Es que soy de Veracruz

No recuerdo la primera vez que pisé Veracruz. No nací ahí pero siento que parte de mí es jarocha. Mi papá nació en Tlacotalpan y desde pequeño lavó mi sangre para sentir una cercanía especial por esa tierra. Lo hizo de diferentes maneras: los muebles de mi casa eran los tradicionales de madera de esa región, pasé cada vacación escolar allá y hasta algunos cumpleaños donde invitaban a personas que no conocía ni ellos a mí. Pero de todas, el truco más sucio que tuvo mi papá fue montar una fotografía gigante del centro de Tlacotalpan a un lado de donde estaba la televisión, una clave de que mi papá no tenía intenciones de quedarse y mi primera lección de que definir “hogar” es complicado.

La última vez que visité Veracruz fue hace un par de años. No pensaba en la vida volver. Culpo a Enrique Vila-Matas, a su Lejos de Veracruz y a una lectura terriblemente personal de la novela (de esas que en mis años de juventud me hubieran traído miradas de reprobación en mis clases de la Facultad de Filosofía y Letras): el personaje principal, Enrique Tenorio, es un español que desconoce su hogar verdadero; un resentido familiar que cae en desgracia; una sombra de su hermano (el célebre autor Antonio Celorio, que se suicidó); un escritor en ciernes que mezcla el ensayo, la autobiografía y el diario de viajes; y una persona que a sus 27 años, la misma edad que tengo al momento en que escribo esto, se siente un anciano, derrotado, sin más refugio que la escritura y la nostalgia. Tenorio llega a Veracruz, dice, como si llegara a Comala, porque le dijeron que en Xalapa vivía un tal Sergio Pitol. Lo que enmarca a Lejos de Veracruz como una novela metaficcional en la que es difícil no ver a Vila-Matas desdoblarse en la personalidad de los hermanos Celorio: el escritor amigo de Pitol y el obsesionado con la historia.

Pero antes, en uno de los mejores inicios de novela que puedo citar, Enrique Celorio nos descifra todo:

No todo el mundo sabe que a Veracruz y a sus playas lejanas no pienso en la vida nunca volver. Fui feliz allí, el mes pasado, en noche de luna llena, en Los Portales, ni antes ni después de esa noche, en el último mes de julio de mi juventud. Pero no pienso en la vida nunca volver, pues sé muy bien que la nostalgia de un lugar sólo enriquece mientras se conserva como nostalgia, pero su recuperación significa la muerte.

Es decir: no volver porque a la distancia se es más feliz ¿Para qué volver a vivir y manchar los recuerdos de lo que uno supone que es la felicidad?  En Lejos de Veracruz, el protagonista se encuentra hechizado por la aparente claridad que encuentra en su vida, la misión de ponerse a escribir la tragedia de su vida familiar mientras relata su propio descenso en el puerto de Veracruz, donde mata a un marinero (un marinero borracho) que él confunde con Dios. Reflexionar eso sería también ser consciente de la ficción que Enrique Tenorio se crea para sí mismo. Cualquier regreso acabaría en decepción. Pero, en retrospectiva y con todos sus bemoles, no es lo que aprendí de Veracruz, ni mucho menos de Tlacotalpan: no volver significa la muerte. Menciono Tlacotalpan porque se presume que de ahí es nativo Agustín Lara, compositor del que Vila-Matas toma prestado para titular la novela. Así dice la canción:

Yo nací con la luna de plata

y nací con alma de pirata.

He nacido rumbero y jarocho

trovador de veras.

Y me fui lejos de Veracruz

Enrique Tenorio ocupa el último verso de la canción de Lara (“algún día hasta tus playas lejanas tendré que volver”) para explicar por qué no regresar pero, al ser narrador desconfiable, no alcanza a transmitir el sentimiento de añoranza por el pasado, por el regreso al edén subvertido. Mi lectura de Lejos de Veracruz ha cambiado. Antes, en un afán de no manchar mis recuerdos, preferí no regresar; sin embargo, leí la novela de Vila-Matas en dos ocasiones en un lapso de seis años (el doble de las veces que visité la casa familiar en más de quince años). Quizá vaya siendo hora de ir contra el narrador de Vila-Matas y planear un regreso. No me queda más que justificarme por haberle hecho caso: sentí que era una tarea imposible por ociosa, no tenía sentido oponerme a la prosa de Vila-Matas que me hizo olvidar la fotografía gigante que adornó mi casa por casi diez años, una foto que bien pudo ser una frase escrita en la pared: “algún día hasta tus playas lejanas tendré que volver”.

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