Capítulo 1: Una novela criminal

La aguja y el pajar

La mejor manera de empezar una historia es con otra. Para narrar el caso de Israel Vallarta y Florence
Cassez, los protagonistas de esta novela documental o de esta novela sin ficción, debo dirigir la mirada hacia un personaje en apariencia secundario: su nombre es Valeria Cheja, acaba de cumplir 18 años y estudia en una preparatoria privada de la Ciudad de México. Una adolescente de clase media como tantas: vanidosa, fiestera, ávida de mundo. Observémosla la mañana del 31 de agosto de 2005: el cabello negro, la camiseta blanca y los pants azules con jaspes también blancos del uniforme. Valeria suele pasar por sus amigas en el Seat rojo que le regalaron sus padres, pero hoy debe exponer en su primera clase y prefiere marcharse sola, consciente de que cada mañana la Ciudad de México se transforma en un campo de batalla donde millones de automovilistas se rebasan y amontonan en filas interminables a una velocidad que rara vez excede los veinte kilómetros por hora.

El aire fresco golpea su rostro cuando, cerca de las 07:40, sale al patio, arroja su mochila en el asiento del copiloto, toma su lugar frente al volante y enciende el motor. Entre su casa y el Colegio Vermont median unos veinte kilómetros y Valeria sabe que, si no se da prisa, el trayecto puede tomarle el doble de tiempo. La joven toma San Francisco Culhuacán y, poco antes de doblar hacia Taxqueña, un Volvo blanco se detiene frente a ella. La joven supone que el conductor ha sufrido una avería y frena en seco; por el retrovisor se percata de que una camioneta negra bloquea el paso a sus espaldas. El susto apenas le permite distinguir a los dos enmascarados que descienden del automóvil. Uno de ellos estrella la ventanilla de su lado izquierdo, le grita que no se mueva y la amenaza con una pistola, en tanto el otro la obliga a pasarse al asiento trasero del vehículo y se acomoda al volante; un tercer sujeto aborda la van negra.

Valeria se da cuenta de que el primero es el jefe de la banda, pues los demás se limitan a seguir sus instrucciones. Cuando el Volvo arranca de nuevo, éste le ordena quedarse callada y el sujeto a su lado la obliga a sumir el rostro en el asiento. El Seat avanza unos metros, gira en una callejuela y se estaciona. Uno de sus captores le cubre la cabeza con una manta, la obliga a bajar y la trepa en la camioneta sin ventanas; finalizado el trasiego, los tres vehículos se ponen otra vez en marcha. Asfixiada por el roce de la cobija, a la joven se le ocurre balbucir que está a punto de sufrir un ataque de asma. Los secuestradores le quitan la manta del rostro y le preguntan si necesita alguna medicina.

“Me dan miedo las armas”, se justifica Valeria, fingiendo que se ahoga.

“No te preocupes, las vamos a esconder”, responden sus captores y guardan rifles y pistolas debajo del asiento.

No será la primera vez que Valeria se valga de su astucia para obtener concesiones de sus secuestradores. Al cabo de diez minutos, la camioneta aminora la velocidad, da un rápido giro, atraviesa una verja —la joven escucha el rechinido de un portón metálico— y se estaciona en un patio interior. Los secuestradores la cargan en hombros, la introducen en la propiedad y la depositan en una incómoda silla de madera. El jefe de la banda, a quien los demás llaman Patrón, le pregunta  cuánto dinero cree que su familia podría pagar como rescate. Pese al aturdimiento, Valeria inventa que Mayco Diseños, la empresa textil de su madre, atraviesa por severas dificultades económicas y le explica al Patrón que está sometida a un par de auditorías del Seguro Social y de Hacienda.

El secuestrador le exige entonces su celular; Valeria rebusca en su bolsillo y le entrega el Nextel que le regaló su madre.

Son las 07:50.

“Márcale a tu mamá”, ordena el Patrón. Laura Maya Tinajero apenas tarda en contestar. “Estoy bien, no te preocupes”, alcanza a musitar Valeria antes de que el Patrón le arrebate el aparato.

El secuestrador le explica a Laura que tienen a su hija en su poder, pero que nada va a pasarle si coopera con ellos; le ordena no dar aviso a la policía, le comenta que Valeria lo ha puesto al tanto de los problemas de la empresa y le pregunta qué cantidad estaría dispuesta a pagar por su libertad. Sin saber qué hacer, Laura confirma la mentira y alega carecer de efectivo. El Patrón le exige diez millones de pesos.

“¿Cuál es el nombre de su padre, doña Laura?”, le pregunta. Tomada por sorpresa, Laura responde que se llama Humberto. “A partir de ahora tiene que llamarme así”, le indica el Patrón antes de cortar la llamada.

Cerca de las 08:00, el secuestrador vuelve a marcarle a Laura para saber si ya tiene idea del monto que será capaz de reunir. Más flexible, le propone una rebaja de cinco millones.

Valeria, entretanto, ha permanecido inmóvil en la silla. Alguien le retira la manta de la cabeza y ella siente cómo le acomodan el cabello, le colocan una borla de algodón en cada ojo y proceden a vendarla. Poco después la trasladan a uno de los sillones de la sala, un poco más mullido.

