De dioses americanos y otros demonios

—No importan que no creyeras en nosotros

— replicó el señor Ibis—.

Nosotros creímos en ti. (p.448)

Hace 16 años Neil Gaiman publicó una novela que hoy tiene más vigencia que nunca, American Gods. Los antiguos dioses provenientes de los viejos continentes deciden en un arranque de reposicionamiento místico, enfrentar a los nuevos dioses de plástico y neón como la tarjeta de crédito, internet, los teléfonos móviles y demás distractores espirituales del ser humano. Un bizarro olimpo se expande por Estados Unidos, las deidades caminan entre los white trash y van disfrazados de gente común.

Sombra, un ex-convicto que acaba de obtener su libertad condicional es el protagonista de esta historia, o al menos es el personaje que funciona como hilo conductor en una especie de road movie literaria, la narración de un viaje por carretera que se ubica en los escenarios más extraños posibles y con situaciones que están al límite de la inverosimilitud pero jamás la tocan. Hay un tejido fino que nos permite “creer” lo que estamos leyendo.

Bajo la premisa de que todas las religiones son metáforas y que son una especie de plataformas para  pararse y observar el mundo desde un particular punto de vista, Gaiman nos sumerge (es la única palabra para describir cómo entras a la fantasía escrita por el autor) en un relato insólito, que al principio, sobre todo si no eres lector del género, puede hacerte desconfiar o desistir. Justamente es Sombra, con su aparente desdén e incredulidad, el que de alguna manera no permite que abandones. Gaiman ofrece al lector una prosa bien construida con un agudo oído para el diálogo y un juego de palabras que transitan del realismo mágico inglés (no estoy segura de que exista esta categoría) a la ciencia ficción del medio oeste americano (esta tampoco).

El Sr. Miércoles encomienda a Sombra la misión de unir a estas deidades débiles y envejecidas contra el nuevo y brillante régimen de dioses tecnológicos.

En este viaje por una Norteamérica de dioses rancios, Sombra tendrá la compañía de su esposa zombi, sí, una muerta viviente que lo sigue como un macabro ángel de la guarda (sobre todo después de conocer las causas de su muerte) y que además deja un rastro de lodo panteonero por donde camina. A estas alturas, ya nada separa a vivos y muertos; esta situación lo prepara para la guerra entre lo místico y lo terrenal.

Sombra reconoce que los tiempos que corren no son los mejores para las deidades milenarias y cae en cuenta de que los antiguos dioses son ignorados con facilidad y que los nuevos son adoptados con la misma rapidez con la que se abandonan. O peor aún, son reemplazado por el siguiente One hit wonder, ese pensamiento crítico que lo lleva a reevaluar sus creencias lo convierten en pieza fundamental.  

Gaiman busca mantener lo mágico y lo mundano equilibrado; las mitologías mueren, las creencias y la fe se desvanecen, pero el interés del autor está en los protagonistas humanos que trajeron a estos dioses cuando llegaron a la tierra de la gran promesa. Odín, Loki, Ibis, Anansi y Kali fueron transportados al nuevo continente a través de las creencias de los inmigrantes y que de manera inconsciente enfrentan a los nuevos dioses que han surgido para reemplazarlos.

Ésta es una lectura excéntrica, acérquese a ella quien esté libre de prejuicios. Y por favor, lea el libro antes de ver la serie.

Por cierto, Sombra también se topa con Jesucristo; pero sucede fuera de American Gods, en un apéndice por allá de la página 547.

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