Digitalizados y apantallados

Conferencia inaugural, III simposio del libro electrónico, México, 10 septiembre 2013

I.
Ya es tradición, en las reuniones sobre los libros en México, comenzar citando las cifras aterradoras y alarmantes sobre la lectura. Seguiré con la costumbre, pero solamente como un acto ritual para pasar a otros temas. Son altísimos los porcentajes de gente que afirma que no ha leído ningún libro el año anterior. Las encuestas revelan que posiblemente el 95% de la población adulta está formada por personas que no leen o que son lectores ocasionales. Y, ciertamente, la proporción de gente que en México no lee nunca o casi nunca es mucho más alta que en los países europeos. Un excelente análisis de la lectura en México, hecho por el sociólogo Fernando Escalante Gonzalbo, llega a la conclusión de que en México hay solamente alrededor de medio millón de lectores habituales(1). Contrastada con el conjunto de la población, se trata de una minoría insignificante, por lo que Escalante concluye que los libros no tienen “casi ningún peso como forma de comunicación en el espacio público”. Sin embargo, hay que reconocer que, como muestra Escalante, una parte considerable de la población de cualquier sociedad en el mundo ni lee, ni quiere leer ni piensa que sea importante la lectura. La lectura de libros y artículos es, pues, un fenómeno relativamente minoritario y elitista. Y no obstante la lectura se ubica en el centro de la cultura moderna, pues gracias a ella se forman los cuadros indispensables que hacen funcionar a las instituciones, desde la política hasta la ciencia, la administración y las finanzas, las comunicaciones, los hospitales y los consultorios, la construcción de edificios y máquinas, y la fabricación de toda clase de bienes. Estamos ante una situación paradójica: la mayor parte de la población carece del hábito de la lectura, pero vive inmersa en una sociedad que simplemente no podría funcionar y se extinguiría sin ella.

Pero hay un segmento social que está inmerso en la lectura y que está tan acostumbrado a leer libros, diarios, revistas, y a consultar enormes bibliotecas, gigantescas bases de datos y depósitos inmensos de información a los que se accede por internet, que no siempre se detiene a pensar que se trata de memorias artificiales que funcionan como prótesis para apoyar y expandir las limitaciones de nuestra capacidad natural de almacenar información dentro de la cabeza. Se trata de memorias artificiales, redes que continúan hacia afuera las redes neuronales de los humanos. Estos circuitos externos de la memoria incluyen toda clase de textos que es posible leer: impresos,
registros (civiles, bautismales, catastrales, etc.), archivos documentales, mapas, tablas, calendarios, agendas, cronologías y las ya mencionadas bibliotecas, bases de datos e internet. La complejidad de estas prótesis que atesoran la memoria colectiva es avasalladora. Conviene que nos remontemos a sus humildes orígenes para buscar algunas de las claves de su funcionamiento.

En épocas antiguas, aunque ya se conocía la escritura, se dependía mucho de la oratoria y de la transmisión oral de conocimientos. Todo cuanto querían decir los griegos en un discurso tenían que recordarlo, y para ello acudían a la mnemónica, un conjunto de artificios que ayudaban a ampliar las capacidades naturales de la memoria. Platón veía en la escritura una amenaza para las habilidades memoriosas del alma. En el Fedro se refiere al mito del descubridor de la escritura, el dios Toth, que estaba orgulloso de que la escritura volvería a los egipcios más memoriosos. Presenta a la escritura como el “remedio para la memoria y la sabiduría”. Cuando Toth expone su descubrimiento a Thamos, rey de Egipto que vivía en Tebas, éste le dijo que, por el contrario, “la escritura producirá el olvido en las almas de los que la aprendieren, por descuidar la memoria, ya que confiados en lo escrito, producido por caracteres externos que no son parte de ellos mismos, descuidarán el uso de la memoria que tienen adentro. No has inventado, pues, un remedio para la memoria, sino uno para la reminiscencia”. Para evitar esta falsa sabiduría se podía acudir, acaso, al arte de la memoria, la mnemotecnia, cuya invención se atribuía al poeta Simónides del siglo VI a.C. El cultivo de la memoria artificial también se apoyaba en recursos externos, pero su objetivo era fijar los recuerdos en la memoria interior en lugar de almacenarlos en textos escritos. De esta manera el orador podía dar largos discursos o recitales sin necesidad de leer notas escritas.

La idea platónica de que la lectura y la escritura encierran un peligro es algo que todavía está presente en nuestra cultura moderna, aunque por supuesto adquiere nuevas formas. Es interesante comprobar que los avances que amplían a cada paso nuestra capacidad cerebral son objeto de sospecha e incluso de menosprecio. El cerebro humano se encuentra enlazado irremediablemente a una red simbólica y cultural sin la cual es incapaz de funcionar normalmente. A esta red yo la he definido como un exocerebro. Se trata de un conjunto de prótesis que realizan externamente lo que el cerebro por sí solo no puede realizar. El habla es sin duda la parte más evidente del exocerebro. Pero también forman parte de estas redes externas las formas simbólicas no discursivas, como el arte, la música y la danza, así como los mecanismos externos que amplían la memoria, como la escritura.

(1) Fernando Escalante Gonzalbo, A la sombra de los libros. Lectura, mercado y vida pública, México, 2007.

Roger Bartra

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Luis Leante 

Licenciado en Filología Clásica. Ha publicado los libros de relatos El último viaje...
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