Yo no persigo una forma

Emiliano Monge
El cielo árido / Mondadori, 2012
 

Un solo instante en el que ella se expresase y se habría colocado
en el mismo plano de la ciudad. Un solo instante en el que ella se mostrase
y tendría la forma que le era necesaria como instrumento.
La ciudad sitiada, Clarice Lispector.

 

Un hombre, una ciudad, la violencia. Germán Alcántara Carnero habita en ese paisaje. Él es la violencia. Su ciudad es la violencia: “Ésta es la historia de un hombre que sin saberlo fue su siglo y la de un lugar que se condensa aquí en un nombre propio. Germán Alcántara Carnero. Una historia de violencia incontenible y natural que exige ser contada como una biografía discontinua y que no debía empezar aquí: el 13 de mayo de 1956…” Así inicia esta novela en la que todos los hombres es “Nuestrombre”, aquél que se quiere ir para abandonar un pasado de asesinatos, pérdidas, rabia y coraje. Aunque no lo consiga.

Una novela genealógica, por decirlo de algún modo, del odio, de la brutalidad. Y no es gratuito que sea así. El país en el que vivimos no nos permite mucha redención. El incendio de una iglesia con los feligreses dentro, el suicidio de su mujer y de su mejor amigo, la muerte de su hijo deforme, o la traición a sus protectores juveniles son sólo algunos hechos que el narrador ha decidido de manera consciente contarnos para reconstruir esa vida de la que quiere renunciar y de la que es imposible. Una tierra árida, sin alimento en el que sea posible la vida.

Pero El cielo árido no sólo es eso. Tiene que ver con los fragmentos, con el tiempo, con la memoria, pero, sobre todo, con el lenguaje y con la forma. Con un ritmo alucinante, Monge consigue una plasticidad en la estructura en la que, a diferencia de Darío, encontró el estilo para esta novela, y en contra de Lucrècia Neves, consigue ser el instrumento. En este libro, el tejido de las palabras equivale a una música, para mí, de tránsito. Un movimiento de pies arrastrados, áridos, como los de Germán. Un ritmo que aún después de leerlo, te persigue.

Por ello, entrar en los textos de Emiliano Monge, intentar entrar en El cielo árido, supone una inmersión en las aguas del lenguaje. Y muchas veces, la mayoría, uno no está protegido para ello. Pero hay que hacerlo.
 

Fernanda Álvarez

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