Escapar al tiempo, vender el alma

Algo supuestamente divertido que nunca volveré a hacer / Debolsillo, 2012.

David Foster Wallace, poseedor de un genio sin par para develar las estructuras ocultas en la sociedad contemporánea, se aventuró cierta vez a experimentar en carne propia uno de los servicios más codiciados del mundo, uno de esa clase a la que sólo un exagerado derroche monetario nos puede dar acceso: un crucero de lujo por el Caribe. Lo curioso del caso es que Wallace no lo hizo por voluntad, sino incitado por una revista que le encomendó una crónica de su experiencia en un intento propagandístico que el autor, con una honestidad brutal, convirtió en una semiótica del consumo y en una reflexión sobre el estado de ánimo de la sociedad norteamericana.

Luego de dejarse mimar por la tripulación del crucero, de conversar a la mesa con veteranos de esa clase de excursiones, de conocer, en fin, “todas las excusas imaginables para que alguien se gaste tres mil dólares en un crucero por el Caribe” y llenar decenas de cuadernos de notas con sus impresiones, Wallace llega a la conclusión que da título al libro. Lo que en estos servicios se ofrece, nos hace saber, es el olvido absoluto de cualquier esfuerzo y la ansiada perspectiva de no tener qué preocuparse por nada y simplemente regocijarse en las múltiples opciones de cuidado y entretenimiento que se nos ofrecen. Suena tentador, pero ¿es eso todo lo que uno encuentra en un crucero? Lamento decirlo: no.

A lo largo de siete angustiantes días, Wallace recorre cada rincón del crucero en busca de las motivaciones secretas de tal afán de cuidado, pues sospecha que entre las “sonrisas profesionales” y las pródigas atenciones de la tripulación se esconde un propósito no develado. Los resultados de sus pesquisas nos son narrados con una minuciosidad maniaca y un humor tan sincero como extraño que dan cuenta de la apasionada sensibilidad del autor: aromas, texturas, colores, sabores, sonidos y sensaciones quinestésicas se encuentran aquí reproducidos en su totalidad.

Al final, los esfuerzos de Wallace se traducen en un ensayo literario sobre la cualidad holográfica de nuestra sociedad, afanada en ocultar sus detalles más crudos bajo una máscara de simulación, maquillando hasta lo grotesco aquello que de otro modo dejaría al descubierto el carácter caduco de nuestra existencia. El tiempo queda suspendido, así como nuestros pensamientos, pero a cambio sacrificamos lo único valioso que poseemos: nuestra capacidad de decidir por nosotros mismos, de ser nosotros mismos.

David Velázquez

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