El día en que Umberto Eco dejó de creer

«La perspectiva laica no fue para mí una herencia absorbida
pasivamente, sino el fruto, demasiado doloroso, de una
larga y lenta mutación»
Umberto Eco

Asegurar que el diálogo entre un religioso y un no creyente es inverosímil sería anular a cualquiera de los dos como interlocutores aptos no sólo para exponer sus ideas, sino para recibir argumentos aparentemente ajenos a los suyos.

Encuentros entre hombres o mujeres de religión y ciencia hay pocos, pero los hay. Como ejemplo existe ¿En qué creen los que no creen?, un texto por demás seductor para cualquiera que decida ser espectador en un cuadrilátero de ideas frente al sentido de lo religioso en el mundo contemporáneo. Es un debate entre Umberto Eco, escritor y académico italiano, y Carlo María Martini, el entonces arzobispo de Milán y estudioso del cristianismo.

El libro consta de ocho cartas intercaladas, escritas entre marzo de 1995 y enero de 1996. Casi un año de intercambios racionales −aquí hay una muestra de que la religión también puede ser racional− sobre los puntos de coincidencia y disidencia en torno a la fe, la ética y la Esperanza, esta última como un sentido de la historia frente a la entonces llegada del año 2000.

Umberto Eco habla desde la perspectiva de un no creyente, no como un representante de los mismos sino como un pensador responsable de la laicidad en una Italia religiosamente politizada. Sus posturas no tratan de demostrar la inexistencia de Dios, pues, en sus mismos términos, no ve cómo alguien pueda probarlo. Por el contrario, se inscribe en el debate para reconocer los arquetipos morales que dan sentido a muchas vidas, mientras cuestiona que con los mismos se quitan otras tantas.

El escritor italiano entiende a la religión como una evidencia de la capacidad simbólica de los seres humanos. Para ello propone un ejercicio reflexivo con el fin de modificar ciertos enunciados aparentemente dados por hecho, y así entender cómo se construye –o construyó− la realidad: ¿Y si Jesús hubiera encarnado en Japón?, ¿y si Dios hubiera sido mujer? Para él, esto hubiera cambiado lo que hoy piensan los creyentes, y sobre todo los no creyentes.

Por su parte, Martini acepta ser un hombre moderado en su fe durante sus respuestas, pues es consciente de que un público lo escucha no como una autoridad institucional, sino como un ser libre, testigo de las mismas dudas que arrojan la fe en su actuar. Reconoce que la Iglesia celebra los misterios, por lo que pone en ventaja a los creyentes y cuestiona cómo hacen los no creyentes para construir certezas y de dónde toman referentes de ética para dar pauta a sus ideas del bien.

El arzobispo responde desde principios éticos “laicos” que, para él, parten del mismo sentido fundacional del bien. Más allá de dar una respuesta clara, pone sobre la mesa los fundamentos de la moral. Mientras tanto, para Eco esto depende de una empatía sui generis del ser humano por el Otro, es decir, parte del respeto a su cuerpo y sus emociones; en contra de sus constricciones, agresiones o la limitación a sus libertades.

Este libro recuerda que los debates no se ganan ni se pierden; su función es hacer que cada participante dé los mejores argumentos para un público que, como Fernando del Paso[1], sienten empatía por las preguntas y las afrontan. Por ello, el escritor mexicano invierte una de ellas para esbozar una nueva explicación de la historia de las religiones: ¿En qué creen los que creen?

[1] Fernando del Paso introduce su libro Bajo la sombra de la historia. Ensayos sobre el islam y el judaísmo (FCE: 2011), citando el encuentro entre estos dos pensadores italianos.

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