Grandes inicios de novela, o Por qué ya no escribo

Este no es un gran inicio porque, parece empezar, ya existe otro artículo en la Langosta que va sobre inicios de novela. Y una razón más: la imposibilidad de escribir. Todo se lo debo a la idea de que si el texto no engancha desde el principio, no sirve. En mi papelera de reciclaje se encuentran más versiones de mi tesis de las que me gustaría admitir. De textos narrativos ni hablar. Desistí hace tantos años que ya ni recuerdo. Y todo por unas simples oraciones que, incluso fuera del contexto de las obras que las contienen, me parecen poderosas. Como si la historia del mundo y de la literatura estuvieran contenidas en unas breves palabras. Como si en verdad no hiciera falta nada más.

Historia de dos ciudades, de Charles Dickens:

Era el mejor de los tiempos, era el peor de los tiempos; era la edad de la sabiduría, y también de la locura; la época de las creencias y de la incredulidad; la era de la luz y de las tinieblas; la primavera de la esperanza y el invierno de la desesperación.

Pedro Páramo, de Juan Rulfo:

Vine a Comala porque me dijeron que acá vivía mi padre, un tal Pedro Páramo.

La señora Dalloway, de Virginia Woolf:

La señora Dalloway dijo que ella misma compraría las flores.

El gran Gatsby, de F. Scott Fitzgerald:

En mi primera infancia mi padre me dio un consejo que, desde entonces, no ha cesado de darme vueltas por la cabeza. “Cada vez que te sientas inclinado a criticar a alguien —me dijo— ten presente que no todo el mundo ha tenido tus ventajas”.

Moby Dick, de Herman Melville:

Llámenme Ismael.

El guardián entre el centeno, de J.D. Salinger:

Si de verdad les interesa lo que voy a contarles, lo primero que querrán saber es dónde nací, cómo fue todo ese rollo de mi infancia, qué hacían mis padres antes de tenerme a mí, y demás puñetas estilo David Copperfield, pero no tengo ganas de contarles nada de eso.

Trilogía de Nueva York, de Paul Auster:

Todo empezó por un número equivocado, el teléfono sonó tres veces en la mitad de la noche y la voz al otro lado preguntó por alguien que no era él.

Y, por supuesto, de El Quijote, de Cervantes:

En un lugar de la Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme, no ha mucho tiempo que vivía un hidalgo de los de lanza en astillero, adarga antigua, rocín flaco y galgo corredor.

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