El moro que galopaba

Lo que más le gustaba a Karl Marx era leer, escribir, beber y conspirar. Abonó mucho al terreno teórico y científico de varios ámbitos sociales. Sus ideas, o las distintas lecturas de éstas (nombremos a Lenin, Trotski, Stalin o Mao en esto) marcaron en gran medida el rumbo del siglo XX y lo que llevamos del XXI. Nada menos que uno de los grandes bestseller recientes, El capital en el siglo XXI, de Thomas Piketty, hace una clara referencia a su obra cumbre. Frente a esto, resulta pertinente la reedición de la biografía Karl Marx (Debate, 2015) de Francis Wheen.

Si algo destacamos del libro es el afán bibliográfico del mismo. Su investigación y minucia no son menores. Las afirmaciones que emite no son especulativas ni echadas al aire. Wheen contrasta datos, hechos y testimonios; gran parte de sus fuentes son las cartas que escribió y recibió Marx. Hablamos de un ejercicio de compilación paciente y detallado no sólo para la recopilación de las anécdotas sino también para la reconstrucción de un perfil transparente del propio Marx. Gran punto a favor de esta biografía. No sólo deja de lado un sinnúmero de creencias ideológicas que envuelven a este personaje, sino que además nos muestra a un Karl Marx con conflictos y contradicciones; un Marx unido a sus circunstancias; más humano que aquel gigante teórico que se ha erigido con el tiempo. Para esto, Wheen expone los contrastes de la vida de Marx. Por un lado, da cuenta de aquel hombre de figura gruesa, barba amenazante y tez morena (característica por la que le decían el Moro), impositivo y de carácter de lucha; y por el otro, destapa al Marx dulce y compasivo que, pese a vivir en la miseria, se desvivía por sus hijos, y aún más por sus nietos.

Uno de los de los mayores aciertos de Wheen al dibujar a Marx en este libro es que nunca lo pinta solo. Le queda muy claro que la vida de Marx no hubiera sido la misma si no se hubiera encontrado en el camino con dos figuras trascendentales: Jenny von Westphalen, su esposa; y Friedrich Engels, su mejor amigo y colaborador. Su crecimiento intelectual se debió en gran medida a que ambos fueron facilitadores de recursos y circunstancias. Nunca lo dejaron solo. Por eso es de destacar que a lo largo del texto no sólo conozcamos a detalle la vida del autor de El capital, sino que además encontremos visos constantes a las vidas de quienes estuvieron más cerca de él.

De Jenny, por un lado, sabemos que siempre se mostró al servicio de las pasiones y gustos de su marido. Su sumisión total se debía principalmente a que la fuerza intelectual de Marx la intimidaba. Aguantó en silencio la vida miserable que Marx le ofreció. No alzó la voz ni siquiera cuando tres de sus hijos murieron por enfermedades que pudieron evitarse si hubieran vivido en mejores condiciones o si hubieran tenido recursos para combatirlas. Incluso pasó por alto la relación que Marx tuvo con su sirvienta, Helene Demuth, con quien tuvo un hijo; prefirió callar, en gran medida para no dañar la reputación de su marido, hasta que lo dieron en adopción.

De Engels, por otro lado, es más conocida su relevancia en la vida de Marx, tanto como amigo, compañero político y sustento. Fue el verdadero pilar de la familia de Marx. Compartían la idea del derrocamiento de la burguesía y la disolución del Estado-nación; sin embargo, las circunstancias de Engels como hijo y heredero de un empresario textil no le permitían dedicarse de tiempo completo a la lucha ideológica que junto con Marx intentaba llevar a cabo; aun así trataba de abastecer a su amigo de los recursos necesarios para que trabajara en esos proyectos. Engels fue el guía de Marx en la experiencia capitalista. Cuando se hicieron cercanos, Marx no conocía a detalle el capitalismo, por lo que a partir de su pasado en la industria, Engels pudo dar testimonio de lo que sucedía con los obreros. Nunca dejó de apoyarlo durante su vida.

