El poder imperecedero de Shakespeare

1616 es el año en que cesa su existencia. De ese día a la fecha 400 años están a punto de cumplirse. Tiempo Voraz, tú las garras del león embotas. Y a pesar del tiempo su obra no ha perdido el filo con el que se abren los pechos de los hombres para penetrar en las almas. Y no puedo sino recordar la frase de Borges: De algún modo yo sería Shakespeare. No escribiría las tragedias ni los intrincados sonetos, pero recordaría el instante en que me fueron reveladas las brujas, que también son las parcas…

Hay escritores destinados para cada persona. Y en ocasión de la conmemoración del poeta y dramaturgo británico un pequeño libro llegó a mis manos. No es la primera vez que el poeta de las tempestades llama a mi puerta.

Sobre el poder es el título de la compilación que edita Taurus en su serie Grandes Ideas. Colección peligrosa, pues –a primera vista– pudiera prometer el conocimiento de un tema abismal. El fanfarrón podría sentirse atraído, envalentonado, por la perspectiva de un asaz dominio de la obra del dramaturgo. Sin duda aporta beneficios a los cazadores de citas, epígrafes y fragmentos valiosos para ensalzar sus propias creaciones. Los gambusinos de las letras sin duda apreciarán este volumen de bolsillo. Práctico y muy mono.

Para los primerizos representa un aliciente interesante para acercarse a un tema fundamental. No sólo inagotable en términos literarios. El poder. Tan real como el aire que respiran los hombres. Sus fatuos desenlaces en la guerra. El amor. El crimen. El mundo despiadado de los hombres y sus dioses miserables que anidan –como serpientes– en el pecho. Sin duda es apenas un muestrario dividido en cuatro segmentos que facilita, tras una primera lectura, un atisbo diminuto pero valioso del cuerpo mayor de la obra de Shakespeare. Si algo provoca esta recopilación es la necesidad de enterarse del destino de los hombres y mujeres que pueblan las páginas de La tempestad, Julio César o El rey Lear.

No se puede leer un poco y sentirse satisfecho. Mucho menos ante esta perspectiva: el poder es un juego. El tablero –el teatro–, el mundo. Las piezas, los hombres. Reyes. Reinas. Peones. Todos, en potencia, pueden ejercerlo. Pero el acto real de cercenar cabezas le pertenece sólo a unos pocos. Sin embargo la voluntad y la fortuna –cuanto disfruto de esas piezas caóticas– complican las reglas del juego. La obediencia de todo súbdito pertenece al rey; pero todo súbdito es dueño de su propia alma. Shakespeare es una corriente primitiva, una especie de dios voluptuoso. Siempre he tenido la impresión de que no todos los lectores sobreviven a los grandes autores. Hay que saber en qué momento uno puede sumergirse de lleno en sus aguas. Con respeto, pero sin miedo. Este volumen es valioso en el sentido de un primer acercamiento, un chapuzón, a las frías aguas de Shakespeare. Nademos un poco. Aprovechemos.

Por: Gonzalo Trinidad Valtierra


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