Foster Wallace y una langosta literaria… muy posmoderna.

Al final, nos identificamos con Wallace no porque venga del mismo sitio que nosotros, sino porque insinúa un camino para llegar a otra parte.
D. T. MAX

¿Está bien hervir a una criatura viva y sensible solamente para nuestro placer gustativo?
DAVID FOSTER WALLACE

Hace algunos años, un amigo me dijo que lo suyo no era la “literatura posmoderna”, y menos la que se había producido en Estados Unidos. Aquella polémica declaración ocurrió unos días después del suicidio de David Foster Wallace en septiembre de 2008 (su esposa lo halló colgado de un árbol en el jardín de su casa). Frente a mi amigo, simplemente sonreí, asentí. Hay prejuicios y tópicos sobre los cuales uno simplemente no debería discutir.

Justo ahora que estamos lanzando “La langosta literaria” (nombre inspirado en uno de los ensayos más famosos y delirantes de Foster Wallace, “Hablemos de langostas”, cuyo centro es el festival anual de la langosta celebrado en el estado norteamericano de Maine, lugar de origen del insigne escritor Stephen King), la anécdota me parece relevante para balbucear algunas cuestiones. Subrayo: balbucear.En su biografía sobre Foster Wallace, titulada Todas las historias de amor son historias de fantasmas, D. T. Max asevera que la ficción del autor de La broma infinita es “el mejor intento del que disponemos de capturar la realidad de un mundo irreal”. Fue precisamente ese talento —voluntad que mezclaba “cerebro con impetuosidad”— el que deslumbró a una cantidad sorprendente de lectores y “groupies que llegaron a tatuarse frases de Wallace en el cuerpo”. Al mismo tiempo, el propio D. T. Max no titubea al decir que obras de ficción como La escoba del sistema o La niña del pelo raro son deslumbrantes y constituyen un “gabinete de curiosidades posmodernas”. Posmoderno, posmoderno, ¿será?

En principio, sería importante señalar lo problemática que resulta la expresión “literatura posmoderna”, así como las dos nociones que la componen: lo “literario” y lo “posmoderno”. Hasta hace poco —es sólo una percepción personal—, la palabra “posmoderno” había estado en un razonable exilio a causa de su tremenda ambigüedad y una carga de afectación y pomposidad poco convincente. Se volvió incluso un lugar común emitir una leve risa cuando alguien intentaba usar el adjetivo para valorar cualquier cosa: libros, ropa, películas, piedras o cereales.

De pronto, me parece que poco a poco lo “posmoderno” ha regresado por sus fueros y se ha instalado otra vez en el lenguaje cotidiano, sobre todo para (des)calificar algo como complejo y pretencioso; o como un comodín para salir al paso y hacer un chiste. Hay infinitas obras en las que se ha discutido (con suerte o sin ella) la noción de lo posmoderno (supongo que la de Lyotard es una de las más emblemáticas) y otras más en las que se le ha denostado, denunciando “los peligros de sus derivas hacia la irracionalidad”. (Por lo demás, ni siquiera existe un acuerdo mínimo sobre el sentido de lo que, en teoría, debería ser un estadio previo: lo moderno) ¿Y?

Y, más allá de lo anterior, lo que resulta evidente es que no hemos podido escapar del uso acomodaticio de la palabra. Sospecho que lo acomodaticio, precisamente, sería una de las características de cualquier conjunto de ideas, de acuerdo, por supuesto, con ese otro extraño conjunto de ideas al que hemos llamado “posmodernidad”. Trampas del lenguaje. No hay necesidad aquí de ahondar en el punto, se trata simplemente de

 

llamar la atención sobre lo equívoco del término y la inexactitud que supone su empleo para referirse a un autor como Foster Wallace (y a varios de los que a partir de ahora se reseñarán en este portal).
Me temo que la noción de lo “literario”, por su parte, se encuentra aún más maltrecha que la de lo “posmoderno”. Su uso es un verdadero carnaval y se da en medio de una serie de presupuestos que no resistirían la menor evaluación crítica. Decenas de veces he escuchado a gente decir que tal o cual novela es “muy literaria”. Sí, claro. También hay personas que hablan acerca de los “lectores literarios”. Por favor, ¿qué quiere decir eso? Se es lector o no se es lector. Punto. Y me empiezo a poner más nervioso cuando descubro que el adjetivo se usa también de manera despectiva: “Ese libro es muy literario, ¿para qué quieres publicarlo?” Qué cara ha sido esa noción de lo literario a la industria editorial, llena de buenas intenciones y energía desbordante, pero también de malentendidos y vanidades.
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¿A QUÉ VIENE ESTE RODEO?

¿Acaso habrá alguna diferencia entre una langosta literaria y una langosta a secas?
En el citado ensayo, Foster Wallace nos ofrece una clave: “Comer langosta por lo menos no viene inducido por el sistema de fábricas cárnicas corporativas que produce la mayoría del vacuno, cerdo y pollo”.
Ésa es la cuestión: inducir o no inducir. ¿Será que lo literario es aquello que intenta tomar distancia del “sistema de fábricas cárnicas corporativas” dentro del propio “sistema de fábricas cárnicas corporativas”? Más paradojas. Más trampas del lenguaje.
Insisto, ¿a qué viene la divagación? Sí, sí: es una excusa. Un pretexto para morderse los labios. Una invitación.
Después de todo, hay algo en Foster Wallace —tan literario y tan posmoderno— que me mueve a seguir adelante con el montaje, con la broma, algo de maniaco y algo de melancólico. En este autor siempre he encontrado varias virtudes que no nos vendría mal practicar más seguido. Se me ocurren algunas: la capacidad de divertirse, de reírse de sí mismo, de usar la ironía como un arma; el desparpajo, la (híper)(auto)conciencia-crítica, la imaginación. Especial mención merece el gusto por el bajo perfil… nada de aspavientos, nada de estridencias.

Langosta-bebe

Foster Wallace estaba convencido de que “la forma más rápida de matar la vitalidad de un autor es presentarlo como «genial» o «clásico»”. Coincido y me abstengo de aplicarle a él mismo esos calificativos. Nada. En cualquier caso, me quedo con un encabezado que apareció en la prensa pocos días después de su muerte y que lo describía como “el mejor cronista del malestar”.
Sí, probablemente esa reducción le vaya bien a Foster Wallace, el mismo que nos sirve como punto de partida para esta langosta que ha decidido ponerse a leer a contracorriente, cualquier cosa que eso signifique. Sin más, esperemos que este festival (como aquel que se lleva a cabo en Maine) “contrarreste la idea de que la langosta es un lujo prohibitivo, solamente adecuado para paladares pretenciosos”.