Más allá de su esposa y sus hijos, Marx nunca mostró un verdadero interés por su familia. Cuando murió su padre, no asistió al funeral argumentando que el viaje le quitaría demasiado tiempo que podría usar para resolver otras ocupaciones. Cuando murió su madre, sólo asistió porque le interesaba el rumbo de los bienes que marcaba el testamento. En vida, las relaciones con ambos fueron frías y distantes: con su padre principalmente por el rumbo profesional que éste quería que Marx tomara, y con su madre, sobre todo, porque lo privó de su herencia. Con sus hermanos pasó algo similar. Durante su edad adulta nunca frecuentó a los que seguían con vida; y de niño la anécdota más relevante es que hacía que dos de sus hermanas comieran pasteles de barro a cambio de que les contara una historia. Sólo hacia el final de su vida intentó redimirse con algunos tíos ricos y primos lejanos, tratando de que lo incluyeran en sus testamentos.

Marx tenía una obsesión por cambiar el mundo. Su pensamiento se caracterizó por tratar de encontrar los fallos estructurales de la sociedad y explicar por qué era necesario reestructurarla o echarla abajo. Fue un hombre entregado a la teoría; sin embargo, su mayor preocupación estaba en eliminar el abismo que existía entre ésta y la práctica. “La vida social es en esencia práctica ‒decía‒,  los filósofos no han hecho más que interpretar de diversos modos el mundo, pero de lo que se trata es de transformarlo.” Wheen expone esta angustia a lo largo del texto.

No pasa desapercibido el conocimiento que el periodista británico tiene de la obra de Marx. Sin embargo, nunca toma partido frente a ésta. No esconde la influencia del pensador en hechos históricos posteriores a sus textos y a su vida, pero nunca trata de encumbrarlo como un superhombre. Destaca la relevancia y los límites de cada texto pero nunca va más allá. Nos muestra las influencias teóricas y la formación del pensamiento marxista a través de los años. Por ejemplo, recurre a la anécdota de cuando Marx se enredó a profundidad con el pensamiento de Hegel, su mayor influencia metodológica. Sucedió cuando tenía 19 años. Marx contrajo una enfermedad que lo obligó a retirarse por un tiempo a una casa de campo a las afueras de Berlín. Aprovechó el tiempo de convalecencia para leer con sumo cuidado a Hegel y quedó encantado con su método dialéctico. Le parecía el camino adecuado para sus ideas, aunque guardaba sus reservas. Estaba a favor del método, pero le restaba importancia a lo que el autor de Fenomenología del espíritu hacía con él. A Marx le atraía la posición metodológica radical de Hegel, pero le decepcionaba que con ésta llegara a conclusiones conservadoras. Así que dio un giro al marco dialéctico que sugería Hegel, modificando las intenciones para llevarlo a un mejor puerto —de ahí surgiría más tarde el materialismo histórico—.

Marx acumuló detractores y riñas por donde pasó. Se hizo enemigo de varios de los gobiernos de los países en los que habitó y trazó relaciones hostiles con muchos de los teóricos de la época, varios de ellos amigos suyos en un principio. A lo largo de los capítulos, Wheen muestra con tino la aversión que Marx sentía por varios personajes de los ámbitos político e intelectual. Retoma las críticas que Marx lanzaba contra quienes se convirtieron en sus oponentes y las que éstos le lanzaban a él. Explica, por ejemplo, sus riñas con Bruno Bauer, antiguo colaborador de Marx durante su época universitaria; Karl Vogt, político suizo que lo difamó en una publicación; o Karl Kautsky, socialista alemán al que Marx consideraba “una mediocridad de mente estrecha”; prueba irrefutable de su carácter intolerante y amor por el enfrentamiento político.

El Karl Marx de Wheen no sólo nos permite ver a un Marx universitario emborrachándose, riéndose en la iglesia y galopando asnos sobre las calles por rebeldía. Es una invitación a conocer a uno de los pensadores modernos que más han influido en la historia, sus circunstancias y el curso de sus reflexiones; es un llamado a tratar de entenderlo y entender la razón de por qué su figura sigue siendo necesaria para comprender la historia reciente y nuestros días.

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