Günther Grass en la ballena: “De Alemania a Alemania”

Theodor W. Adorno escribió en Filosofía de la música que «las obras de los grandes compositores son meras caricaturas de lo que habrían hecho si hubiesen podido. No cabe imaginar una armonía preestablecida entre el artista y su tiempo, ni tampoco separar al primero del segundo.»

Lo mismo puede decirse del lector, supongo, que es una caricatura de lo que hubiese leído, si la vida no fuese tan corta; o de haber tenido la madurez necesaria en el momento preciso. Esta suerte de agonía contra el tiempo es quizá lo que nos obliga a muchos a buscar paralelismos inmediatos entre un libro y la propia vida. Esa búsqueda es también una estrategia de lectura efectiva ante un texto tan cerrado, tan personal, como el diario en que un escritor —o una persona cualquiera— ha decidido preservar su juicio más inmediato sobre la experiencia vivida.

En 1990, mientras Günter Grass escribía De Alemania a Alemania, yo cumplía diez años y acaso fue la primera vez en que tuve conciencia de que algo enorme sucedía. La caída del muro llenó las noticias desde los últimos meses de 1989; a mediados de los noventa, Roger Waters dio un concierto legendario en Berlín y el mundial de fútbol me enseñó que un país podía tener apellidos como (BRD) porque compartir un nombre no siempre significa compartir identidad. De esos agitados meses surgieron el deseo de conocer la historia de aquel país dividido y el sueño que cumplí dieciséis años más tarde: caminar a lo largo de la línea del muro y visitar el cementerio judío en Praga. Ante ese mismo cementerio Grass escribió: «Entre los montones de lápidas hay acacias. Estar allí tres días y dibujar: esas piedras que hablan». Así, mucho antes de que yo pudiera entenderlas o sentirlas, Grass dio voz a las sensaciones complejas, indescriptibles, que me esperaban a la vuelta de los años. Los grandes autores son así, decía George Orwell, te hacen sentir que «[su] mente y la tuya son una sola, que sabe todo acerca de ti aunque nunca haya escuchado tu nombre, que existe un mundo fuera del tiempo y el espacio en el que están unidos».[1]

Orwell hablaba así de James Joyce, yo lo creo de Günter Grass. En 1940, antes del muro y la división, mientras Alemania todavía tenía la apariencia de invencible, Orwell publicó su ensayo Inside the Whale en que reflexiona en torno a la posibilidad de llamar literatura a una obra de programa, con propósito. Después de darle muchas vueltas al asunto, parece concluir —con acostumbrada ironía— que el arte no tiene propósito ideológico y que, si una obra lo tiene, entonces no puede ser arte. Se pregunta qué diablos pueden hacer los escritores en un tiempo en que la fuerza de la historia parecía demostrar la insignificancia del arte y, por consecuencia, de toda experiencia individual. ¿Qué clase de literatura puede escribirse cuando el mundo entero y sus ideologías arrastran a cada individuo sin consideraciones?

Cincuenta años más tarde, al otro lado de la historia, en lo que pareciera el desenlace de ese largo proceso que arrasó con millones de vidas como mera estadística, Grass se enfrenta a las mismas preguntas. La circunstancia, su propia vida, parecen exigirle la escritura de un libro “comprometido” sobre la caída de la cortina de hierro y sus consecuencias para las personas que habitan esos países. Mientras se plantea escribir Malos presagios, como en tantas otras ocasiones, Grass rechaza esa exigencia o tentación y busca escribir una historia sobre habitar en la Historia. Su diario es esa búsqueda: «Hay algo que habla en favor de la forma íntima, porque percibe el acontecer actual de las continuas acciones políticas como desde una distancia filtrada por lo personal».

En De Alemania a Alemania. Diario, 1990, Grass encuentra una tercera vía para hacer literatura, esa con la que acaso soñaba Orwell cuando se imaginó al artista como tripulante de una ballena transparente. No es una obra meramente estética o contemplativa, pero tampoco cede a la fácil tentación de adoptar un programa o una ideología. Grass escribe llevado por las circunstancias, se sabe incapaz de incidir sobre ellas, pero no renuncia a una escritura cargada de anécdotas y reflexiones, no deja de invitar así a otras voces y fuerzas para que, unidas a la suya por la reflexión y la emoción, cambien el rumbo del monstruo. El diario logra lo que Orwell soñaba: «Sea o no una expresión de lo que las personas deberían sentir, logra expresar, bastante de cerca, lo que de hecho, sienten”. Grass, como todos nosotros, reconoce que la literatura no basta para espantar los malos presagios, pero sabe también que en las letras puede esconderse el principio de una solución.

