Del futbol y su contagio

Llegué tarde al futbol. Lo descubrí a los 32 años, para cualquier mexicano común, eso es demasiado tarde por el furor religioso que el futbol representa en el país. Fue por contagio. La fiebre del Mundial de Francia estaba en su apogeo y entonces de pronto sucedió: el virus prendió y se extendió por toda mi cordura. Aclaro que antes solía ver uno que otro partido exclusivamente de los mundiales, donde invariablemente le iba a Brasil, por lo bonito y lucidor de su juego, o a Argentina, por el tango y Maradona.

Entonces, desde 1998 me volví aficionado al futbol y no tenía equipo; algo me decía que debía irle a Pumas, por aquello del alma máter, pero no seguía sus partidos ni sabía nada de sus jugadores.

Eso cambió casi de forma abrupta: debía elegir equipo en México (Pumas desde luego) y otros tantos de las ligas europeas (Arsenal, Barcelona, Bayern, Inter…); ahí comenzó todo: aprendí nombres de jugadores, inauguré bitácoras de proezas y sufrimientos, me llené de datos y estadísticas. Supe de la gloria fugaz del triunfo y de la tristeza extensísima de la derrota.

Ahí no paró todo, empecé a ir a los partidos de Pumas y alguna vez a ver al Cruz Azul (todos tenemos un amigo cruzazulino) y supe que como aficionado se debe aceptar la fatalidad, padecer los goles en contra que le asestan, uno tras otro, al arquero que defiende la camiseta de tu equipo, camiseta. Eso me pasó por igual con los equipos europeos, en especial con el Arsenal, cuando todavía alineaba Henry; pero, como dijera Galeano: “En su vida, un hombre puede cambiar de mujer, de partido político o de religión, pero no puede cambiar de equipo de futbol”.

Cuando iba a los estadios, siempre me llamó la atención ver estadios semivacíos, independientemente de que en la cancha se estuviera jugando un clásico o la liguilla, o el mejor partido del Zacatepec vs Necaxa. ¿Qué pasaba? Veía por televisión los estadios a reventar de Argentina o Brasil, viendo a sus clubes y más cuando jugaba su selección. Recuerdo una vez haber escuchado a Juan Villoro decir lo difícil que fue tratar de explicarle a un argentino, con quien había ido a ver un partido en México, que el estadio estuviera vacío, que no fuera gente a las gradas a apoyar a su equipo, que prefiriera verlo por tele. Nunca le encontré explicación a eso, pues va más allá de la esencia del futbol o de cualquier deporte.

Conocí por igual la mayor de las paradojas del futbol: saber que los (tus) ídolos yerran más de lo esperado, que frecuentemente esos tiros, aparentemente sencillos, que se llaman penales son designios del oráculo y de la diosa fortuna. Aunque en el caso de México, históricamente su selección posee el nada agradable record de penales fallados, destino cruel que le depara alguna divinidad no redonda, como bien nombró al balón Juan Villoro, esa esfera mitad proteica, mitad deidad, mediática y cuasi religiosa del futbol.

Para quien de una u otra forma vive en el mundo de las letras, es inevitable encontrar colindancias literarias, es más, uno las busca como aire que respirar. Por ejemplo, Bioy Casares, en su novela Diario de la guerra del cerdo, definió de forma involuntaria el sino del aficionado mexicano: “la mejor forma de adquirir un temple ante la adversidad es ser hincha de un club perdedor”.

Entonces cayeron en mis manos libros y dichos, frases y anécdotas de futbol de personajes variopintos, artistas, músicos, poetas y escritores, apasionados todos por el dios redondo: Marías, Galeano, Benedetti, Pasolini, Rushdie, Orwell, Alberti, Bioy Casares, Cela, y de futbolistas que devienen escritores: Cruyff, Menotti, Valdano. En el caso de Camus y Nabokov, ambos jugadores, mantuvieron lejos de su literatura el balón, como buenos porteros que fueron. Me sentí cobijado.

A los escritores apasionados por el futbol se les llega a etiquetar, a verlos con cierto desdén, como apestados (contagiados diría yo), degradados del gusto y la inspiración literaria. ¿Acaso el hecho de gozar, de emocionarse por un fenómeno que concita a millones alrededor del espectáculo es algo banal? ¿No se puede contagiar un escritor por el gusto del futbol? Suscribo el apunte de Vinicius de Moraes, quien sólo acepta, categórico, dos excusas para rechazar la samba o el futbol: estar enfermo de un pie o mal de la cabeza.

Si para Javier Marías el futbol es la “recuperación semanal de la infancia”, para mí, que no veía futbol de niño, el futbol es la recuperación de ese despertar de 1998, de una alborada que significó conocer el futbol a mis treinta y tantos años, donde sigo esperando que haya un buen encuentro, donde ocurra el milagro del buen futbol, donde en la cancha se dejen todos los argumentos del juego y las polémicas de conventillo se vayan fuera, con los cronistas rabiosos y furibundos que parecen no disfrutar de lo que ven sino sólo de lo que comentan.

Me queda el consuelo de haber visto dos o tres partidos memorables, de haber vivido la gambeta de Messi o de Zidane, de haber coreado el gol de ensueño, de haber alzado la copa con mi equipo. Y suscribo lo dicho por Villoro –quien como escritor ha combinado con gran solvencia la pasión de las letras con el futbol–: “Hay jugadas que en la cancha duran dos segundos y que nosotros podemos convertir en óperas de Wagner de tres horas de duración”.

Después conocí el fin de las temporadas, y con ello la melancolía: no había lugar para la alegría, ni siquiera viendo las repeticiones de partidos trepidantes, de aquellos que me sacaron gritos del subsuelo de mi vientre; no, no había nada que supliera el fervor de un partido al mediodía. Sin futbol, es como un despertar lánguido en una mañana de un domingo interminable…, donde sólo pasan repeticiones de partidos donde pierde mi equipo y me hacen burla mis amigos. Se les olvida que fue por contagio.

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