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Escribir es apagarnos
Bajo el signo de Saturno de Susan Sontag
Karina Sosa comment 0 Comentarios access_time 4 min de lectura

En Un mar de muerte. Recuerdos de un hijo, David Rieff cuenta cómo su madre, Susan Sontag, y él recibieron la noticia de que ella padecía síndrome mielodisplásico. El doctor anunció un acontecimiento funesto para Rieff y su madre sin mostrar emociones. Unas páginas más adelante, Rieff dice que encuentra una semejanza entre Elías Canetti y Susan Sontag: “el miedo a la muerte”.

Pienso, como lectora de Susan Sontag y de Elías Canetti, que, más que miedo a la muerte, ambos compartían una angustia por desaparecer del mundo sin dejar rastro. La literatura es una muesca en una superficie viva, cada palabra se graba en los espacios del tiempo. En estos días todo es efímero y la literatura es un acto atemporal. Los libros de Sontag se remontan al dolor humano: al pensamiento saturnino que sobreviene a los hombres que no cesan de pensar.

Aristóteles decía precisamente que la melancolía es el temperamento del hombre de genio. La melancolía como temperamento propicio cubre la existencia de ciertos seres que jamás lograrán escapar de esa condición.

Susan Sontag (Nueva York 1933 – 2004) me perturba. Me he preguntado cómo enlazar la historia de personas tan melancólicas como Canetti, Walter Benjamin (un miniaturista, un obsesivo coleccionador), o Robert Walser, con un pequeño ensayo sobre el Hitler que Hans-Jürgen Syberberg retrató en Hitler, una película de Alemania y, partiendo de ese filme, reparar en Durero y su Melancolía. De Artaud a Barthes…

Imagen: The Telegraph

¿Cómo ha logrado hilvanar las ideas para construir túneles en los que se llegue a un paraje boscoso? A través de la escritura.

“Las palabras significan. Las palabras apuntan. Son flechas. Flechas clavadas en el cuero tosco de la realidad. Y mientras más portentosas, mientras más generales sean las palabras, más se parecen también a cuartos o túneles. Pueden expandirse, o cavar”. ¹

Preguntarnos por el dolor de los otros nos remite a nuestro principio, a pensar en la esencia humana, somos voyeurs ante el dolor de los otros: no podemos más que remitirnos a observar. La escritura y el pensamiento son también vías de escape ante nuestro abatimiento.

Los diarios de juventud de Susan Sontag nos muestran a una mujer que no cesa de pensar y de detenerse en las orillas del mundo. El lenguaje literario y los mapas en los que se han desarrollado los ensayos de Sontag te empujan al borde.

Bajo el signo de Saturno es un libro breve que parece confeccionado durante años. No puedo quitarme una imagen de mi mente: Saturno devorando a su hijo, alegoría de nuestra melancólica ruina. Pienso si al escribir nos devoramos a nosotros mismos, comemos de nuestras entrañas para dejar esos rastros por las páginas, pero luego pienso que equivoco tal conclusión. La escritura es otro rastro. La escritura es el contorno de nuestros deseos. Hablamos de los libros de los otros, escribimos sobre ellos para hablar de nosotros mismos. Todo ocurre en nuestra memoria, es como una película larga que se proyecta hacia una región más profunda: un laberinto más allá de nuestro cuerpo, un laberinto que desciende y que sólo puede vislumbrarse cuando la melancolía nos atrapa y cuando no queda más que probar en nuestra propia existencia el dolor.

Imagen: The Times

Bajo el signo de Saturno, es también una revelación: la afirmación de que los melancólicos que se han leído durante años son también habitantes de esos laberintos nebulosos y estrechos. “Mi vida es mi capital, el capital de mi imaginación”, dice en una entrevista.

En su diario, en 1964, apunta: “Si se pudiera amputar una parte de la propia conciencia…”. Y eso se logra a veces escribiendo, que es también una manera de morir, de apagarnos, de descender al laberinto de la melancolía. Bajo el signo de Saturno.

 

¹ Inicio del discurso de Susan Sontag al recibir el Premio Jerusalem en 2001.

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