Entre panaderos, conserjes y banqueros

Nunca me gustó robar libros. En principio porque tengo la gracia de un oso koala y si llegara a cometer actividades ilícitas estoy seguro que me atraparían y terminaría en el bote. Pero también porque por más que Bolaño y los infrarrealistas romantizaron el acto de robar libros y lo hicieron una suerte de declaración de principios, siempre he preferido comprar mis cosas. El único problema es que la vida es cara y el dinero poco (como dice el verso, «y las carencias arriba, y los salarios abajo»),  razón, creo, por la que comencé mi vida laboral en trabajos ocasionales que, creía, nada tenían que ver con la carrera que me había proyectado para el futuro. Así, cada tanto me disfrazaba de botarga o cargaba garrafones de agua para, con cada pago, comprar libros o videojuegos.  Qué se supone que iba a hacer yo, joven aspirante a estudiante de literatura, si no era seguir el ejemplo de los escritores que tuvieran que mezclar su escritura con una profesión, cuando menos, curiosa. De esta inquietud nace esta lista de trabajos extraños de escritores famosos, acaso para justificar por qué pasé meses dentro de una botarga o para animar a cualquiera que piense que la literatura se hace en la soledad de los cuartos.

Juan José Arreola

Además de ser uno de los maestros de la narrativa mexicana, Juan José Arreola fue editor, traductor, periodista y redactor. Hasta acá todo normal, pero comienzan a apilarse los oficios extraños: panadero, comediante, vendedor ambulante,  mozo de cuerda, ajedrecista y, acaso el que más me impresiona, comentarista deportivo para Televisa en las olimpiadas de 1992 (si un lector desinteresado tiene grabación de esto, le ruego me la haga llegar). No cabe duda que cada peldaño de su vida sirvió para forjar la leyenda de Juan José Arreola, el último juglar.

Para leer: De memoria y olvido

T.S. Eliot

Thomas Stern Eliot, autor de algunos de los textos más desoladores que alguna vez haya leído, compaginó su profesión literaria con un trabajo en el que, encima, era excelente: banquero. Queda pendiente la misión de un tesista que analice The Waste Land y The Hollow Men con la voz robótica que uno espera de empleados bancarios.

Para leer: Los hombres huecos

Juan Rulfo

Se dicen muchas cosas sobre Juan Rulfo, todas irrelevantes si consideramos que algunas de las líneas más bellas de las letras mexicanas se encuentran en ese poema novelado que es Pedro Páramo, y que eso es lo único que importa. Sin embargo, lo incluyo en esta lista porque de los apuntes que se tienen de la personalidad del autor, lo lúgubre que llegan a ser sus textos, y lo poco que se sabe, bien o mal, de sus profesiones, pensar en el tímido y serio Rulfo atrás de su escritorio en el Instituto Nacional Indigenista o como vendedor de llantas, es una imagen que veo no sólo posible, sino real.

Stephen King

El maestro de la literatura de terror fue conserje. No sólo eso, su primera novela, Carrie, está fuertemente inspirada en aspectos que vio mientras trabajaba en una secundaria. Ahora no dejo de pensar que Eso nació en pasillos verdaderos, con el detalle de cómo algo tan cotidiano y normalizado, como los payasos, pueden de pronto romper el estado de bienestar en el que nos encontramos. Pocas cosas más aterradoras.

Harper Lee

Uno de los lugares comunes, encima cursis, más grandes de la literatura es que un libro es un viaje, que un libro es un boleto, un pasaje. Se puede decir que para Harper Lee, autora del famosísimo To Kill a Mockingbird (famosísimo también porque es el único libro que Homero Simpson ha leído: le enseñó a no juzgar a las personas por su color de piel, pero no a matar a un ruiseñor), ese cliché está basado en la verdad: antes de ser una de las voces narrativas más emblemáticas de su generación, fue agente de viajes para diferentes aerolíneas.

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