El lector malcriado

No sé qué tenga el siglo XVIII que nos sigue acechando. Para muestra, esos confusos espectaculares que nos alegran la ciudad desde hace un par de meses: “La fe mueve montañas; leer, tu mundo”. “La música te hace original; leer, auténtico”. “Crear lazos te hace único; leer, especial”. Nos alegran porque uno no puede evitar sonreír al verlos; son un ejemplo hermoso de buenas intenciones mal dirigidas. Primero pensé que los habían ideado “creativos” que no sabían cómo ensalzar la lectura porque nunca la habían practicado, pero mi hipótesis se cayó ante el rotundo uso del punto y coma, signo que rara vez se ve fuera del teclado. Entonces me topé con uno que me dio la clave de la conspiración: “Una canción te enamora; leer, te apasiona”. Y claro, ése tiene las prioridades tan alrevesadas que sólo puede ser producto del Romanticismo. Ya plantado en el siglo que nos compete, no me quedaba sino resbalarme hasta algo aun más dieciochesco: la Ilustración. Porque si bien se les escapó un mensajillo romántico, la campaña es eminentemente ilustrada. Aunque sea poco creíble, hay un hilo conductor en ese aglomerado de disparates: que leer debe servir para algo. Y no para cualquier cosa, sino para mejorar al lector. No sorprende entonces que, en su sitio, los perpetradores presuman que se trata de la “5ta. Fase Campaña por la Educación”. Su confusión ha de haber venido cuando de hecho abrieron un par de libros y se percataron de que la causalidad entre lectura y educación no está tan clara como dictaba el inconsciente colectivo. No importa: usemos palabras incontrovertiblemente positivas, como “original”, “auténtico”, “único”, “especial”, que podemos contrastar sin importar que sean casi sinónimas.

No culpemos a estas pobres almas caritativas. Si el inconsciente colectivo dice que hay una relación entre educación y lectura, no se equivoca. Y podemos rastrearla a nuestro queridísimo siglo XVIII. Kant sentenció que la Ilustración consistía en que cada humano pensara por sí mismo para alcanzar la madurez. A todo mundo eso le pareció muy bien, y le dieron un premio por decirlo. Pero pasaron los años (once, para ser exactos) y no parecía que la gente estuviera pensando más que antes. Había que ayudarles. Se publicó entonces la primera Bildungsroman, eso que nosotros llamamos “novela de aprendizaje”: Los años de aprendizaje de Wilhelm Meister, escrita por Johann Wolfgang von Goethe, quien era, oh coincidencia, funcionario público. Así nació un género que se mantuvo relativamente brioso durante el siglo XIX (que no fue sino el progresivo desinflarse del XVIII) y vino a agonizar en el XX. Esa novela seminal dictó la estructura general a su progenie: tomad un protagonista joven y lleno de ideales, zarandeadlo un poco, mostradle un camino y maduradlo. Lo que querían, pues, era ilustrar a la gente predicando con el ejemplo.

Ya siento crisparse a los lectores. Claro que Goethe era un antiilustrado, un prerromántico, un sturmunddranguesco. Tal vez por eso tiña de ironía la educación de su protagonista. A sus sucesores inmediatos se les ha de haber escapado el detalle, porque salieron triunfantes a llenar de madurez al pueblo a fuerza de novelas. Pero algo de esa infección primigenia se quedó, porque al morir el siglo XIX ya no se estaban creyendo aquello del progreso y los protagonistas comenzaron a malograrse, a fracasar, a hundirse ante la dura vida. Ya en pleno siglo XX, Thomas Mann nos da una Bildungsroman a la inversa: Hans Castorp llega a La montaña mágica como hombre formado, ingeniero exitoso, y se va despojando de su madurez. Primero deja de disfrutar el tabaco, esos puros tan adultos; luego reconoce que apenas tiene un puesto de interno y nadie lo extrañará, y termina enamorándose como cualquier puberto. Eso no evita que el lector sí madure mientras la lee, aunque sólo sea por el tiempo transcurrido.

El último en tomarse en serio el modelo goethiano fue Hermann Hesse. Podría decirse que fue el único género que practicó. Que yo crea eso seguramente tiene que ver con que es al representante al que más he leído. Y en él pude notar un efecto curioso de este tipo de novelas: su caducidad. Leí Demian en plena prepa, me recordó a un amigo muy querido con el que me había peleado un par de años antes y terminé el libro absolutamente arrepentido (no que eso nos haya reconciliado nunca; leer no siempre tiene efecto en la realidad, a pesar de las campañas). Un éxito. Temporal. El lobo estepario lo empecé demasiado tarde, cuando ya había superado el pseudonihilismo del protagonista, pero aún lo tenía suficientemente cerca como para sentirme caricaturizado. No lo acabé. Quizás tenga que madurar en serio antes de retomarlo.

Esa promesa, la de que esas obras tienen algo dentro que puede que todavía rescatemos, que no están irremediablemente atrapadas en nuestra adolescencia, es lo que las separa de la actual teen lit, cuyos protagonistas en realidad no maduran nunca. Les da cáncer a los 15 y se mueren como si fueran viejos, pero no dejan de ser esos animalillos púberes que tanto disfrutan sus lectores sin INE. Ya no son Bildungsromane, pero de ahí vienen. Y son inofensivas, y hasta disfrutables, si las comparamos con ese otro hijito maltrecho que nos tira netas para que logremos autoayudarnos.

Y es que ése fue el problema con la Bildungsroman como proyecto. Fue una mula, cruza de literatura con pedagogía, que nació estéril. Su descendencia ya ronda más por los antros de la mercadotecnia. Los escritores se dieron cuenta. Hesse escribió Bajo la rueda, una historia amarga sobre el fracaso rotundo de un niño genio, por culpa del sistema. La menciono al último a pesar de ser su primera, porque creo que ejemplifica muy bien el desencanto literario con las tramas educativas. Ya pasaron más de doscientos años desde que a algún impaciente se le ocurrió que el kantismo se estaba tardando en cumplirse, y esos empujones novelescos no nos han llevado a ningún lado. No estamos, como mundo, más maduros que antes. Quizá por eso los pobres militantes de la lectura anden tan confundidos y ya no sepan qué ofrecernos. No hay nada que ofrecer, los lectores somos malcriados. Leemos porque nos da la gana, y a pesar de todo.

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