El infierno de Palahniuk

Era de esperarse que Chuck Palahniuk tarde o temprano escribiera sobre el infierno. En Condenada, el maestro norteamericano del humor negro violento y escatológico —para el que dude, ahí está el relato “Tripas” esperando a provocarles náuseas— nos narra la experiencia del infierno desde la acidez de Madison, una mimada pubescente de trece años hija de un power couple hollywoodense cuyas hipocresías filantrópicas son dignas de unos Brangelina delirantes.  Madison cree haber muerto por una sobredosis de marihuana, y a partir de esta premisa da inicio su exploración de un infierno que se asemeja a las visiones perversas que podrían encontrarse en una caricatura para adultos transmitida por televisión de paga.

La destreza satírica de Palahniuk radica en su desvergonzada explotación de cierto nihilismo adolescente que, por su mera exageración, da en el blanco al señalar la frivolidad de la cultura de consumo en las sociedades de economía avanzada. En su exploración del infierno, el libro se va estructurando mediante el despliegue sucesivo de gags  que algunas veces hacen que el lector suelte la risotada y otras lo hacen querer devolver el almuerzo.  El turismo infernal al que asistimos nos lleva a recorrer una topografía compuesta por toda suerte de desechos y secreciones humanas: mares de esperma, colinas de uñas, corrientes de vómito, bosques de apéndices humanos amputados. Los demonios son los dioses caídos de las religiones perdedoras y, en un giro humorístico, se nos confirma que los fundamentalistas cristianos pentecostales tienen la razón con respecto al creacionismo y el origen satánico de los fósiles. Toda esta cartografía infernal se nos va presentando mediante el lenguaje soez que caracteriza a Palahniuk y que recurre a imágenes descarnadas y repeticiones que anclan el relato en una suerte de letanía perversa.

Recién llega Madison al infierno y se arma de un grupo al que ella misma compara con los de la película El club de los cinco; pero el hilo conductor que realmente hace que se sostenga el libro es la voz narrativa de Madison. Ella  no es una protagonista agradable. Es una adolescente con baja autoestima, demasiado inteligente para su edad y con una visión tan pesimista que casi desde el inicio del libro la idea de pasar una eternidad en el infierno no le parece tan terrible. Sin embargo, a lo largo de la novela nos vamos enterando de su experiencia de vida y su relación son sus padres ex hippies, entonces nos queda claro cómo a sus escasos trece años ha podido acumular semejantes grados de cinismo. En algunos momentos se pueden apreciar unos breves atisbos de complejidad en su personalidad, especialmente poco antes del final del libro. Esta voz narrativa es lo que da cohesión a lo que se nos relata, pues hay numerosas subtramas que se van abriendo y que permanecen así al final del libro.

Estos cabos sueltos responden a que la historia de Madison ha sido concebida como una trilogía de novelas, y en las últimas páginas de Condenada hay un giro metatextual que sienta las bases para la segunda parte.  Nada de lo que sucede es creíble, pero Palahniuk apela a una sensibilidad kitsch que sin duda será bien apreciada por sus asiduos. La gran fortaleza del libro reside en las imágenes del infierno y en la mordacidad satírica que no deja impune a ni una de las vacas sagradas de la contemporaneidad. Condenada es un libro que, sin sutileza alguna,  recuerda constantemente al lector su propia mortalidad y que sacude a las buenas consciencias para sacarlas de su autocomplacencia mediante el equivalente literario a la terapia de shock.

 

Condenada, Chuck Palahniuk, Literatura Random House, 2015.

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