A las 10:45, el Patrón le llama otra vez a su madre para indicarle dónde se encuentra el Seat de Valeria. Laura le ordena a un empleado de la empresa que vaya a recogerlo y, sin atender las indicaciones de los secuestradores, pide ayuda a la policía. Hacia las 11:00 se presenta en su domicilio la agente Murgui, de la Dirección de Análisis Técnico de la Procuraduría General de la República; acostumbrada a este tipo de crisis, lleva consigo un maletín con una grabadora, un teléfono y un identificador de llamadas. Desde ese momento, la agente acude a diario a su casa para aconsejarla; también se entrevista con el padre de Valeria, el empresario judío Benjamín Cheja, y con la madre de Laura.

Para tranquilizar a Valeria, el Patrón le explica que son profesionales y le adelanta que, si su familia hace lo que piden, quedará libre en poco tiempo. También le explica que están arreglando su cuarto y que deberá esperar a que esté listo; Valeria finge mostrarse comprensiva y le dice que entiende que todo el mundo debe buscarse una forma de ganarse la vida. Pasa varias horas allí, sentada y vendada, oyendo las voces de los comentaristas televisivos y las conversaciones y movimientos de sus captores. “Aquí han estado políticos súper importantes”, le presume el Patrón, “empresarios y gente así.”

Un escalofrío recorre la espalda de Valeria. “¿Y no han matado a nadie?”, cuestiona. “Hace tiempo tuvimos a un señor casado, con un hijo”, le contesta el Patrón para amedrentarla y le cuenta que pidieron mucho dinero por su rescate y al final el hijo ofreció un millón de pesos. “Por esa cantidad preferimos matarlo.” También le revela que en otra ocasión tuvieron en su poder a una niña (“como de tu edad”), hija de un político importante. El padre confesó que, si bien sería capaz de reunir el dinero del rescate, no tendría modo de justificarlo ante la prensa. “Y entonces también tuvimos que matarla.”

Dejando atrás este tono macabro, el Patrón vuelve a interrogarla sobre las propiedades de su familia y Valeria reitera la misma historia de problemas financieros. El líder de la banda le confiesa que la seguían desde hacía un mes y que pertenecen a la banda que la detuvo en el Periférico el viernes anterior. Valeria recuerda que esa tarde unos sujetos le impidieron el paso, pero, como iba con un grupo de amigos, los dejaron ir luego de revisar sus papeles.

Horas más tarde, los secuestradores depositan un plato de comida sobre la mesa; Valeria apenas prueba bocado mientras el Patrón continúa el interrogatorio. Ella escucha cómo los demás se sientan a comer y pide permiso para ir al baño. Otro de los captores la acompaña a la planta alta; en el camino ella repara en el desnivel entre el comedor y el pasillo y por debajo de la venda entrevé los mosaicos azules del piso.

Por la noche la trasladan a otro cuarto y, un poco más tarde, a la que será su habitación durante el resto de su encierro, en la planta alta. El Patrón le explica que puede quitarse la venda cuando ellos no estén, pero que cada vez que toquen a la puerta deberá colocarse contra la pared con una almohada o las sábanas sobre la cabeza. Además del colchón, Valeria encuentra un televisor de veinte pulgadas, un equipo de dvd, una mesita y un ventilador. Del techo pende un foco sostenido por un cable negro. En el baño adyacente, al cual se accede atravesando el leve desnivel, descubre un lavabo color crema y una bañera y un excusado blancos.

“Te me imaginas mucho a mi hija”, le susurra el Patrón. “Te juro que no vas a estar mucho tiempo aquí. No te preocupes, nadie va a tocarte ni a hacerte daño.”

Valeria le ruega que se quede, ya que desconfía de sus empleados. El Patrón permanece con ella unos minutos; luego le explica que tiene cosas que hacer y desciende a la planta baja. A las 21:07, le marca otra vez a Laura.

“Quisiera que me dé alguna respuesta.”
A la madre de Valeria se le quiebra la voz. El Patrón se esfuerza por tranquilizarla y después la vuelve a intimidar. “Nosotros no vamos a ceder”, se enfada y le indica que el dinero del rescate deberá estar en billetes de doscientos, quinientos y mil. Laura insiste en que no tiene ese dinero y, furioso, el secuestrador cuelga.

Transcurre un lento y angustioso día sin que Laura reciba noticias de los secuestradores. Valeria permanece en su cuarto, adonde le llevan sopa de pasta y una milanesa. Por la noche la visita el Patrón, un hombre locuaz y pródigo en opiniones que se queda a platicar con ella largo rato.

A las 07:42 del 2 de septiembre, Laura recibe una nueva llamada mientras la acompaña, como de costumbre, la agente Murgui. La madre de Valeria le dice al secuestrador que ha logrado reunir casi cien mil pesos.

“Ay, señora, ya empezamos mal”, se enfurruña éste, “teníamos confianza en que no iba a decir tonterías.” Laura insiste en que no tiene la cantidad que le pide. “Pues qué lástima, de veras, era una chica muy linda.”

La comunicación se interrumpe; segundos más tarde, el Patrón vuelve a marcar y le grita a Laura que, si vuelve a colgarle el teléfono, no volverá a llamar. “Se le dijo que no avisara a nadie”, la regaña. Humberto le dice entonces algo significativo: “No se deje usted llevar por gente que no tiene la misma sangre de usted y de su hija.”

La negociación prosigue en la misma tónica: el secuestrador exige su pago y Laura reitera que no tiene más que cien mil pesos. Como si fuese el regateo en un mercado, éste le propone una rebaja sustancial: ya tampoco serán cinco millones, sino lo que ella tenga a bien reunir. El Patrón sube poco después a la habitación de Valeria; ella se coloca contra la pared y uno de los secuestradores le venda los ojos.

