El poder y la literatura o el poder de la literatura

Platón: Porque de la muerte, nadie tiene saber, y Paul Celan:

Nadie rinde testimonio para el testigo. Y sin embargo, siempre,

escogemos un compañero: no por nosotros, sino por algo en nosotros,

fuera de nosotros, que necesita que nos anulemos a nosotros mismos

para pasar la línea que no alcanzaremos.

Maurice Blanchot, El último en hablar

Hablar de literatura ya genera en sí un problema que abre múltiples aristas. Hablar de poder y literatura, a rajatabla, es un trabajo interminable. Si pensamos en el poder como ese espacio en el que se ejercen fuerzas para demostrar sujeción, la historia misma ha hecho su recorrido. Y si abogamos por Homero como el primero de los poetas que enmarca la supremacía de la oralidad para convertirse en un universo escrito años después, la línea es otra.

Rememorar a autores que pertenecieron a una rama dentro del poder, llámense Paz o Fuentes, concuerda con una pregunta que se ha toqueteado bastante y que es la posibilidad de la escritura a pesar de puestos públicos. De hecho, Vargas Llosa contestó una entrevista al respecto. Y el paso de escritor a personaje público con voz para señalar las injusticias del poder, es parte del oficio.

Por el otro lado, indagar sobre el poder de la literatura nos remite a toda la literatura comprometida, al poder de la palabra como medio detonador y que permite visibilizar las voces acalladas por el poder. El traslado, un ensayo de Enrique Díaz Álvarez, discurre entre los sucesos actuales acerca de la migración, del miedo y de la otredad, para concluir que es la literatura el camino para poder tener ese encuentro con el otro. La literatura como el acontecimiento de resistencia que permite abrir la puerta y desengranar la urdimbre del poder y permitir la existencia del sujeto.

¿Desde dónde partimos con la idea de poder? La relación misma con otro implica ya una búsqueda de hegemonía, de negociación o de sometimiento. Si bajamos el poder a ese estadio, entonces la relación con el vecino, con la pareja, con el colega ya nos imbuye en la política de los cuerpos, en la política del poder. Y si, como dice Díaz Álvarez, y Lacan detrás, somos seres narrativos que nos construimos a partir del lenguaje, es entonces en él en el que podemos redimirnos. Y qué mejor manera de hacer ese ejercicio de salir de nosotros mismos que a través de la lectura, del silencio, de la imaginación, que en palabras del autor –de la idea kantiana- es “la facultad de hacer presente aquello que está ausente”, y si en la ausencia el objeto –llamado otro– es lo invisible, entonces la literatura, el lenguaje, la lectura, tienen la llave de la puerta de salida. O de entrada. Ahí está su poder.

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