Elías Canetti

Se doctoró más tarde, aunque nunca ejerció por preocuparle más la filosofía y la literatura. En 1938, huyendo de la persecución nazi, marchó a París, y después a Inglaterra, en donde residiría varios años, adquiriendo la nacionalidad británica y desarrollando la mayor parte de su obra. Canetti leía sin parar: filosofía, sociología, antropología, todo le interesaba y todo lo agotaba. Para hallar «alivio mental» a semejante tensión, comenzó a anotar casi a diario «apuntes» sueltos que apenas si tenían que ver con la obra que lo obsesionaba. Eran noticias breves, rápidas e imprevistas, consignadas en pocas palabras que a menudo adoptaban la forma de sentencias y aforismos de diversa temática e índole: el amor, la muerte, el género humano; observaciones sobre su entorno o sobre sí mismo; o también fantasías, esbozos literarios y hasta microrrelatos. Años más tarde fijaría su residencia en Zurich, donde viviría aislado del mundo exterior hasta su muerte. En 1981 obtuvo el Premio Nobel de literatura.

De sus frases y aforismos más conocidos:

Es difícil mantener la crueldad necesaria que nos permita ser implacables en nuestros juicios. La ternura de los recuerdos se va extendiendo por todas partes; si nos diluimos en ella será imposible mirar a alguien con los duros ojos de la realidad.

Me inclino ante el recuerdo, ante el recuerdo de cada ser humano. Y no oculto la aversión que siento ante todos los que se toman la libertad de intervenir quirúrgicamente en los recuerdos, hasta que se parezcan a los recuerdos de los demás.
Nadie es más solitario que aquél que nunca ha recibido una carta.

Ser mejor sólo quiere decir: llegar a conocer mejor. Sin embargo, debe ser un conocimiento que no nos dé tregua, que nos acose siempre. Es mortal un conocimiento que nos vaya aplacando.

Todo el arte consiste en no engañarse a sí mismo: mínimas islas de rocas en todo un mar de autoengaños. Lo que más puede lograr un hombre es aferrarse a ellas y no ahogarse.

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