Indagar y escribir con Enrique Vila-Matas

Cada año el anuncio del Premio Nobel ilumina varios nombres. Mientras que las editoriales se preparan para vender y los críticos para comentar, el público nuevamente se pregunta qué se está haciendo en la literatura y por qué importa. Es decir, independientemente del impacto social y económico que pueda causar el nombre y la nacionalidad del ganador, lo que importa es la obra que deja y lo que ésta pone en evidencia. Hoy escojo como mi posible ganador al escritor catalán Enrique Vila-Matas, pero antes de decir por qué tengo que contar la historia de cómo lo conocí.

En septiembre del 2014, durante mi intercambio en Santiago de Chile, fui a una entrevista abierta hecha por Rodrigo Pinto a Enrique Vila-Matas en la biblioteca de la Universidad Diego Portales. Nunca lo había leído pero su nombre estaba apuntado en mi lista de recomendaciones desde hace tiempo. Esa noche compré Recuerdos inventados (1994), libro que el autor me autografió amablemente con un dibujo de Batman. Un mes después —había leído tan solo veinte páginas— me lo robaron.

Pasó el tiempo y compré otro, esta vez una novela: Bartleby y compañía (2000), que empecé a leer en un autobús. En algún punto del viaje, decidí tomar una siesta y la guardé en una bolsa que puse debajo del asiento. Cuando desperté, la novela había desaparecido. Esto parecía una broma del destino; tal vez no era momento de leer a Vila-Matas.  Aunque fue bastante raro, no le di mucho seguimiento a la idea y decidí mantener el nombre del autor en mi lista de recomendaciones hasta que llegara un buen timing para leerlo.

El primer libro que leí del autor y disfruté de principio a fin fue París no se acaba nunca (2004). El narrador de la novela —una de las muchas personalidades de Enrique Vila-Matas— hace una revisión irónica de su juventud en París donde nos cuenta el golpe de realidad que vivió al darse cuenta de que la vida parisina para un aspirante a escritor no era como creía.

Mientras juega con su propio recuerdo, el narrador deja ver al joven desesperado y solitario que fue, pero que también, de cierta forma, permanece. Uno no puede dejar de preguntarse qué tanto el narrador oculta, muestra o inventa al joven Enrique Vila-Matas y al —no tan joven— Enrique Vila-Matas autor que escribe la novela. Es decir, de quién es realmente la voz en primera persona.

En la introducción de En un lugar solitario el autor habla de su escritura. Dice que en ésta hay una necesidad por ocultarse y mostrarse al mismo tiempo: “Nada me molestaría más que saber quién soy, aunque la tensión de mi escritura procede de ahí, pues viene siempre de la empecinada, casi obsesiva, búsqueda de mi identidad más única, también la más próxima a la ficción, aunque al mismo tiempo, paradójicamente, la más cercana a la verdad” (14). Para Vila-Matas, la identidad es algo imposible de asir o de plasmar y la escritura es una forma de indagar en el laberinto de uno mismo.

Poco tiempo después, decidí leer Dublinesca (2010). Para mi sorpresa, la novela se complementa misteriosamente con París no se acaba nunca y con la idea de que la escritura es una herramienta de indagación. Tal vez, el destino quería que leyera a Vila-Matas en este orden por alguna razón.

Dublinesca es una novela que narra puntualmente todas las acciones y pensamientos del editor recién retirado Samuel Riba durante tres meses de su vida. En un presente continuo, el narrador nos muestra el estado anímico de Riba y los recurrentes pensamientos que ocupan su mente: el cierre de su editorial y todos los lutos que esto conlleva, incluyendo el fin de sí mismo como editor; el distanciamiento con su esposa Celia y su miedo a perderla; y un sueño premonitorio en el que camina borracho por Dublín totalmente acabado tras haber recaído en la bebida después de años de sobriedad.

Todos estos pensamientos cobran importancia cuando Riba, inesperadamente, decide hacer un viaje a Dublín el 16 de julio para celebrar el Bloomsday, rendir homenaje a Joyce y celebrar el funeral de la era de Gutenberg. Al principio, lo que parece un simple ensimismamiento se comienza a convertir en un estado paranoico donde Riba se da cuenta de que es arrastrado por el destino de la pluma de alguien más.

Samuel Riba de pronto se hace consciente de su soledad, su aparente fin y su deseo incontrolable por ser alguien, por sentirse alguien. “Riba ha leído en su vida lo suficiente como para saber que cuando tratamos de comprender la vida mental de otro hombre nos damos cuenta muy de pronto cuán incomprensible, cambiantes y brumosos son los seres que comparten con nosotros e mundo. Es como si la soledad fuera una condición absoluta e insuperable de la existencia” (242).

Después de leer ambas novelas he de admitir que me siento un poco contagiada del solitario y ensimismado Riba y del irónico y desesperado Enrique Vila- Matas parisino. El diálogo que podría haber entre ambos se hace posible en mi yo lector. Y no puedo más que hacer una afirmación seguida de una pregunta: en la lectura, o encontramos motivos para acercarnos a nuestra propia vida o encontramos motivos para distanciarnos de ella y entonces, nos convertimos en un receptáculo de acontecimientos que coinciden. Eso que llamamos destino, ¿no es nuestra propia búsqueda por hacer coincidir situaciones en nosotros? Y eso que llamamos identidad, ¿no es siempre una mentira de la cual deberíamos escapar para ser siempre indefinidamente?

Ahora entiendo menos de la vida que antes, pero por lo menos hay una sensación de que las cosas pasaron como tenían que pasar. Como si los acontecimientos hubieran estado preconcebidos para que finalmente leyera de esta forma y escribiera ahora mismo sobre Enrique Vila- Matas. En un mundo en donde todos buscan un sentido y una identidad para quedarse y ser ahí, el autor hace evidente que la literatura es la vida que nunca se acaba, el lugar en donde nunca seremos solo uno, pero en donde de pronto nos reconocemos en el centro del mundo, en el centro de nosotros mismos, por unos instantes. Y nos perdemos nuevamente.

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