El día que Borges se sentó a charlar conmigo

Siempre me ha parecido fascinante el diálogo que se establece entre autor y lector a partir de un libro, la mayoría de las veces ese diálogo es imaginario, ya que el escritor no está literalmente platicando contigo o explicándote su obra, aunque estoy segura de que eso a más de uno nos encantaría. En 1971, en la Universidad de Columbia, un grupo de estudiantes tuvo la oportunidad de charlar con Jorge Luis Borges sobre su obra. Esas charlas se convirtieron en un libro que me hubiera encantado leer hace unos años atrás, cuando el mundo de la literatura se me presentaba apenas como una posibilidad.

En El aprendizaje del escritor, un Borges muy natural, nos habla de su trabajo cuentístico, de su poesía y del arte de la traducción. El libro se compone casi totalmente de preguntas de los estudiantes, preguntas que yo me he hecho y que seguramente tantos otros lectores también. Preguntas como ¿Por qué nunca escribió una novela? ¿Cómo sabe cuándo una anécdota puede serle útil? ¿Cree usted que es posible crear nuevas formas de escribir?

En la conferencia dedicada a la poesía, Borges es muy claro al afirmar que escribir en verso libre es mucho más complicado que en un metro medido como el soneto, a pesar de que los jóvenes que empiezan a escribir crean lo contrario. Sin embargo, afirma también que no hay necesidad de elegir una forma sobre otra, pero que sí existe una diferencia entre ellas. Y es que si uno trata de escribir, por ejemplo, un soneto, ya tiene algo de antemano, es decir, la forma dada, y el lector la reconoce; en cambio, si se intenta escribir en verso libre, todo dependerá completamente de uno.

Borges, además de hablar sobre su propio proceso de escritura trata de comunicar a los estudiantes el valor de la tradición en esta charla: “todo joven poeta se siente un Adán que nombra las cosas. Pero lo cierto es que un poeta no es Adán y que tiene una larga tradición detrás de él. Esa tradición es el lenguaje en el que escribe y la literatura que ha leído”.

Este es un libro ameno, que conserva de manera especial su origen oral, donde el ambiente de una plática casual predomina, y es que al leer este libro realmente tuve la sensación de estar dentro de esa plática, de que Borges me hablaba a mí, que respondía las preguntas que tengo o tuve alguna vez en la cabeza sobre su obra o sobre la escritura. El aprendizaje del escritor es una charla íntima que nadie debería perderse.

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