El jefe de la banda la convida a la mesa, ambos desayunan sendos platones de cereal y él le explica que al parecer le dieron mal sus datos, pues sólo secuestran a gente rica. Le advierte, sin embargo, que debe cuidarse de los ojetes que tiene a su alrededor y le adelanta que muy pronto se dará cuenta de quién la ha entrampado. “Yo ya quiero que te vayas”, le confía el Patrón y, en una suerte de síndrome de Estocolmo a la inversa, añade que no quiere ningún rescate porque Valeria ha sido una niña muy valiente.

La joven pasa el resto de la mañana en su habitación. A la hora de la comida, dos sujetos le suben otra vez sopa de pasta y una milanesa. Ella vuelve a su juego: exige papas fritas, botanas y películas en video; los secuestradores cumplen su petición. Valeria tira la comida chatarra al excusado, pero su capricho le permite creer que mantiene cierto control sobre su vida. El resto del día revisa sus cuadernos de la escuela, oye la radio y ve un poco de tele.

En su conversación de la noche anterior, el Patrón le pidió que todas las tardes, a la misma hora, escuche un programa de radio de Amor fm, en el 95.3 del cuadrante: una de esas emisiones de autoayuda en las que el conductor da un sinfín de consejos sobre todos los tópicos posibles. Por la noche, mientras los dos cenan espalda contra espalda, el líder de la banda la examina sobre lo que aprendió en la radio, endilgándole interminables reflexiones sobre la vida. Un secuestrador con vena de filósofo.

Tras otro día sin noticias, el 4 de septiembre, a las 12:57, Laura recibe un nuevo telefonema. El Patrón le ordena dejar fuera a Benjamín, el padre de Valeria; ella le dice que ha logrado reunir ciento ochenta mil pesos. Sin prestar demasiada atención, éste vuelve a preguntarle por sus propiedades, su camioneta —Laura le explica que no ha pagado los abonos en seis meses— y la colegiatura de la escuela, cotejando sus respuestas con la información que alguien le ha proporcionado. Laura, por su parte, trata de generar en él cierta empatía contándole de la enfermedad de su madre.

Otro miembro de la banda irrumpe esa tarde en el cuarto de Valeria. Su voz es más gruesa que la del Patrón; su tono, violento y amenazante. Le dice que no entiende por qué su jefe la consiente tanto, que está harto y que ella terminará por pagarlo. Cuando el Patrón visita a Valeria por la noche, la encuentra llorando; le toma la mano y trata de apaciguarla. “Estoy empezando a encariñarme contigo”, le dice y añade con su estilo de lector de manuales de autoayuda: “Para mí también es doloroso tenerte acá. Aunque la jaula sea de oro, jaula es.”

Por su parte, Valeria le entrega una larga carta para su mamá; convencida de que jamás volverá a ver a su familia, le escribe que no la han maltratado y le pide tratar de ser feliz. El Patrón promete enviarla por la mañana.

A las 21:55, Laura recibe una nueva llamada. Le parece que la voz del otro lado del teléfono no es la misma de las ocasiones anteriores. Sin tomar en cuenta sus recelos, el secuestrador le pregunta sobre la renta que paga por su casa, las ganancias de la empresa y las máquinas que utiliza. “No coincide, señora, no coincide”, refunfuña. “¿Cómo le hace para pagar la vida que llevan, la escuela, la comida, la gasolina, tantas cosas?”

Como el Patrón se mantiene ausente a la mañana siguiente, dos de sus hombres suben a la habitación de Valeria con comida. Mientras almuerza, le cuentan que llevaban siguiéndola un mes y que habían querido secuestrarla el lunes anterior, pero Valeria manejaba muy rápido. En otra ocasión tampoco pudieron detenerla porque iba con su madre y le repiten que no entienden por qué el Patrón quiere liberarla sin recibir el dinero, que éste nunca antes ha tomado esa actitud y que ella ha  roto todas las reglas. Para tratar de apaciguarlos, Valeria les habla de futbol y les pregunta por sus equipos favoritos. Por la noche, cuando el Patrón sube a su cuarto, ella le regala un dibujo donde aparece al lado de su madre y el secuestrador ocupa el lugar de su padre: la manera de contrarrestar la escalofriante posibilidad de que el secuestrador se esté enamorando de ella. Éste promete liberarla.

A las 15:02 del 5 de septiembre, el Patrón vuelve a comunicarse con Laura; le pide que consiga unas bolsas negras, de las que se usan para la basura, para poner el dinero del rescate en billetes de varias denominaciones. Auxiliada por la agente Murgui, ella cuenta los fajos, previamente fotografiados con sus respectivos números de serie, y los coloca en las bolsas de plástico. A las 15:55, el Patrón vuelve a marcarle para saber si ha finalizado su encomienda. La negociación se enreda unos minutos cuando el secuestrador le pide a Laura que ella misma entregue el dinero en su Mercedes y ella le dice que no puede salir, que debe quedarse con su mamá y que enviará a su chofer en un coche distinto.

“¿Y a qué hora espero a mi hija?”, pregunta Laura. El Patrón le promete dejarla por la noche en un lugar seguro. Laura le pasa el teléfono a su chofer y el secuestrador le da instrucciones. Tras un enrevesado diálogo sobre el celular que habrán de usar para comunicarse, el Patrón accede al intercambio. Con la venia de la agente de la AFI, el chofer se pone en marcha y deposita las bolsas de basura con el dinero en el lugar convenido.

