Julien Gracq

Sus recuerdos en el liceo los volcaría en La forme d’une ville (1985). Residente en París a partir de 1928, entró en la Escuela Normal Superior donde descubrió a Wagner y el surrealismo. Decidió especializarse en geografía y se dedicó a la enseñanza hasta su jubilación, en 1970. Fue militante comunista entre 1936 y 1939, pero rompió con el partido a raíz del pacto germano-soviético y se alejó de todo compromiso político. En 1938 publicó su primer libro, Au château d´Argol, obra emparentada a la vez con el surrealismo y con el género “gótico”, que contó con la calurosa acogida de André Breton. Movilizado durante la Segunda Guerra Mundial, publicó en 1945 Un beau ténébreux, que le acarreó gran popularidad. Si bien su obra está muy cerca del surrealismo, Gracq no formó nunca parte del grupo, pero mantuvo una actitud de simpatía por sus objetivos y de admiración por Breton. En 1949 se estrenó su pieza Le Roi pêcheur, intento teatral que tuvo poco éxito. Con La littérature à l’estomac (1950) el autor arremetió contra la comercialización de la literatura y los jurados de los premios literarios; la polémica suscitada no fue obstáculo para que al año siguiente le fuese asignado el Premio Goncourt, que él, naturalmente, rechazó por coherencia con su actitud.
Escribe Enrique Vila-Matas acerca del autor:

Pienso en aquello que Tolstói dice de Napoleón y que Julien Gracq transcribe en A lo largo del camino: “Con un gran tacto y una gran experiencia, con calma y dignidad, cumplió su papel de jefe imaginario”. Podríamos perfectamente aplicarlo al propio Gracq, último clásico de la literatura francesa. Que lo sea no equivale a que sea una estatua de mármol del panteón de los ilustres. Es más, si nos acercamos a su mejor novela, El mar de las Sirtes, nos llevaremos una sorpresa cuando, en lugar de resonancias decimonónicas, percibamos el vigor moderno de una fábula que no sólo se acopla perfectamente al aire de nuestro tiempo, sino que se alinea con las tendencias más exquisitas o renovadoras de la narrativa de estos comienzos de siglo. Porque El mar de las Sirtes no sólo contiene la belleza extrema de cierta modernidad, sino que, además -como el enigmático volcán Tängri, que una madrugada lunar despega del horizonte en el séptimo capítulo-, se proyecta con sombra inquietante en el panorama de las novelas futuras.
(El País, 2008)

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