Homenaje a Rafael Ramírez Heredia

Hace diez años que se nos fue Rafael Ramírez Heredia, cuentista y novelista de garra, ingenio, humor e imaginación; sus temas: el bajo mundo, la noche, el ambiente taurino, el amor carnal, las cantinas y centros nocturnos, así como los personajes excéntricos y desclasados que abundan por todo nuestro país. Su detective Ifigenio Clausel era una especie de alter ego de su propia personalidad. Pero llegó el momento en que se vio en la necesidad de abandonarlo para centrarse en problemas de más hondura relacionados con la política nacional y los conflictos sociales que aquejaban a México, como la violencia, el crimen y el azar de la vida, aunque nunca quiso escribir sobre el narcotráfico.

Rafael era un hombre “echado p’alante”, un excepcional amigo, buen colega, generoso y alegre, lleno de vida. Le gustaban el toro, el trago, el cigarro, la música y las mujeres. Era un hombre de gran sagacidad que sabía adelantarse a los problemas, lo cual lo hacía también un hombre sabio. Consejero de muchos políticos y de ideas progresistas, amaba a su país y su historia, a Conchis, su mujer, a sus dos hijas y a sus nietos.

El pequeño relato que acompaña a este homenaje es una manera de recordarlo y de evocar su enorme personalidad.

Bigotón

El hombre que esperaba en la oficina del regente de la Ciudad de México irradiaba energía, astucia y personalidad pese a que era de estatura más bien baja. Pulcro, elegantemente vestido con un blazer azul, camisa amarillo claro, pantalón beige, botines y corbata de seda regimental, lo que llamaba la atención de aquel individuo eran sus negros bigotes zapatistas, la nariz pequeña y chatita, la mirada penetrante, cargada de malicia, de ironía y de chispa, coronada por un par de cejas que simulaban dos sombreritos chinos, uno sobre cada ojo, y que cambiaban según su estado de ánimo. Su cabeza era ovoidal, casi calva, grande en relación con su cuerpo pequeño, magro y correoso.

Transcurrida la junta con el regente y antes de recoger su coche decidió pasar a una cantina cercana a tomarse una copita de jerez y llamar a su esposa, pues tenían una cena a las nueve de la noche y quería avisarle que iba retrasado. Él odiaba profundamente los celulares y se había negado reiteradamente a cargar uno, así que, ni modo, tenía que depender de los teléfonos públicos de la ciudad, siempre ocupados, descompuestos, vandalizados o mutilados. Se sentó en la barra, pidió su jerez y preguntó por el teléfono. El cantinero le sirvió su copa y señaló hacia una esquina, donde un tipo se encontraba hablando. Consultó su reloj: eran más de las ocho y le llevaría cerca de una hora llegar a casa. No obstante, decidió tomar las cosas con calma y beberse tranquilamente su jerez mientras el tipo aquél desocupaba el teléfono. Apuró su copa, pidió la cuenta, pagó y, como el tipo seguía hablando, optó por acercarse a él y hacerle una seña tocándose el reloj con un dedo y levantando los sombreritos chinos en señal de amonestación como diciendo “apúrate manito, que no tengo tu tiempo”.

—¡Qué te traes hijo de la chingada, quién te sientes para andarme apurando así! ¡Si necesitas con tanta prisa un pinche teléfono lárgate a otro lado, pues éste de aquí lo estoy utilizando yo, así que vete al carajo antes de que te partamos toda tu madre, pendejo de mierda! —le espetó apoyado por cuatro o cinco tipos más que lo empezaron a rodear.

Los sombreritos chinos se levantaron como rayos y centellas en son de furia y mirándolo a los ojos contestó:

—¡Cálmate, cabrón! ¡Si ya llevas más de media hora y éste es un teléfono público!

—¡Me vale madres, ojete! ¡Así que o te largas o te lleva la chingada!