A las 17:44, Laura recibe la llamada de confirmación. “Le tengo una noticia”, le anuncia Humberto. “Relájese, por favor, ya usted cumplió, ahora me toca cumplirle a mí. Relájese, deme usted tiempo de que mande y a la niña la traigan para acá. Yo se la pongo en un lugar sana y salva, ¿okey?”

“Gracias, señor, gracias”, se emociona Laura.

“Ya tiene usted mi confianza al cien”, añade el Patrón. “Ahora permítame demostrarle yo quién soy, hasta en esto yo también sé cumplir, señora. Cuídese mucho, cuide mucho a su hija, a su señora madre. Pero cuídese mucho, y cuídese de los ojetes que tiene usted alrededor, señora. No le puedo decir de dónde, puede ser un vecino, puede ser un familiar, puede ser inclusive alguien de su trabajo.”

Cerca de las 20:00, los secuestradores suben a la habitación de Valeria, le ponen sus tenis y su chamarra azul marino y le vendan los ojos como la primera vez. “Te tenemos una noticia buena y una mala”, le anuncian. “¿Cuál quieres primero?” Muerta de miedo, Valeria responde que la mala. “Primero la buena. Ya te vas a ir”, juegan con ella. “Y ahora la mala: ¿qué estarías dispuesta a dar para irte?” La joven imagina lo peor. “No”, se ríen, “ya te vas.”

El Patrón sube a la habitación, carga a Valeria en hombros para bajar la escalera y la monta en un vehículo compacto tipo Pointer. Circulan unos quince minutos hasta detenerse en una calle oscura. El jefe de la banda la ayuda a bajar y camina unos pasos junto a ella. “Que Dios te bendiga”, le dice y le da un beso en la nuca. “Perdóname por lo que te hicimos. Si alguna vez necesitas algo, sintoniza el mismo programa de radio, yo siempre lo escucho. Marca y di al aire: Humberto, necesito tu ayuda, y yo estaré allí.” El secuestrador le quita la venda y, como Yahvé con la mujer de Lot o Hades con Orfeo, la conmina a no volver la vista atrás.

A las 21:20, Laura contesta la última llamada del Patrón, quien le dice que su hija ya se encuentra en la colonia frente a su casa. Laura pregunta si debe ir por ella y él le recomienda esperarla en casa. “Le pido mil perdones, pero pues era un trabajo más para esta gente y en este caso me tocó a mí estar entre usted y ella.”

Observemos esa calle oscura en las inmediaciones de Coyoacán mientras Valeria camina hacia el portal de su casa y, ante las miradas conmovidas de sus hermanos y de la agente Murgui, se lanza en brazos de su madre.

 

Un secuestro como el sufrido por Valeria no es una excepción en el México de 2005: se trata de una práctica que, en las postrimerías del sexenio de Vicente Fox, el empresario que bajo las siglas del Partido Acción Nacional desplazó al régimen de la Revolución tras más de siete décadas en el poder, se ha vuelto casi normal. Debemos retrotraernos a esos años, antes de que se inicie la guerra contra el narco, para calibrar el malestar social frente a lo que se percibe como una repentina y pertinaz amenaza a la seguridad pública.

En esos momentos yo no vivo en México, pero con frecuencia me llegan ecos de nuevos levantones: una palabreja del bajo mundo que empieza a volverse moneda corriente en nuestro vocabulario. Abundan los secuestros de grandes y pequeños empresarios —los más expuestos y quienes más critican al gobierno por su inacción—, pero también de restauranteros, burócratas, profesionistas e incluso estudiantes y amas de casa. Todos conocemos a alguien que ha sufrido al menos un secuestro exprés: el asaltante aborda por la fuerza el taxi en donde viajas, te retiene hasta pasada la medianoche y te obliga a extraer el monto máximo del cajero automático en dos ocasiones; si te va bien, al final obliga al conductor a abandonarte en un descampado.

Fox afronta, entre mil promesas incumplidas de la transición democrática, esta epidemia de inseguridad. Para combatirla ha decretado que la antigua Policía Federal, tan desprestigiada durante el antiguo régimen a causa de su corrupción y sus motivaciones políticas, se transforme en la reluciente Agencia Federal de Investigaciones, a cuya cabeza ha colocado a quien se presenta como el mayor experto en el combate al crimen organizado: un ingeniero convertido en espía y luego en jefe policiaco. A su vez, éste le encarga a su hombre de mayor confianza el combate al secuestro. Retengamos sus nombres: Genaro García Luna, director de la AFI, y Luis Cárdenas Palomino, director de Investigación Policial de la corporación.

La tarde del 13 de septiembre de 2005, Valeria y su madre acuden a la sede de la Subprocuraduría de Investigación Especializada en Delincuencia Organizada (mejor conocida por sus siglas: SIEDO) para declarar en torno al secuestro. Es muy probable que hayan estado allí antes de esta fecha, pues la joven fue liberada desde el 5, pero, si ocurrió así, no queda registro en el expediente. Localizada entonces en un desgarbado inmueble en la Plaza de la República, frente al Monumento a la Revolución —los restos del Palacio Legislativo planeado por Porfirio Díaz que jamás llegó a terminarse—, la SIEDO es una dependencia de la Procuraduría que, al igual que la AFI, se ha convertido en pilar de la nueva política de seguridad de Fox.

Valeria realiza su declaración poco antes de las 18:00 y su madre un par de horas más tarde. La joven afirma que no pudo distinguir los rostros de sus captores porque siempre estuvieron encapuchados, la obligaban a volverse contra la pared cuando entraban a su habitación y la mantenían con los ojos vendados.

