Historia de un iceberg

«Y entonces, ¿a qué tanta palabrería?»
Augusto Monterroso, La pregunta de siempre

El Escritor se asoma a la baranda y mira a la distancia la cercanía inminente de los témpanos helados. ¿Qué cómo ha llegado aquí? Una larga vida de peregrinajes lo precede, pues no es él un hombre de un solo sitio. Lo acompañan los maestros, las musas, los textos de antaño, una larga lista de lecturas, una aún más larga de experiencias y un humor incontenible que desborda entre sus dientes al reír. ”Maestro”, lo llaman unos; “Erudito”, le gritan otros. Pero él ni los mira. Viaja porque para eso es la vida, porque está dada y algo habrá que hacer con ella, como no sea perderse en el camino.

El témpano que ve ahora el Escritor se llama Su Obra: tiene una forma curiosa, como el cuello de un dinosauro. Le parece que ya lo ha visto antes, como si siempre hubiera estado allí. Como si todavía, pese a saberse anacrónico, desafiando al tiempo y al espacio, se negara a aceptar su extinción. Pero la verdad, que al revelársele al Escritor lo ha hecho sonreír, es que el témpano no es ni anacrónico ni está extinto ni se limita a esa visión como de sueño que él tiene delante. Él sabe ahora, lo recuerda, que Su Obra está afincado muy por debajo de lo que aparenta, y que en el fondo acechan aún más maravillas de las que está dispuesto a aceptar públicamente.

Su historia es la de un hombre, sí, pero también la de una vaca, la de un zorro y la de un burro, la del mono que aprendió a escribir y ahora se pregunta cómo, si es que ha de hacerlo, ha de continuar. Él es la voz de Esopo, la de Borges y la de Virgilio. Es el signo de la brevedad. ¿Y por qué lo llaman escritor? Porque pregunta, porque acecha a la palabra y le lanza sus dardos —raudos como los rayos matutinos, mortales como la apatía, diáfanos como la verdad— para fijarla en la página antes que se le escape, veloz, de la memoria. Porque juega, como el niño, a que las cosas no son como las cuentan sino como nos las contamos. Porque se atreve a cantar la alegre melodía del sinsentido, de la metáfora y la denuncia, de la reflexión, pero sabe que mejor se está oyendo cantar a otros; que la escucha atenta es la semilla de la propia voz.

Lo llaman así porque tampoco hay que estarse nomás oyendo hasta el cansancio, sino que algo hay que hacer con todo eso. Porque se escribe no para exponerse al mundo, sino para que el mundo venga a uno, para que lo acerque cada vez un poco más a sí mismo.

Y por eso viaja. Por eso se embarca, el Escritor, en aventuras como ésta. Para estar más cerca de sí mismo, para ser más fiel a su alma y menos a la de los otros. Para que haya evidencia en este mundo de que un escritor no está en las insulsas tapas de los libros, ni en las monótonas entrevistas, ni en los impares contratos editoriales, ni en las agoreras presentaciones, ni en las páginas de un libro, ni en las pantallas de la televisión, sino en la página en blanco, en el goce de la creación. Porque el Escritor es también un hombre y como hombre ha de hacer algo que le diga que valió la pena, que fue divertido, que aprendió, que se sorprendió, que fue deslumbrante, y que luego, todo, volvió a ser como antes.

Porque el Escritor es único en su género, aunque lo sigan tantos más. ¿Qué si es su nombre verdadero? Claro que lo es, aunque de vez en cuando nos engañe llamándose a sí mismo Tito.

Reseña de Paraíso imperfecto, de Augusto Monterroso, Debolsillo, 2015, 240 páginas.

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