Jugaremos a las sillas

A quienes seguimos- casi religiosamente- la política y creemos que somos conocedores de las intenciones y capacidades de los actores de nuestra realidad mexicana, nos surgen dudas cuyas respuestas reales sólo son imaginables en un mundo novelesco. Por ejemplo, nos cuestionamos por la existencia de los militantes políticos chapulines, pero adivinamos que sus saltos tienen que ver más con retribuciones monetarias que ideológicas y sociales, aunque esto nunca se explicite. También damos por hecho que todos los políticos quieren sólo una cosa, el poder; o que siempre quisieron llegar a éste para tener acceso al erario público en beneficio propio; sin embargo, olvidamos que algún día, tal vez, tuvieron convicciones, buenos deseos y el sueño de cambiar a México.

Carlos Fuentes, en una maravillosa obra de género epistolar, y con grandes tintes de sarcasmo, nos muestra el otro lado de la moneda, la caja negra, lo que no se ve a la luz del día, sino sólo en la obscuridad de la conciencia de cada uno de los personajes políticos. A los seguidores asiduos de la política, nos explica, por ejemplo, cuáles podrían ser las funciones reales de una operadora política, aquella persona que está presente en todo, pero que no sabemos realmente cuál es su papel o su propósito. No obstante, es clave en las relaciones políticas, movimientos estratégicos, alianzas clave, etc. Se podría pensar en un Salinas de Gortari en el PRI años después de su presidencia, en un Diego Fernández de Cevallos en el PAN sin tener un cargo público específico o incluso en un Andrés Manuel López Obrador en la izquierda mexicana después de sus dos elecciones perdidas.

En el escenario semi-ficticio de Fuentes, la operadora política lleva el nombre de María del Rosario Galván, una mujer intensa, a quien le gusta presumir su hambre de poder y que, además apuesta todo por la debilidad de las pasiones carnales de los hombres de la política tomando ventaja de su irradiante sexualidad.  Una mujer que conquista al joven, apuesto y perspicaz Nicolás Valdivia con la única intención de persuadirlo y moldearlo para obtener algo para ella misma. Desde el primer momento de la novela en cuestión, la sagacidad con que el autor maneja las personalidades de cada uno de los personajes captura al lector, obliga en cierto modo a querer ponerle una cara conocida a cada uno, como al jefe de gabinete lambiscón Tácito de la Canal, al severo y cruel jefe de la policía Federal el General Cícero Azurra o bien, a la inteligente, discreta y oportuna diputada Paulina Tardegrada.

A dos años del tiempo proyectado en La Silla del Águila (2020), pareciera que el escenario que plantea Fuentes no es totalmente ajeno a lo que se vive al día de hoy. El sarcasmo con el que maneja las situaciones, tiene un motivo, pues es tan sólo la representación de los acontecimientos cotidianos que en este país se viven, en donde la política evidencia la corrupción, la represión social y el cinismo de los gobernantes por obtener el poder y el enriquecimiento a costa de los recursos públicos. Lo describe de manera muy atinada el personaje joven estrella Nicolás Valdivia con la siguiente frase: “Tenemos dos reglas de oro para la política mexicana. Una es benigna: la no-reelección. Otra es más severa: el exilio. Pero la razón es la misma: todo malhechor es reincidente, mi joven amigo”, reconociendo así el carácter cíclico de las acciones malignas de los políticos.

A lo largo del texto, el lector se puede encontrar con atinadas argumentaciones, citas congruentes de teoría política y menciones apropiadas de filósofos y teóricos políticos. El autor demuestra su amplio conocimiento de teoría política y hace un adecuado análisis crítico a la realpolitik y a la forma tan torpe de la pragmática mexicana.

En esta novela literaria de corte político, Fuentes destaca la lucha por el poder siempre presente en los escenarios de la política, los hábitos de los actores de dicha arena que se desenvuelven en una trama de negociaciones, traiciones, esperanza, idealismo y sorprendentes avistamientos de reflexiones éticas que sólo se presentan en los momentos más débiles de los personajes. El estilo epistolar hace aún más enigmática la trama pues el rumbo de cada historia que se cuenta es siempre distinto al que se asume y el desenlace es digno de un cuento de detectives muy a la Sherlock Holmes.

Entre tanta realidad y sarcasmo, Fuentes nos lega la reflexión y la crítica. Introduce una idea macabra pero no desatinada: la perpetuidad en el poder por la vía legal. A quince años de la primera publicación de La Silla del Águila, y con elecciones a la vuelta de la esquina, no queda más que cuestionarse sobre el rumbo de una sociedad que asume, adivina y en ocasiones atina sobre las acciones de los políticos aún sin actuar, sin protestar y sin cambiar.

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