La averiguación previa termina en manos del agente del Ministerio Público federal Alejandro Fernández Medrano, un abogado de Guadalajara de 28 años, rechoncho y lenguaraz, cuya carrera en la institución avanza con las mejores expectativas. En el enredado sistema criminal mexicano, corresponde al Ministerio Público  —un órgano autónomo dependiente del Poder Ejecutivo— la tarea de investigar las denuncias presentadas por los ciudadanos y determinar si existen elementos suficientes para consignar a los sospechosos y acusarlos ante un juez. A su vez, el Ministerio Público se vale de la Policía Federal, reencarnada en la AFI, para investigar los delitos. Un sistema tan complejo y meticulosamente regulado como ineficaz. Y una metáfora perfecta del país.

Uno podría imaginarlos como las versiones mexicanas de otras célebres parejas de investigadores: Sherlock Holmes y el doctor Watson; Starsky y Hutch; Cagney y Lacey. O, de manera más próxima, Matthew McConaughey y Woody Harrelson, los atormentados protagonistas de True Detective. Me refiero a los agentes de la AFI que reciben la orden de investigar el secuestro de Valeria: José Luis Escalona y José Aburto. El primero tiene 30 años, sólo llegó a concluir el bachillerato, es moreno
y corpulento, está casado y se desempeña como Agente de Investigación c; su compañero tiene 25, es soltero, estudió la licenciatura en Derecho y también es Agente de Investigación c, un rango no demasiado elevado en la jerarquía policial.

Entre el 13 y el 26 de septiembre, ambos desarrollan una línea de trabajo que los lleva a relacionar el modus operandi de los secuestradores de Valeria con seis casos ocurridos entre el 6 de junio de 2001 y el 17 de mayo de 2005. Hay que recalcar que dicho modus operandi no parece distinguirse del empleado por cualquier banda de secuestradores: detener a la víctima colocando un coche frente a ella (en este caso, el Volvo blanco), trasladarla a otro vehículo (la camioneta negra sin ventanas), taparle el rostro con una manta y vendarle los ojos. El único dato relevante que esgrimen para justificar sus sospechas es una declaración de Valeria según la cual sus cuidadores le confesaron ser profesionales y dedicarse a secuestrar “gente rica, personas importantes y hasta políticos”.

La agente Murgui es la responsable de conducirlos hacia estas pistas. Aunque carece de cualquier formación como perito en fonología, es ella quien concluye que Humberto (es decir, el Patrón) participó en otros seis secuestros. Tras escuchar un sinfín de grabaciones alma- cenadas en el banco de voces de la PGR, concluye que la voz del Patrón es idéntica a la del sujeto que negoció los rescates de los empresarios judíos —el dato no será irrelevante— Elías Nousari, Emilio Jafif y Shlomo Segal, así como los de Margarita Delgado y Roberto García. La agente Murgui también vincula el secuestro de Valeria con el de Ignacio Figueroa, cuyo caso es el único que se resolvió de manera sangrienta, pues, a diferencia de los anteriores, liberados tras pagar sus respectivos rescates, su cadáver fue hallado en el interior de un coche el 9 de julio de ese 2005.

El 27 de septiembre, Laura se presenta de nuevo en las oficinas de la SIEDO y Fernández Medrano la hace escuchar una a una las grabaciones de estos seis casos. Según su declaración, firmada a las 20:00, la madre de Valeria reconoce la voz del secuestrador de Ignacio Figueroa como la del primer hombre que se puso en contacto con ella, es decir, el primer sujeto que se hizo llamar Humberto. Laura basa su certeza en que ambos usan expresiones como “créame, yo creo en usted”, “desgraciadamente esta vez le tocó a usted”, “sólo cumplo con las órdenes que me dan” o “yo solamente estoy haciendo mi trabajo”.

Para esclarecer el crimen, los agentes Escalona y Aburto tienen a continuación una idea genial: emprender una serie de recorridos por el sur de la ciudad, en compañía de Valeria, en busca del Volvo blanco y la casa de seguridad donde ella estuvo presa. Esa zona de la Ciudad de México, dividida entre las delegaciones Coyoacán, Tlalpan y Xochimilco, abarca unos 475 kilómetros cuadrados y cuenta con una población cercana al millón seiscientos mil habitantes, por lo que resulta natural que durante largas semanas los agentes Escalona y Aburto no sean capaces de localizar ni la casa ni el coche.

Imaginemos la escena: según su propio testimonio, un día sí y otro también los agentes Escalona y Aburto se presentan en el domicilio de Valeria; cada vez más acostumbrada a su presencia, ella los saluda con cordialidad y aborda la patrulla. ¿Y entonces? Avanzan hacia el lugar del secuestro e inician su rondín por el congestionado sur de la Ciudad de México tratando de repetir el itinerario que los captores siguieron el 31 de agosto. Recordemos que ella está cubierta con una manta, que se siente aterrada y sofocada, y que su memoria de los giros y sobresaltos en el camino, e incluso del tiempo que tomó el trayecto hasta la casa de seguridad, no puede ser muy precisa. Supongo que la patrulla a veces se encamina por San Francisco Culhuacán, otras por Taxqueña o Calzada de Tlalpan; a veces se dirigen hacia el norte, a veces hacia el sur; en otras ocasiones prefieren el oriente o el poniente. Días y días agotados en la imposible búsqueda de un Volvo blanco o de una casa de seguridad de la que no tienen ninguna descripción porque, según Valeria, ella jamás vio la fachada del inmueble. Aun así, los agentes Escalona y Aburto perseveran, confiando en hallar la aguja en el pajar.

