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El cruce de dos soledades
Alberto Mclean comment Un comentario access_time 3 min de lectura

Como suele pasar con las buenas historias, es decir, los buenos libros, El cielo es azul, la tierra blanca llegó a mis manos gracias a la generosidad de la diosa fortuna, luego de un largo banquete de novelas policiacas que me tenían literalmente prisionero.

Así conocí la historia de Tsukiko y Harutsuna, el maestro, cuyo amor se nos va presentando con sutileza en envoltorios cotidianos de sus vidas, poco a poco se va hilvanando y floreciendo en cada encuentro, sea en una taberna o en un simple paseo para coger setas. Y así como va entretejiéndose ese amor, se evanesce hasta perder incluso la certeza de lo vivido, como un soplo o un vago recuerdo, como suele ocurrir en las verdaderas historias de amor.

A partir del primer encuentro, en el propicio escenario de la taberna de Satoru, y casi sin darse cuenta, las reuniones se van dando de forma azarosa, donde, bajo el reino de la casualidad, se unen a beber sake o cerveza o bien compartir algún platillo, como si el pretexto fuera lo de menos, porque de fondo siempre palpita el amor, desde el terreno banal de decir “salud” hasta un sublime haikú hecho entre Tsukiko y el maestro.

Y el tiempo de los personajes se mide en estaciones, no climáticas sino de encuentros donde se atisba un amor, fundido con el paisaje y con cada pasaje de la historia. Y como lectores queremos adivinar, en alguno de esos encuentros, la caricia velada, el beso que redima a los amantes, que los vuelva mortales…, pero sabemos también que eso nunca ocurrirá, porque la sola posibilidad del amor parece suficiente para ambos. Y aman las cosas que los rodean, la taberna, el bosque, las setas, beber, comer, caminar,… y desde luego sus ausencias.

A lo largo de la novela los símbolos van rodeando a esas dos soledades: es en una isla donde se encuentran a solas por primera vez, Tsukiko y el maestro beben y caminan casi sin decir nada, sin mirarse, y entre ambos crece una fragilidad que nos perturba, que nos devuelve a las entrañas de la tierra misma. Es como la perplejidad de un paseante ante las montañas nevadas: ahí están frente a nuestros ojos, fijas, y nos embelezan y fascinan, pero sabemos que no podemos asirlas.

Y de algún modo, Tsukiko trata de desprenderse del maestro, salirse de sí. Intenta una relación con Takashi, antiguo compañero de escuela, como si eso, verse en ese otro espejo, le pudiera devolver la verdadera imagen del hombre amado: el maestro, etéreo y locamente vivo en su memoria.

El cielo es azul, la tierra blanca me hizo rememorar a Mishima en el El marino que perdió la gracia del mar, es así que Hiromi Kawakami logra plasmar, de forma sutil y bella, algunos elementos que comparte la literatura japonesa: sencillez para narrar lo profundo, la naturaleza siempre presente, los cerezos, los placeres sutiles, el amor y su imposibildiad, como en La casa de las bellas durmientes de Kawabata, o el silencio como en El gato que venía del cielo o El pabellón de oro.

Hiromi Kawakami irrumpió en mi vida, como lo han hecho otros autores, para convertirse en una de mis preferidas; ansío tener en mis manos su siguiente obra.

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