Sin bajar los sombreritos llenos de furia recorrió a los tipos con la vista. Desafiantes, le aguantaron la mirada y al notar que lo tenían rodeado optó por retirarse para evitar que le pusieran la putiza de su vida. Encabronado y frustrado ante la expresión burlona de los demás, con el corazón palpitándole de rabia caminó hacia el estacionamiento donde había dejado el coche. Al llegar se encontró con el capitán Mandujano, el Negro y el resto de la escolta esperando al regente, que seguía ocupado.

—¿Qué pasó mi pinche Bigotón, por qué con esa cara? —le preguntó el Negro.

—Acabo de tener un pinche pedo con unos cabrones en una cantina…

—A ver, a ver, ¿qué pasó? —intervino Mandujano—. ¿Cómo que un pedo?

—Sí, un ojete que se encabronó porque le pedí el teléfono, y me echaron montón.

—¿Cuántos eran?

—Como cinco…

—A ver, vamos a ver qué tan machitos son…

El Bigotón entró por delante y abrió las puertas. El tipo del teléfono ya había acabado de hablar y se encontraba sentado en una mesa bebiendo con sus secuaces, muertos de risa. Al ver al Bigotón acompañado de los guaruras palideció.

—¿Cuál fue? —preguntó Mandujano.

Los sombreritos chinos señalaron al tipo.

Mandujano avanzó con paso desafiante, seguido muy de cerca por el Negro y el resto de la escolta.

Se acercó al tipo, lo cogió de las solapas, lo levantó en vilo y le dijo:

—¡A ver, hijo de tu chingada madre! ¡Repítele aquí al Bigotón lo que le dijiste hace rato!

La mesa quedó rodeada por la escolta, obviamente armada, aunque ninguno había sacado un arma. Nadie se movió. Los pocos parroquianos que había en la cantina permanecieron sentados, con la vista baja; el cantinero miraba de soslayo lo que ocurría.

—¡Discúlpame, mano, es que me reclamaste de manera bien pinche!

La bofetada de Mandujano resonó por el recinto sin que nadie se inmutara.

—¡Eres un culero, como todos los de tu calaña! —gritó.

La mirada del tipo quedó toda vidriada, la mejilla inflamada, roja, con la manaza de Mandujano estampada sobre el lado izquierdo del rostro.

—¡Pídele perdón…! ¡Pero de rodillas, pendejo!

—Perdóname, manito, lo que pasa es que me aceleré —dijo con ambas rodillas sobre el piso.

—Así son todos estos cabrones que se las dan de muy machitos. ¡Vámonos, que este pinche tugurio apesta a meados y se ve que es para puros putos! —dijo Mandujano desafiante mientras salían en grupo rodeando al Bigotón.

Llegaron al estacionamiento y se despidieron entre risas y comentarios para dirigirse al edificio a seguir esperando al regente.

—¡Pa’ que sepan con quién se meten, chingao!—exclamó el Negro como comentario final del incidente, muerto de risa.

Antes de pedir el coche en el estacionamiento, el hombre de los bigotes se dijo a sí mismo: “Puta madre: qué culero soy. Me porté igual de mierda que ellos conmigo.”

Sin pensarlo demasiado regresó a la cantina. Solo. Al verlo entrar, el tipo del teléfono permaneció sentado en su mesa, observándolo sin saber qué esperar, con el rostro inflamado. El de los bigotes se acercó y de pie, solo y frente a todos los secuaces, lo encaró con los sombreritos chinos contritos y en tono pacífico:

—¿Sabes qué? Ahora soy yo el que viene a pedirte una disculpa por lo que acaba de pasar.

El tipo no supo si el Bigotón hablaba en serio o se trataba de una provocación más. El Bigotón le tendió la mano. Con desconfianza, el otro la tomó y se la estrechó.

—Buenas noches —dijo finalmente el hombre de los bigotes y abandonó la cantina caminando con su parsimonia acostumbrada y sin que nadie se moviera de su lugar ni hiciera el más mínimo aspaviento.

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