Hasta que la encuentran.

A principios de diciembre (en sus informes los agentes no refieren ni la fecha ni la hora del hallazgo, aunque debió ocurrir el día 2), la joven y los agentes de la AFI  realizan otro de sus rondines cuando, según sus informes, al circular por Viaducto Tlalpan a la altura de la desviación hacia la carretera federal a Cuernavaca, una vía rápida de cinco carriles por lado, avistan un Volvo gris plata sin placas. Según Escalona y Aburto, Valeria no sólo reconoce de inmediato el automóvil, sino a su conductor.

Los agentes Escalona y Aburto consideran que la situación puede tornarse peligrosa y dejan a Valeria en compañía de otro agente de la AFI (no queda claro en qué momento lo llaman, esperan a que llegue, le confían a su testigo y reemprenden la marcha sin perder de vista al sospechoso) y siguen al Volvo gris plata hasta que se detiene en el kilómetro 29.5 de la carretera federal, a la altura de Ahuacatitla, frente a una propiedad con un portón de metal donde se aprecia un letrero que dice Rancho Las Chinitas, en la colonia San Miguel Topilejo.

Tras constatar este hecho, los agentes regresan por Valeria y la llevan de vuelta a su casa. Al escribir estas líneas, me preocupo por constatar en Google Maps que la distancia entre la casa de Valeria y Las Chinitas es de unos veinte kilómetros, que a buena velocidad se recorren en unos treinta y cinco minutos, un tiempo mucho mayor a los diez fijados por Valeria y los agentes.

Debo detenerme aquí para imaginar, o tratar de imaginar, cómo se realizó el hallazgo. La patrulla de los agentes Escalona y Aburto circula a buena velocidad por Viaducto Tlalpan; en el asiento trasero, Valeria mira hacia un lado y hacia otro en un agónico intento por localizar un Volvo blanco. De pronto, Aburto o Escalona le señalan un vehículo —que sí es un Volvo, pero no blanco, sino gris—, y le dicen: mira, ¿no será aquél? Valeria se concentra y, pese a que tanto la patrulla como ese automóvil avanzan a buena velocidad, reconoce a su conductor. ¿Cómo? Tendríamos que suponer que los policías se emparejan de su lado izquierdo (el único modo de apreciar de cerca al piloto) y entonces la joven recuerda, ¿qué? ¿La forma de su cabeza, su mentón, su corte de pelo? Según los agentes, Valeria no tiene dudas: es el Patrón. Una de las ventajas del novelista es que apenas cuesta trabajo distinguir una escena inverosímil. En otras palabras: una escena falsa.

A partir del día siguiente, los policías vigilan la propiedad y fotografían a su ocupante, si bien en el expediente jamás detallan fechas u horas. Tengo en mis manos la copia de una de las imágenes supuestamente tomadas en esos días, donde aparece un hombre moreno, con el cabello muy corto y barba de candado, delante de un Volvo que parece gris (con certeza no es blanco). Tras preguntar a los vecinos, los agentes averiguan su nombre: Israel Vallarta Cisneros.

Otra fotografía muestra el interior de Las Chinitas, en la cual se aprecia el patio central y el empedrado con una cruz de piedra en el centro: ello sólo puede significar que los agentes Escalona y Aburto ingresaron en la propiedad antes de la detención de Vallarta, sin disponer de una orden de cateo y cuando, según asegurarán más adelante, se encontraban allí tres personas secuestradas. Una foto más, tomada por agentes de la policía que se disfrazan de empleados de Telmex, incluye a un sobrino de Israel, Juan Carlos Cortez Vallarta.

El 3 de diciembre, los agentes Escalona y Aburto siguen a Israel cuando éste se dirige en el Volvo gris plata hacia el oriente de la ciudad y lo observan detenerse en tres lugares antes de volver a Las Chinitas. Según el recuento de los policías, Vallarta primero se apea en dos casas en la delegación Iztapalapa (según ellos, en la segunda mantiene contacto durante treinta minutos con dos jóvenes que habitan en el lugar) y luego recorre media ciudad para dirigirse a la colonia Vértiz Narvarte, donde según los agentes permanece cuarenta o cuarenta y cinco minutos antes de volver al rancho.

Los agentes Escalona y Aburto asientan que la segunda propiedad es un despacho contable cuyos inquilinos son considerados por los vecinos como “gente con actitudes sospechosas”. Más relevante resulta la presencia de Israel, jamás documentada —por alguna razón los agentes no se preocupan por tomar fotos—, en Moctezuma 257, el segundo domicilio en Iztapalapa; los agentes Escalona y Aburto descubren que dicho inmueble pertenece a la familia Rueda Cacho, dos de cuyos miembros, José Fernando y Marco Antonio, serán vinculados con el secuestro y homicidio de Ignacio Figueroa al que me referí antes. Recordemos que, al ser confrontada con el banco de voces de la PGR, Laura confirmó que la voz del negociador de este secuestro era la misma del Patrón.

Si un policía sin suerte no es un buen policía, los agentes Escalona y Aburto parecen ser los mejores policías del mundo: en un recorrido aleatorio por una muy extensa y poblada zona de la ciudad no sólo logran que la víctima identifique a uno de sus captores (al cual nunca vio de frente ya que según su dicho inicial siempre estuvo vendada o contra la pared), en un automóvil en marcha (que de pronto deja de ser blanco para adquirir una tonalidad gris plata), sino que, al seguir sus pasos, éste los conduce a la casa de los supuestos secuestradores del fallecido Ignacio Figueroa. Todo encaja.

