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Federico en su balcón
Una conversación con Nietzsche
Ausencio Fernando Morales Telésforo comment 0 Comentarios access_time 4 min de lectura

Cuando Carlos Fuentes tenía ochenta y tres años abandonó su patria y la región más transparente del aire. Partió de este mundo, más allá del bien y del mal. Federico en su balcón, novela escrita por el ya mítico autor, fue la última obra completa que terminó y ha sido considerada por muchos su testamento literario. Publicada de manera póstuma en 2012, posee un argumento bastante sencillo: Federico Nietzsche regresa al mundo actual para entablar una plática en el balcón del hotel Metropol con un personaje anónimo, al que muchos lectores querríamos identificar como el propio Fuentes.

Los dos eruditos conversan sobre grandes temas de la filosofía y la vida. Que si un nombre implica un compromiso con nuestro pasado o si sólo es una de las tantas máscaras que portamos; que probablemente la locura sea un porvenir sin instantes, un estar fuera del tiempo. ¿La justicia realmente implica el bien o sólo es la conformidad con la norma? Posiblemente un poder maligno no sea deseable, aunque bien podría otorgar sentido al mundo. El arte como la única verdad de la mentira. Más que respuestas claras, se ofrece un marco para la reflexión que nos permite generar conclusiones propias. Sin embargo, las conversaciones en el balcón no se centran únicamente en tan altas disquisiciones.

A la par que estos dos personajes dialogan, se van contando otras historias, aparentemente separadas, de personajes diversos. Podemos mencionar algunos: la tríada política de Dante Loredano, Aarón Azar y Saúl Mendés, revolucionarios socialistas con pugnas internas; Leonardo Loredano, hermano de Dante, tirano en potencia con ambiciones incontrolables; la misteriosa, dual y seductora Dorian Dolor; también reptan seres oscuros, patéticos, como el fanático político Basilicato y el pervertido sexual Rayón Merci. Conforme las páginas avanzan, se crea un mosaico completo. Aparece la imagen de una revolución mexicana —no necesariamente el levantamiento histórico al que estamos acostumbrados a ver retratado— de gente que lucha por el poder, muere aplastada por él o que únicamente se limita a contemplar. Un cuadro muy humano, demasiado humano.

La novela va alternando entre la charla filosófica y los personajes que componen la imagen global. Está dividida en cuatro capítulos, cuyos títulos aluden a versos del himno nacional, los cuales no necesariamente siguen el orden fijado por Francisco González Bocanegra —lo cual es similar a la estructura fragmentaria de la obra—. La reflexión sobre la historia mexicana y la relación sociedad-individuo son temas comunes en Fuentes; sin embargo, no deja de asombrar su capacidad para elaborar tan meditado andamiaje; podemos seguir las acciones narradas dentro de esta convulsa lucha política sin temor a perdernos en su furia. Eso sí, se trata de un libro que demanda tanto paciencia como una lectura atenta.

Es necesario estar familiarizados con la vida y obra de Nietzsche para entender varias referencias contenidas en la novela. Aparecen mencionados muchos conceptos propios del pensador alemán, ya sea el eterno retorno, el nihilismo, el superhombre o la voluntad de poder, por nombrar algunos de los más identificables. Pueden hallarse alusiones a varios aspectos documentados de la vida de Nietzsche, como su pobre vida amorosa, la presión que sufría por parte de su madre y su hermana, o su gradual e inevitable caída en la locura.

Se trata de una obra difícil, exigente con su lector, pero que resulta tan valiosa como disfrutable por la oportunidad que nos brinda; la de desdoblarnos y conocernos a partir de las voces que podemos encontrar en los otros. Da muestra de cómo la literatura es capaz de anular el tiempo y el espacio, ya que faculta diálogos de otro modo irrealizables entre las personas; el conocer la otra cara de lo que percibimos como realidad, de apreciar nuestra finitud. Quisiera imaginar que es justo el reconocimiento de nuestras limitaciones el primer paso para acercarnos, aunque sea un poco, a estas dos figuras cumbre que acarician la eternidad. La siguiente frase, la cual no recuerdo dónde escuché, tal vez resuelva de forma concisa lo anterior:

“Nietzsche ha muerto”

— Dios.

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