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De cómo la escritura de una novela pasa por un matrimonio del cielo y el infierno
Adriana Díaz Enciso comment 3 Comentarios access_time 5 min de lectura

Empecé a escribir esta novela hace veintiún años. La idea inicial era más bien una pregunta: ¿cuál es el significado del dolor humano? Esta pregunta (muy poco original) me llevó a otras que también nos hemos hecho desde siempre: si tal significado existe, ¿es trascendente? ¿Existe redención para el caudal infinito del sufrimiento de los hombres?

No sé de dónde surgió el personaje de Cristina, una niña que crece en un internado para huérfanos (aunque tiene padres), capaz de atravesar la frontera entre el mundo tangible y el reino espiritual. Lo que sí estaba claro desde el principio era que Cristina sería la encarnación de Enitharmon, uno de los personajes centrales en la cosmogonía de William Blake, y que la novela estaría habitada por los personajes de esos complejos y exaltados poemas ilustrados suyos que conocemos como los Poemas Proféticos.

¿Por qué Blake? Esa otra pregunta me venía acompañando desde mi adolescencia. Mi descubrimiento de su poesía, allá por 1982, me deslumbró tanto que no podía ni entenderla. Incluso sus textos en apariencia más sencillos, como los Cantos de Inocencia y Experiencia, apuntaban a un universo poético mucho más sutil y, a la vez, desbordado, de lo que parecía en una primera lectura. Su Matrimonio del cielo y el infierno me conquistó por motivos más bien obvios (estaba en mi etapa maldororiana, que fue de larga duración), pero los Poemas Proféticos me dejaban sin aire: exaltada y frustrada a la vez, porque sabía que encerraban todo un universo, pero su puerta me estaba cerrada. Lo estuvo por muchos años. Y un arduo proceso de relectura y, a veces, obcecación, me entregó al fin lo que parecía una llave, quince años después.

William Blake

Esa llave fue la idea de mi novela blakeana; ahora sabía, al menos, un par de cosas: que los Poemas Proféticos desentrañan con hondura, lucidez y no poca extravagancia las raíces del sufrimiento humano, y que si había en ellos algún atisbo de redención, había que buscarlo en su enunciación de la compasión y la belleza.

Los primeros capítulos de la novela fueron tentativas más bien inseguras de una historia. Hasta entonces, el libro incipiente era sólo “una novela”. Pero en diciembre de 1997 tuvo lugar la masacre de Acteal. Creo que a muchos ese acto de incomprensible atrocidad, independientemente de su más que clara motivación política, nos sacudió como la culminación del horror en el desgarrado tejido social mexicano (no podíamos imaginar entonces todo lo que habría de seguir). La vacuidad última del crimen, su barbarie, su maldad estúpida, bestial y desatada a muchos nos quitó la inocencia. Un día simplemente supe que mi novela blakeana hablaría justo de esa abominación; que sus personajes también se preguntarían por qué, para qué, y cómo puede encontrarse una luz, por débil que sea, entre tinieblas semejantes.

Poco a poco mis personajes empezaron a buscar una ciudad sagrada, donde el dolor humano sería aliviado con amor y compasión infinitos, dignificado con belleza. Esta ciudad, claro está, es Golgonooza, la ciudad sagrada de las artes y las ciencias de Blake, que es en gran medida su Londres visionario.

La novela no está ubicada en un lugar geográfico reconocible. La ciudad que habitan sus personajes tiene algunos rasgos de la Ciudad de México; otros de Londres y otros inventados, y entre sus penurias, afanes y miserias es posible asomar a la ciudad sagrada que buscan. Aunque los lectores podrán reconocer otros elementos de la cruenta historia reciente de México, esta ciudad doliente existe en otro sitio: un sitio de nuestra imaginación concebido por Blake, con el que espero haber logrado establecer un diálogo coherente.

En 1998 terminé el primer borrador de Ciudad doliente de Dios en una residencia para escritores. Pero no estaba vivo. Lo destruí, pero guardé mis notas y empecé de nuevo. Al paso de los años, destruí un segundo borrador, desesperé y dudé y volví a empezar muchas veces, hasta que, finalmente, creí terminada la novela en 2011. Volví a revisarla en el año 2013, y ahora me ha tocado confiar en la escritora que he sido durante todos esos años y dejar que la novela encuentre su camino.

William Blake era radical en todo lo que toca a su vida y a su arte, y esto incluye su interpretación del cristianismo. Los personajes de Ciudad doliente de Dios buscan por lo tanto el significado de la figura mística de Cristo, y de la cruz. Se debaten entre el llamado a la acción política y el llamado del espíritu, e intentan desanudar las aparentes contradicciones. Si encuentran o no la ciudad sagrada, tocará decidirlo a los lectores. En todo caso, yo espero que esta novela honre en su humilde medida la convicción de Blake de que “la Imaginación no es un estado: es la existencia humana misma”.

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  1. Esto suena sumamente interesante. Blake sufrió toda su vida esa soledad y escarnio que sufren los auténticos profetas, y murió tan pobre y quebrantado como muchos de ellos. Su gráfica y su poesía echan llamaradas de tanta luz que contienen. Será fascinante ver cómo la autora vincula a este gran visionario inglés con la amarga historia del México contemporáneo.