Provistos con estos elementos, los agentes Escalona y Aburto solicitan las licencias de conducir de los dos sujetos con los que, según ellos, estuvo Israel en Iztapalapa: los hermanos José Fernando y Marco Antonio Rueda Cacho. Una vez con las copias de las identificaciones en su poder, el 3 de diciembre se trasladan a la casa de Valeria para mostrárselas junto con los duplicados de las fotos que le tomaron a Vallarta. Según el informe policiaco, ella no sólo identifica el Volvo, sino a su dueño, a quien reconoce como el Patrón, así como a los dos sujetos que supuestamente hablaron con él frente a la casa de Moctezuma 257: los hermanos Rueda Cacho. O al menos ésta es la historia que los agentes Escalona y Aburto asientan en su informe.

Conforme al registro de entradas de la SIEDO, Valeria se presenta ante Fernández Medrano para ampliar de nueva cuenta su declaración el 5 de diciembre. Permanece allí entre las 18:40 y las 20:40; no obstante, su testimonio aparece fechado el día 4. Este día, Valeria tiene un súbito recuerdo que le permite identificar, ya sin asomo de duda, a Israel Vallarta como el Patrón. “Al segundo día de mi secuestro”, declara, refiriéndose al 1o de septiembre de 2005, “el jefe de la banda, al que le decían el Patrón, fue a mi habitación y me pregunto qué quería y yo le respondí que un espejo. Me contestó que eso no se podía hacer, pero que iba a hacer una excepción y que iba a mandar a sus muchachos a que me lo trajeran y lo colocaran. Después de una hora llegaron los dos sujetos que también me cuidaban y me dijeron que me tapara la cara porque iban a entrar a dejarme el espejo.”

La insólita generosidad del Patrón no sólo le concede a Valeria la posibilidad de disponer de un espejo, sino de un espejo que, según su relato, mide metro y medio de largo por cincuenta centímetros de ancho. Un espejo monumental que a la postre se transforma en un regalo invaluable: le permite admirarse de cuerpo entero y, adicionalmente, a la manera de los cuentos de hadas, le confiere la posibilidad de entrever el rostro de su secuestrador.

“Después de que dejé de escuchar el ruido del taladro”, cuenta Valeria, “pensé que ya habían instalado el espejo, por lo que me levanté un poco la sábana y logré ver a través del espejo la media filiación de quien identifiqué por la voz como el jefe de la banda, sin que dicho sujeto se haya dado cuenta, motivo por el cual ya no quise exponerme a verlo otra vez. Sujeto que logré darme cuenta que era de aproximadamente 35 años de edad, complexión regular, es decir no estaba gordo ni flaco, y de aproximadamente 1.75, piel blanca y cabello corto, un poco quebrado y con entradas de cabello poco pronunciadas.”

Valeria jamás declara que el sujeto lleve barba de candado: un rasgo que sería imposible pasar por alto. En cambio, en la foto que le mostraron los agentes Escalona y Aburto, Vallarta aparecía con este tipo de vello facial.

“El día sábado 3 de diciembre del presente año”, indica el testimonio ministerial de Valeria, “me fueron a visitar los mismos elementos de la AFI con los que fui a realizar los recorridos que anteriormente referí, los cuales me mostraron varias impresiones fotográficas en las cuales había impresiones de casas, de varios vehículos y varios sujetos, motivo por el cual inmediatamente identifiqué el vehículo marca Volvo gris plata como el mismo que en los días anteriores habíamos visto y el cual probablemente sea el mismo en el cual me hayan interceptado para secuestrarme.”

Valeria reconoce en la foto a la persona que se encuentra parada al lado del Volvo como el mismo que participó en su secuestro y al cual logró observar a través del espejo. Asimismo, identifica a Marco Antonio y José Fernando Rueda Cacho, a los cuales conoció por medio de un chico con el que salió unas cuantas veces, primo de ellos, Salvador Rueda, y afirma que dichos sujetos asistieron a la fiesta de cumpleaños que le organizó su mamá.

En las fotos de sus licencias, José Fernando luce menor a su edad, con el cabello muy corto, un rostro ovalado y, pese a su semblante de niño, una mirada dura y firme; su hermano Marco Antonio tiene en cambio una quijada amplia y cuadrada, casi agresiva. Por su parte, en las dos imágenes en las que Israel Vallarta se halla junto al Volvo gris plata, aparece vestido con una chamarra oscura y una camisa blanca y tiene la ya mencionada perilla o barba de candado. En la segunda, Israel dialoga con un hombre de negro, con gafas oscuras, al cual posteriormente identificará como un policía preventivo a quien le había pedido ayuda al notar la presencia de personas extrañas cerca de su casa.

 

Once años después de los hechos, Valeria trabaja en el área de relaciones públicas de una importante empresa de espectáculos. Llega a nuestra cita en el Sanborns del Centro Comercial Santa Fe, en una de las zonas más ricas de la ciudad —un skyline estilo Frankfurt construido en medio de antiguos basurales—, acompañada por su novio, un joven cineasta dueño de su propia compañía productora. Se le nota tranquila, con una vida muy lejana del momento que marcó su vida. Aunque en los años posteriores a su secuestro se negó a dar entrevistas, hoy no tiene empacho en hablar conmigo. Si tras su liberación declaró sin temor a las represalias para prevenir que otras personas sufrieran un destino como el suyo —o peor, pues a fin de cuentas ella no sufrió ningún daño físico—, ahora lo rememora con distancia y aplomo.

