Horacio Quiroga: el novio de la muerte

Hay quienes dicen que sólo la tragedia puede engendrar el arte. Que sólo las almas más atormentadas pueden dar vida a las obras más complejas y sublimes que los demás sólo podemos aspirar a contemplar, ya no digamos comprender. Y quizá sea cierto, al menos en el caso de Horacio Quiroga.

El autor de Cuentos de amor de locura y de muerte tuvo una vida marcada por la muerte y el suicidio. Sólo por mencionar los hechos más dramáticos, su padre se mató accidentalmente con una escopeta cuando volvía del campo, justo frente a su esposa quien portaba al pequeño Horacio, de dos meses, aún en brazos; su padrastro, el segundo marido de su madre, se suicidaría años después al comprender que no escaparía de la enfermedad que lo consumía, en el momento preciso en que el joven Quiroga, entonces de 18 años, entraba en la habitación; su primera esposa se suicidó, en un proceso que duró días de agonía, harta de lo que para ella era un encierro y para Quiroga el Paraíso terrenal: la selva.

Pero quizá una de las etapas más funestas de su vida fue el año en que dos de sus hermanos murieron tras contagiarse de fiebre tifoidea y él pisó la cárcel por el homicidio —accidental, por supuesto— de su amigo Federico Ferrando, junto a quien fundó el Consistorio del Gay Saber. La historia es singular y absurdamente trágica: Germán Papini y Zas (les juro que es su nombre real) fue un escritor y crítico literario particularmente mordaz, quien llegó a incomodar a mucha gente con los textos provocadores que publicaba en el diario uruguayo La Tribuna Popular. Muchos de los aludidos llegaron al grado de retarlo a duelo —hoy bastaría ventilar sus trapos sucios en las redes sociales, pero qué le vamos a hacer—. Tal fue el caso de Ferrando, a quien Papini trató de ladrón.

Como era de esperarse, Federico acudió a su mejor amigo para consultarlo sobre su decisión. Horacio no quería hacerlo desistir del duelo, pues el honor de su amigo estaba en juego y quizá le pareció que Papini merecía que lo pusieran en su lugar, así que lo animó lo mejor que pudo y se ofreció a limpiar y ajustar el revólver que usaría en el duelo —además de escritor, Quiroga era bastante diestro con las herramientas, e incluso llegó a construirse una embarcación, la “Gaviota”, con la que navegó más de 1000 kilómetros entre Misiones y Buenos Aires—, para asegurarse de que estaría en perfectas condiciones. Hizo tan buen trabajo, que mientras revisaba el arma, limpia y cargada, ésta se disparó y la bala impactó directamente en el rostro de Ferrando, matándolo al instante. El autor de Cuentos de la selva fue apresado por cuatro días mientras se realizaba la investigación, que finalmente lo demostró inocente, pero la culpa se quedaría con él por mucho tiempo.

Claro que este es sólo un ejemplo de lo importante que puede ser el azar para marcar la vida de una persona, pero si algo refleja Quiroga en sus cuentos es precisamente la actitud desolada del alma humana ante la victoria de la naturaleza, esencialmente inmutable por nuestras acciones; muchos de ellos nos narran muertes accidentales, en soledad, con sólo la naturaleza impasible por testigo (“El alambrón de púas”, “A la deriva”), y otros son simplemente trágicos sin que lleguemos a entender del todo lo que causa esa sensación de incomodidad (“La gallina degollada”). Pero al menos él pudo escoger su muerte: luego de que se le detectara cáncer de próstata, de liberar a un enfermo que era tratado como un monstruo —Vicente Batistessa, un paciente con severas deformidades corporales que lo asemejaban al infausto Joseph Merrick— y de dar un breve paseo por el parque, tomó una dosis de cianuro y murió con la tranquilidad de quien se arroja a los brazos tan ansiados de un amante.

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