folder Publicado en Reseñas
José Agustín y el 68: el relato tardío de una época
David Velázquez comment 0 Comentarios access_time 6 min de lectura

A José Agustín el movimiento estudiantil del 68 le pasó de lado. No es que no se haya involucrado en la protesta, o que no se haya identificado con el movimiento, sino que simplemente lo vivió desde fuera, más como parte del paisaje histórico que le tocaba vivir que como un componente de su identidad política. Sin llegar al fanatismo comunista de muchos jóvenes y líderes del 68 mexicano, para quienes Marx y Engels eran los santos patronos de la transformación cultural y social de aquel año, José Agustín fue un observador reflexivo de su entorno antes que un militante activo de ninguna corriente política. Lo que es más, el autor de Inventando que sueño, el libro de cuentos que publicó a los 24 años en 1968, estaba en esas fechas más interesado en la exploración de las drogas y el rocanrol que en las convulsiones sociales. Su verdadera militancia estaba en el espíritu, en los secretos del I Ching, el tarot y los alucinógenos: las puertas de la percepción.

Porque José Agustín puede renegar de muchos adjetivos que con el tiempo, como milagritos, se le han ido colgado, pero el de viajero cósmico se lo llevará a la tumba. Tanto así que cuando a comienzos de los setenta pisó la cárcel de Lecumberri, en la que coincidió con José Revueltas y otros militantes del 68 mexicano, no fue por su ideología política, sino por portación de drogas ilegales (léase “mariguana”), y de paso le alcanzó hasta para escribir la mejor novela mexicana que se ha escrito sobre drogas: Se está haciendo tarde (final en laguna).

Estaba en esos años en su plenitud narrativa, y era reconocido como el escritor más talentoso de esa generación “sin nombre”, como él ha dicho. Ya habría tiempo de probarlo, pero en ese momento él sólo estaba disfrutando del gran sueño, uno que su incansable imaginación no cesaba de alimentar, para regocijo de sus miles de lectores. Como Vicente Leñero señaló alguna vez, no era por aquella época más que “un chavo desmadroso, un muchacho latoso, deshinibido, incontrolable”. Pero precisamente por eso fue capaz de captar como nadie el espíritu de una época, como ha dicho Gerardo Estrada: “[José Agustín] dio voz literaria a nuestras angustias, alegrías, temores así como a frustraciones y sueños”.

Cuando, finalmente, en 2014 salió a la luz su tan esperada novela sobre el 68, él mismo afirmó:

El que vivió esta época tiene otros ángulos de dónde disfrutar la novela, pero la idea principal era tratar de reproducir la época en un contexto más social, que el lector que no conoció la época sepa cómo fue y tenga la ambientación necesaria para que no se sienta a disgusto, y transcurra por la historia sin decir que aquí se observan a una bola de viejitos añorando sus tiempos.

En ella, que es también un homenaje velado a la película Casablanca, las agitaciones de aquel año, ya de por sí convulso, nos son presentadas a través de la relación atormentada entre un célebre chef, Dioniso, quien administra junto a su socio uno de los restaurantes preferidos de la clase alta de la época, y el amor de su vida, una guerrillera en constante fuga quien le pide que la ayude a ocultar a su actual marido, nada más y nada menos que el reverenciado escritor José Cordero. Éste resulta ser el ideólogo dipsómano del movimiento estudiantil, a quien la policía, encarnada en Ernesto, socio de Dionisio y exagente recién ascendido a secretario particular del procurador de justicia, busca para encerrarlo y dejar al movimiento estudiantil sin cabeza.

Poco a poco, con un ritmo constante y una ambientación casi siempre íntima, vamos conociendo el entramado de relaciones de cada uno, en un escenario de traiciones, amistades, gastronomía, amores e ideología que pinta a los personajes a través de sus acciones, y no por mera descripción. Las contradicciones son inevitables, y la duda generará conflictos que mantendrán la novela en marcha hasta el final. Se impone la dimensión humana, las tribulaciones que se viven cuando no está en juego sólo uno mismo, sino sus seres más queridos y la oportunidad de alcanzar un anhelo largamente añorado. José Agustín muestra en esta novela una sincera intención de crear una obra más universal, más accesible, en oposición a los juegos narrativos y formales con los que experimentó tanto en sus primeros años. Se conserva la dimensión metamórfica del lenguaje, su jovialidad y la sorpresa de sus retruécanos, albures y tropos, pero la sencillez y la honestidad de su trama mantienen el todo perfectamente acoplado para disfrute de los lectores menos acostumbrados al estilo de sus primeros textos.

Como resultado, gozamos de una novela sin pretensiones, divertida, álgida y trepidante, que retrata en primer plano la congoja de un corazón herido cuando cree tener la oportunidad de alcanzar su objeto de deseo; pero también, al correr la cortina, accedemos en ella a la radiografía emocional y social de una década y un año en particular marcados por una profunda agitación, no sólo política sino principalmente cultural, y un homenaje casi sutil a una de las figuras más preclaras de la literatura nacional: José Revueltas, quien a decir de José Agustín “supo ver la profundidad e importancia del movimiento estudiantil”.

La invitación final para los lectores contemporáneos es a reflexionar sobre esta importancia, no sólo a través de Armablanca, sino en todo lo que se ha escrito a lo largo de estos cincuenta años: ¿qué fue lo que realmente nos legó el 68?

Reseña de Armablanca, de José Agustín, Debolsillo, septiembre de 2014, 256 pp.

Fotografías: Canal Once

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Cancelar Publicar comentario

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.