novela más reconocida, se publicó en 1996. Gracias a su extensión, la variada mezcla de géneros y temas, es calificada, al mismo tiempo, como novela posmoderna, novela existencialista, ciencia-ficción, etc. La revista Time la consideró como una de las mejores 100 novelas en lengua inglesa de 1923 a 2005.

En su trabajo se aprecia la crítica y examen de la posmodernidad, así como de una realidad mediatizada por los emporios televisivos y la tecnología. Novelista, cuentista y ensayista, se le ha considerado como “el mejor cronista del malestar de la sociedad norteamericana”. Su obra apareció publicada en revistas como The New Yorker, Rolling Stone, Harper’s Bazaar, Playboy o The Paris Review. Varias de sus obras también se publicaron en español, como sus libros de relatos La niña del pelo raro, Entrevistas breves con hombres repulsivos, y Extinción; así como sus colecciones de ensayos, Algo supuestamente divertido que nunca volveré a hacer y Hablemos de langostas. En 1997, fue galardonado con el MacArthur Fellowship Award, así como el Aga Khan Prize for Fiction, concedido por los editores de The Paris Review. David Foster Wallace se suicidó el 12 de septiembre de 2008, a la edad de 46 años.

En una entrevista a El País sobre La broma infinita, dijo:

“Escribir algo tan extenso es una experiencia muy extraña. En teoría de la información es tan importante eliminar datos como antes lo fue adquirirlos. Cuando llegó a manos de los lectores, decidí borrar el disco duro de mi cerebro, por decirlo de alguna manera. Supuse que tal vez despertaría un interés moderado en un público lector de corte serio. No estaba preparado para la recepción que tuvo por parte de un público tan amplio. Supongo que cuenta algo el hecho de que le prestó atención a una serie de elementos que normalmente no encuentran cabida en las formas de ficción convencionales. En parte yo quería propiciar un flujo libre lleno de fuerza, más que proporcionar dosis discretas de información eficaz. Técnicamente, se hacía imperativo emplear una multiplicidad de perspectivas. Yo creo que hay muchas partes del libro en que la escritura refleja más la textura del pensamiento que la del lenguaje discursivo. Digo esto con cautela, porque seguramente si yo oyera a un autor decir algo así de su libro, se me quitarían las ganas de leerlo. Por otra parte, la novela salió en un momento en que se publicaba casi exclusivamente literatura tradicional de corte realista o metaficción posmoderna… y mi libro se planteaba como una alternativa al imperio de esas dos tendencias. Con La broma infinita me proponía encontrar una tercera vía, combinando los logros técnicos del posmodernismo con la emoción asociada al realismo, sin la que no puede haber buena literatura”.

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