Así por ejemplo, a lo largo del año, comenta una y otra vez lo monstruoso que le parece el modo en que se ejecuta la reunificación: «El proceso de unificación interalemana se está convirtiendo, a falta de ideas y capacidad de conformación política, en un teatro provinciano. Mi interés decrece, y sólo la ira permite la implicación». Su crítica se nutre de la experiencia propia, no pretende ser objetiva, sino filtrarse por lo vivido, lo que está viviendo y la perspectiva de lo que ojalá llegue a escribir. La emoción permite implicarse, más allá de los fracasos políticos y las torceduras ideológicas, es la emoción la que impulsa los primeros pasos en busca de otra vía.

Por otra parte, y aunque la unificación sea su preocupación central, el diario habla de todo, porque el viaje de una Alemania a otra es una experiencia que afecta desde lo más abstracto hasta lo más íntimo: Mientras desespera ante el programa de la política internacional y la amenaza de guerras biológicas que podrían pelearse con gases producidos en Alemania —terrible fantasmagoría del Zyklon B—, el escritor viaja por Alemania ajustando cuentas con su vida durante la guerra: «El azar de mi supervivencia quedó probado aquí en pocos días en distintos lugares. Hoy vuelvo a Berlín en un ferrocarril que aún ostenta el nombre de Reichsbahn». De la suma de su ira ante la circunstancia y el pasado se nutre la novela que intenta escribir; así Malos presagios se concibe desde el presente, imaginando un futuro donde todo ha terminado tan mal como lo temía. De lo más inmediato saca inspiración para dibujar su Madera muerta y asiste, espantado, al resurgimiento del fanatismo en la fatwa declarada contra Salman Rushdie por la publicación de Los versos satánicos. Cada uno de estos eventos hace pensar que el mundo está atrapado en un infierno cíclico. La ballena que habitamos está en una piscina y no puede hacer otra cosa que dar vueltas: «Estoy harto de tener que explicar una y otra vez mi posición entre los ídolos tradicionales de la resignación y la esperanza. Este crónico esperancear camufla toda la visión de las realidades e impide los cambios en profundidad».

Es preciso entonces encontrar otra vía y Grass lo hace al renunciar a categorías como esperanza y resignación que son meras evasiones de la realidad, lo mismo que la literatura y el arte. Escoge llevar un diario porque no quiere escribir con la distancia del historiador o del artista, sino con la pesada carga de ser un individuo con historia, con seres queridos y vecinos. Renuncia a ser el protagonista de su escritura porque se ve reflejado en el pescador del pueblo que ha caído en desgracia a consecuencia de la unificación monetaria. Toma distancia de las nacionalidades cuando la selección de media Alemania se hizo con el tercer campeonato a nombre de todos y sería tan fácil caer en tentación: «No querría ser ni polaco ni alemán, sino dibujar». Hace crítica literaria respecto de la obra de Rushdie sin dejar que los fanatismos o las persecuciones determinen su juicio. Sobre todo, sigue con detalle la manera en que su experiencia matizada de compasión alimenta la obra literaria y pictórica, para devenir en un arte que no tiene por qué ser comprometido, desinteresado, esperanzador o resignado, sólo honesto.

Por todo esto, y por más que el diario sea una de las formas más cerradas de escritura, Grass ofrece en De Alemania a Alemania una obra de armonía y tensión no sólo entre el autor y su tiempo, sino también entre el lector y la palabra: devorados por la ballena pero haciendo lo posible por devolverle el favor a la bestia. En palabras de Orwell: “Aquí hay un mundo entero de cosas que suponías que eran, por su naturaleza, incomunicables, y alguien se las ha ingeniado para comunicarlas”. En eso, parece decir Günter Grass, estriba hacer literatura, así es cómo se cambia al mundo.

[1] Orwell, George. Inside the Whale, 1940. Todas las citas de Orwell provienen de este ensayo que traduzco libremente a partir de la versión que puede encontrarse en www.orwell.ru/library/essays/whale/english/e_itw

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