El arrabal de las similitudes tristes

Hace unos meses cierto muchacho me escribió una carta en la que me felicitaba por mi cumpleaños. En ella me decía: “todos fuimos niños, pero no todos seremos ancianos”, una enunciación poco ortodoxa para el momento, pero no menos cierta y aguda. Al día siguiente llegó a mis manos Chicas muertas, cuya narrativa me absorbió y al mismo tiempo precipitó un par de recuerdos vinculados con el tema y con las líneas de esa epístola.    Conforme avanzaba en la novela mi memoria reconstruía con mayor nitidez aquellos episodios que había abandonado hace muchos años y que, a pesar de los recurrentes casos de violencia de género de la actualidad, no habían emergido ni por casualidad.

El primero fue de mi último año de secundaria. Era la víspera de mi graduación. Mi madre había ido a La Parisina a comprar la tela para confeccionar mi vestido, un modelo muy feo que había impuesto la directora de la escuela. Aquella tarde se encontró con una amiga suya a quien le había perdido la pista durante años. En cuanto vio a mi madre, la señora rompió en llanto mientras le contaba entre sollozos: “Me la mataron, me mataron a mi niña”. Su hija se había casado por segunda vez y se había mudado con la nueva familia al rancho de su esposo, en las afueras de Texcoco. La violencia del marido, el distanciamiento con su familia y la creciente depresión de la muchacha la habían encaminado a un irremediable alcoholismo. Una noche, la mamá de la joven recibió una llamada: se había suicidado de un tiro en la cabeza. Ésa fue la declaración que dio el hombre; la farsa estaba montada y los peritos corrompidos. Una vez más la justicia permaneció ausente. La madre estaba segura de que ese testimonio era falso y que el viudo, orgulloso, la había asesinado. La familia intentó investigar el siniestro, pero el caso se cerró tan pronto como el dinero llegó al bolsillo de los funcionarios, incluyendo al juez, quien dio carpetazo al expediente y lo apiló en los archiveros de la impunidad.

El segundo recuerdo que se atizó fue de mis años en la preparatoria. Durante esa época frecuentaba mucho a mis amigas de secundaria, éramos una tríada inseparable. Una de ellas tenía un novio que no nos simpatizaba por completo; no obstante callamos nuestro desagrado por temor a perder la amistad con ella. Una tarde nos mandó un mensaje de texto cuyo trasfondo y premura nos perturbó: estaba en casa bajo custodia por sospecha de asesinato. Nos enteramos de que su dilecto llevaba meses engañándola con otra muchacha y que, por un secreto a voces, se había enterado de que la chica en discordia estaba embarazada. Mi amiga no dudó en terminar su relación con aquel adolescente, quien le rogó durante varios días que regresara con él. Pasaron las semanas, y una tarde los compañeros de dormitorio del muchacho encontraron en el armario el cuerpo inerte de la joven encinta, envuelto en una sábana. Inmediatamente las sospechas e investigaciones apuntaron como presunto asesino al exnovio, y como segunda en cuestión a mi amiga. El homicida no tardó en huir del pueblo; se escabulló con gran facilidad gracias a la ayuda de un maestro endeble. No se volvió a saber más del prófugo y el asesinato cayó en el olvido.

Los casos de feminicidio son similares en todos lados: las muchachas, en especial las de posición socioeconómica vulnerable, son los blancos predilectos de la violencia desenfrenada de sus victimarios. Así, la realidad, más inverosímil que la ficción, se concentra en la prosa de Selva Almada en Chicas muertas para dar voz a Sarita, María Luisa, Andrea y un par de chicas más cuyos nombres se quedaron en el anonimato del arrabal o de la morgue.

Cada historia, anécdota y testimonio se materializa en diálogos coloquiales de la región y se intercalacon la polifonía de las muchachas ausentes.

Me queda un hálito de impotencia por la atrocidad de las historias, por la naturalidad con la que asumimos cada asesinato: violencia diluida en la cotidianidad. Pareciera que protegernos en el olvido aligera el problema, porque acumularlo hasta el hartazgo es muy cansado para las consciencias…

Diez años después me doy cuenta de que el miedo y la indiferencia no nos salvan del odio ni nos eximen de la tragedia.

 

 

Chicas Muertas, Selva Almada, Literatura Random House, 2015.

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