Su testimonio actual, un tanto empañado por el tiempo, contradice en algunos puntos sustanciales lo recogido en el expediente. Desde el momento en que rindió su primera declaración ante los agentes de la AFI, éstos le confiaron que ya tenían detectada a la banda que la había secuestrado. Incluso le aclararon que había tenido mucha suerte, pues sus miembros se distinguían por retener a sus víctimas durante largo tiempo y en muchas ocasiones terminaban asesinándolas a pesar de que sus familias pagasen los rescates (como en el caso Figueroa).

Si bien las fechas precisas se confunden en su memoria, Valeria no recuerda haber participado en la investigación hasta que, más o menos a principios de diciembre de 2005, recibió una llamada de la policía cuando se encontraba de vacaciones en Acapulco, urgiéndola a volver a la Ciudad de México. Los agentes le informaron que le tenían una buena noticia: habían localizado a sus secuestradores. Sólo cuando volvió a la capital los agentes le mostraron las fotografías de los hermanos Rueda Cacho y las imágenes de Israel frente al Volvo gris plata.

Hoy, Valeria sigue convencida de que Vallarta es el Patrón, pero reconoce que fueron los agentes quienes la convencieron de su culpabilidad y de que el cambio de color del Volvo se debió a que el secuestro había ocurrido de madrugada. Sólo después de mostrarle estas impresiones, los agentes la llevaron a hacer el rondín para identificar el vehículo. Los agentes Escalona y Aburto no parecían tener entonces tanta suerte como afirmaron en sus informes: el episodio en el que Valeria reconoce el Volvo en Viaducto Tlalpan —así como al Patrón—, nunca sucedió.

Todo lo anterior, sumado al extraño juego de fechas que coloca la ampliación de la declaración de Valeria después de que le hubiesen enseñado las fotografías, lleva a concluir que la AFI vigilaba a Israel desde antes de este secuestro y que las imágenes que le tomaron —en las cuales lucía una barba de candado— eran de una época anterior. Esta historia no se inicia, pues, con Valeria: ella no reconoció directamente a Israel, sino que los agentes Escalona y Aburto le mostraron sus retratos y le aseguraron que él era el líder de la banda.

Convencidos de que el secuestro de Valeria está relacionado con los demás casos de su lista, los últimos días de noviembre los agentes Escalona y Aburto se entrevistan con los empresarios Elías Nousari y Shlomo Segal, los cuales identifican el rancho Las Chinitas a partir de la inexplicable foto tomada en su interior, así como la ruta para llegar a él, que describen llena de curvas. Asimismo, recuerdan el empedrado por el que se accede a la propiedad y los fuertes ladridos de unos perros por
la noche. Pero, ¿cómo reconocen el camino sin haberlo recorrido de nuevo? ¿Y cómo están tan seguros de que se trata de la casa de seguridad donde estuvieron presos si, conforme a sus testimonios, permanecieron siempre con los ojos vendados?

Tras este nuevo éxito, Escalona y Aburto buscan a Andrés, el hermano del fallecido Ignacio Figueroa, y le muestran las mismas imágenes que a Valeria. Éste no reconoce ni a Vallarta ni Las Chinitas, pero sí la casa de Moctezuma 257, donde asegura que vivían unos amigos suyos, los hermanos Rueda Cacho, con quienes mantiene una relación de amistad desde hace varios años. Informado de todo esto, el 6 de diciembre Fernández Medrano accede a emitir un Acuerdo de localización y presentación, dirigido al ingeniero Genaro García Luna, director de la AFI, donde solicita la detención de las tres personas que considera involucradas en el secuestro de Valeria: los hermanos José Fernando y Marco Antonio Rueda Cacho e Israel Vallarta.

Valeria es una piedrecilla en lo alto de una cumbre nevada. El guijarro da vueltas y vueltas y en su descenso multiplica su tamaño al cubrirse cada vez con más capas de hielo hasta llevarse consigo a los hermanos José Fernando y Marco Antonio Rueda Cacho, así como a Israel Vallarta y a su novia, la francesa Florence Cassez; ya convertida en tumulto o avalancha, provocará el desmantelamiento —o la invención— de la que muy pronto será conocida como banda del Zodiaco; producirá uno de los más burdos montajes televisivos de la historia criminal de México; causará un revuelo mediático sin precedentes; tensará las relaciones diplomáticas entre dos países que hasta entonces se veían como amigos o aliados y provocará la enconada rivalidad entre sus presidentes, la cual determinará la cancelación del Año de México en Francia; auspiciará la captura de decenas de personas supuestamente vinculadas con Los Zodiaco, incluyendo a dos hermanos y a tres sobrinos de Israel; polarizará a la sociedad mexicana en torno a la posible liberación de la francesa por los vicios en el proceso; desatará la ira de incontables comentaristas y activistas o falsos activistas; y, a la postre —a más de una década de que Valeria haya puesto en marcha la avalancha, ésta aún no se detiene—, terminará por convertirse en prueba fehaciente de que el sistema de justicia mexicano no sólo estaba (y está) dominado por una arquitectura institucional abstrusa e ineficiente, sino por una corrupción abismal y una aberrante manipulación política, así como por el uso indiscriminado de la tortura, todo lo cual impedía (e impide) cualquier aproximación a la verdad.

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