Joseph Conrad

A los diecisiete años abandonó los estudios para enrolarse en la marina mercante francesa. Vivió una vida aventurera, zarpando de Marsella y viéndose envuelto en tráfico de armas y conspiraciones políticas. A los 21 años había ya aprendido inglés, lengua en la que escribiría todas sus obras. Tras varios intentos, consiguió aprobar el examen de capitán de barco y finalmente obtuvo la nacionalidad británica en 1884. Conrad comenzó a escribir hasta 1889, en que dio inicio a La locura de Almayer (1895), que no terminaría hasta cinco años después, durante los cuales aún continuó navegando, actividad que abandonó definitivamente en 1894; más adelante, escribió El negro del Narciso (1897) y Lord Jim (1900). El éxito tardó en aparecer; fue con Chance (1912), de la que se vendieron más de 13.000 ejemplares en dos años, pese a que desde el principio sus libros fueron bien recibidos por la crítica.
Aunque la mayor parte de sus narraciones tienen como telón de fondo la vida en el mar y los viajes a puertos extranjeros, la suya no es una literatura de viajes en sentido estricto. Éstos constituyen, para Conrad, el ámbito en el que se desarrolla la lucha de los individuos entre el bien y el mal, el escenario en el que se proyectan sus obsesiones y, en particular, su soledad, su escisión y el desarraigo.
Del prólogo de El corazón de las tinieblas (Mondadori, 2013), esta cita de Conrad acerca del arte de la escritura:

¿No se te ocurrió mi querido Curle, que yo sabía exactamente lo que estaba haciendo al dejar los hechos de mi vida y aun de mis relatos en segundo plano? La explicitud, mi querido amigo, es fatal para el encanto de toda obra de arte, pues le roba toda capacidad de incitar, destruye toda ilusión. Pareces creer en la literalidad y la explicitud en los hechos y también en la expresión. Y sin embargo, nada es más claro que la completa insignificacia de las declaraciones explícitas, y también su poder de apartar la atención de las cosas que importan en la región del arte.

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