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El final del Apocalipsis
K. Jemisin explora esta paradoja en la trilogía La Tierra Fragmentada, de la cual La quinta estación es la primera novela
David Velázquez comment 0 Comentarios access_time 5 min de lectura

Vivimos obsesionados con el fin del mundo. La guerra, la contaminación, la sobrepoblación, las enfermedades o los misterios del universo son sólo algunos escenarios que animan nuestra fantasía a imaginar la extinción de nuestra especie, y hasta el del planeta como lo conocemos, y hay numerosas historias que imaginan estos posibles destinos. En casi todos esos relatos, usualmente la salvación llega con la cooperación y la tolerancia a las diferencias. Y a pesar de todo, cuando pasa en la realidad una tragedia de magnitud estrepitosa, cuando deberíamos mostrar nuestro lado más humano, seguimos optando por pasar encima del otro si eso asegura nuestra propia sobrevivencia.

K. Jemisin explora esta paradoja en la trilogía La Tierra Fragmentada, de la cual La quinta estación es la primera novela. La historia comienza por situarnos en una posición irremediable: en cuanto pisamos La Quietud, el único continente sobre un planeta geológicamente inestable, la tierra se abre con estrépito, anunciando una nueva “estación”, una temporada caracterizada por una agitada actividad sísmica. Las ruinas dispersas por todo el continente atestiguan que estos sucesos han ocurrido cada tantos siglos, lo que se ha interpretado como una afrenta del Padre Tierra hacia sus hijos. Por fortuna, aunque la mayor parte de las sociedades que habitaron el planeta hoy están extintas, algunos fragmentos de su sabiduría han quedado expresados en la piedra: los llamados litoacervos son las únicas pistas con las que se cuenta para resistir estos eventos. Sin embargo, aún con esta asistencia, hay algo extraño en la magnitud destructiva de esta estación.

La única esperanza para resistir los embates del Padre Tierra (que asemeja más a un Saturno ansioso por devorar a sus hijos que a una Pacha Mama amorosa y proveedora) es un pequeño grupo de personas con la capacidad de detener y desviar los movimientos telúricos, concentrando o dispersando la energía cinética de la tierra: los llamados orogenes. La orogenia puede ser una capacidad benéfica con el entrenamiento adecuado, pero absolutamente peligrosa si no hay la preparación adecuada o si se pierde el control ante una crisis.

Las tres protagonistas de la historia son poseedoras de esta habilidad, y todas ven su mundo interior derrumbarse al tiempo que la geografía se deteriora, aunque por razones muy distintas: Nessun, una mujer madura, ha vivido segregada por ser orogen y acaba de descubrir que su esposo ha asesinado a su hijo pequeño y raptado a su hija mayor para después huir; Damaya, una niña pequeña, es rechazada por su familia y enviada lejos luego de descubrir que es una “orograta”, como llaman despectivamente a estas personas; Siena, Sienita, una joven orogen al servicio del imperio, es enviada a una misión que le revelará oscuros secretos sobre el verdadero propósito del entrenamiento que ha recibido.

Jemisin ha construido una historia fantástica fascinante, que enfrenta a estas tres mujeres contra la naturaleza, contra sus semejantes y contra sí mismas en un escenario donde la opresión, la segregación y el miedo, junto a otras facetas oscuras de la humanidad, cobran protagonismo. No es una historia optimista, pero precisamente por ello cobra tanta relevancia en un mundo donde el Apocalipsis parece cada vez más cerca, y en el que la empatía y la compasión serán capacidades clave para la sobrevivencia de todos nosotros.

Los méritos narrativos de Jemisin son indiscutibles, mas no son la única razón por la que esta novela merece atención. Resulta notable que una historia como ésta –con una fuerte denuncia a la discriminación racial y la xenofobia, y protagonizada por tres potentes personajes femeninos de edades muy distintas– haya resultado ganadora del Premio Hugo a la mejor novela en 2016, pues esta distinción, la más importante del mundo en narrativa de ciencia ficción y fantasía, ha sido dominada históricamente por varones de tez clara, cuyos protagonistas suelen tener las mismas características, y Jemisin ha sido la primera mujer afrodescendiente en conseguir el cohete de plata que se entrega como trofeo. Aunque la deliberación no estuvo exenta de polémicas, es grato que se premie a una historia que sale del canon para expresar las inquietudes políticas no sólo de su autora, sino de una generación que ve los resabios de la esclavitud y el machismo con ojos cada vez más juiciosos, pues esto permite visibilizar estos temas desde una óptica fresca y honesta, e inspira a la nueva generación de narradores a reformar los paradigmas que han anquilosado el género por décadas. Enhorabuena.

P.D. La cadena TNT prepara una adaptación de la historia a una serie televisiva. Aunque es natural albergar muchas dudas sobre el resultado, será interesante ver cómo recibirá el público su reflejo en este relato apocalíptico. Los lectores más puristas quizá prefieran adelantar la lectura de las novelas antes de que la serie salga al aire. Advertidos están.

La quinta estación, N. K. Jemisin, Nova, 2017, 448 pp.

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